El cine de guerrilla o el Ecuador bajo tierra

- 09 de diciembre de 2016 - 00:00

Es un cine de combate, un cine sin moldes, sin maquillaje, un cine producido desde adentro; en las entrañas, bajo tierra. Y no solo eso, sino que sus películas, de lejos, han sido las más vistas en el país. Por ejemplo, Sicario manabita -de Fernando Cedeño- vendió más de un millón de copias en el mercado pirata. Y ahora mismo, cuando ya las plataformas de internet van desplazando a los formatos DVD, según afirma Miguel Alvear -palabra mayor en este tipo de cine-, la película Pedro, el amante de mamá, de Nelson Palacios, supera en YouTube los 4’290.000 visitas. Es decir, es la película ecuatoriana más vista de la historia.

El cine de guerrilla nació y creció precariamente. Sin formación académica alguna, solo con la intuición que les daba el haber visto películas de acción toda la vida. Nació de las demandas de un público que no tenía acceso a las salas comerciales, porque en Manabí simplemente no había salas, pero había ganas de ver cine. Y así, precariamente, fueron saliendo las películas; producidas, dirigidas y actuadas por gente que nunca había hecho cine, pero que aportaba a financiarla, y por ello el guión se modificaba sobre la marcha, con cada nuevo aporte.

En los 90 y primeros años del nuevo siglo fue su auge. Los 20.000 puestos de venta de películas piratas, así como en las calles, plazas y buses, a nivel nacional, vendían sus cintas como pan caliente. La mayoría de ellas producidas en Manabí y de modo absolutamente artesanal. Sus directores -Fernando Cedeño, Nelson Palacios, Nixon Chalacamá, Carlos Quinto, entre tantos otros- rompían no solo las elementales formas de concebir y producir películas, sino que también generaban una estética vinculada con lo popular y al margen de los cánones de lo cinematográficamente correcto.

El crítico de cine Cristian León afirma en el libro Ecuador bajo tierra -publicado por Ocho y Medio- que este cine “genera un cuestionamiento al concepto de ‘industria’ a través de una serie de prácticas artesanales, cuestiona al mercado del filme en tanto mecanismo de exclusión social y, finalmente, pone en entredicho el gusto ilustrado de la clase media modelado en la cultura euroamericana”.

Pero -como diría el nobel Bob Dylan- los tiempos están cambiando. Efectivamente, los soportes en DVD, para música y películas, están a punto de desaparecer, lo cual cambia radicalmente el esquema de circulación, pues desaparece también el mercado de la piratería.

Pero el cine de guerrilla o bajo tierra ya es visible, ya está en la superficie. Y tiene desde hace seis años un espacio de exhibición, de reflexión y discusión: el festival Ecuador bajo tierra, que llegó en esta misma semana a su cuarta edición en cuatro ciudades: Quito, Portoviejo, Manta y Montecristi.

Esta visibilidad permitió abrir las puertas del Consejo Nacional de Cine para el acceso a financiamiento, tal como sucedió, por ejemplo, con la película El siguiente round -de Ernesto Yitux- y que relata la forma en que un ring de boxeo cambió la vida de los jóvenes en el barrio La Trinitaria, en Guayaquil.

Si bien este cine ya está en la superficie, sigue en la periferia. Y ese su gran valor, no solo estético sino conceptual. Es el cine que relata también -y desde adentro- el otro país; el de la violencia social y sexual. Son, en su mayoría, historias reales; dolorosas pero ciertas. Y son historias que nacen de la pobreza. Y que quizá -por eso mismo- aún muchos prefieran que sigan bajo tierra. (O)

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