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Felipe Rodríguez

Agua tibia

21 de diciembre de 2020 00:00

Qué linda es esta época electoral, cuando los políticos ofrecen hacer puentes en ciudades sin ríos y donde los electores, inteligentísimos, confunden rábanos con rubíes.

No, no estoy insinuando que no saben votar. Lo estoy asegurando. Se los voy a demostrar con un ejemplo sencillo.

Hace unos días cuatro políticos ofrecieron lo siguiente: “juro que en mi próximo período de asambleísta conseguiré que los delincuentes, cuando te ataquen, pierdan el derecho a la vida y, por lo tanto, todo ecuatoriano podrá defenderse y matarlo para sobrevivir. Brillante, magnífico, divino.

Ante la propuesta, los humanistas apasionados casi se infartan y, los que votan, se derritieron de amor, pues por fin llegó el mesías con la solución a la delincuencia. Esto generó un incremento en su popularidad.

¿Votaría usted por un candidato que le promete reformar la Constitución para que el idioma oficial del Ecuador sea el español y los colores de la bandera sean amarillo, azul y rojo? No, ¿verdad? Porque usted ya es niño grande, aprendió a leer y sabe que ese ya es nuestro idioma oficial y que esos ya son nuestros colores, ¿cierto?

Pues déjeme explicarle, estimado letrado, que desde antes de que usted nazca, en el Ecuador ya existía una institución llamada “legítima defensa”, que permite a quien está siendo agredido ilegítimamente que pueda repeler esa agresión con el fin de salvaguardar su propia integridad, lo cual genera que no exista consecuencias “penales”, inclusive si es que mata a su agresor.

Los requisitos que deben cumplirse son: 1. Que la agresión sea actual o inminente pero además ilegítima (no es ilegítimo que un policía te espose, pero sí que un secuestrador te amarre); 2. Que el medio utilizado sea racional para repeler la agresión (si te atacan con un cuchillo, te defiendes con lo que puedas, pero si te atacan con el puño, un disparo será excesivo); 3. Que quien se defiende no hubiere provocado la agresión (sino qué chiste).

Cuando te defiendes y se cumplen estos obvios requisitos, no respondes penalmente por las lesiones o muerte de tu agresor. Todo esto está escrito, pero aquí los electores van a las urnas sin poder deletrear sus propios nombres, por lo que difícilmente entenderán que, quien les ofrece inventar el agua tibia, no es la esperanza, sino un hampón.

Espero no haberlos ofendido con esta columna y, de ser así, para que me perdonen les prometo inventar la lluvia, para ver si así se dan un baño de dignidad y dejan de creer en el primer prestidigitador que se les aparece.

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