¿Dónde está el cuco?

- 25 de abril de 2016 - 00:00

Es interesante dilucidar por qué en un período de crisis, en este caso derivado de un terremoto, las sociedades y sus grupos de influencia retocan rápidamente sus antiguos relatos simbólicos -y religiosos- para compactar una conducta emocional colectiva. Esos grupos están por todas partes: en la política, en las empresas e industrias, en la academia, en las iglesias de diverso tipo y en varios núcleos profesionistas. La consigna es la solidaridad, pero su eje filosófico es la caridad. Una y otra no nacen de una especie de instinto social para preservar el presente y, en apariencia, para proteger el futuro.

Después del sismo, dicen, se ha confirmado que en Ecuador la gente es solidaria y apegada a los valores humanos más hondos; por tanto, no habría duda de que un gran sector de la población da mucho de lo poco que tiene y que la pobreza es un factor para que todos aquellos que no han sido afectados -por el terremoto- consideren que la donación es una forma de ayuda concreta y directa.

En contraste, las zonas del desastre prueban que el ‘progreso’ (o modernización de las pequeñas ciudades) es una suerte de maquillaje urbano para disimular los rezagos estructurales de las periferias subdesarrolladas. Esa es la historia social del Ecuador y sus regiones.

Así, cuando pasa una calamidad como esta y al son de la alharaca política en que se ha convertido el protocolo de la culpa (del Gobierno, de la naturaleza, del cálculo estructural de los ingenieros, etc.), asistimos también al resurgimiento de discursos que reniegan del Estado -ese ogro ausente o excesivamente presente- y rescatan e idealizan viejas categorías, por ejemplo, la sociedad civil. Periodistas, políticos y hasta reporteros de medio pelo se solazan en la bondad de los civiles… (Los mismos que hasta ayer invocaban el arbitrio militar para frenar y colapsar el correísmo). Es como si dijeran: tenemos sociedad civil -solidaria y humanitaria-, ya no necesitamos del Estado… ni de los militares.

Empaquetar la solidaridad eventual de los coterráneos frente a un desastre natural y trocarla, de golpe, en sociedad civil opuesta o rota del Estado, es una estratagema resbaladiza y reduccionista de la complejidad social presente aquí o en cualquier lugar. Sobre todo porque hasta hace menos de diez años la recuperación del Estado era el lema que articulaba a los progresistas de izquierda y a los movimientos sociales e indígenas (El estado plurinacional, además.).

Pero el Estado, ¡cómo lo sabe la historia!, siempre encarna al cuco: para neoliberales y ultras de izquierda. Los unos creen que lo privado es todo y allí ensacan a la sociedad civil; y los otros aseguran que desde abajo viene la salvación social, y hoy desde abajo es decir sociedad civil.

El tema da para más, por supuesto; pero es obvio que el escenario político se está reforzando otra vez a partir de un desastre. Ya parecía que la crisis petrolera era suficiente para maldecir al Gobierno; ahora vemos que el temblor está siendo utilizado para sacar de sus escombros una tranca conceptual europeizante, oportunista y movediza: la sociedad civil. ¿Los civiles por fin espantarán al cuco del Estado ecuatoriano? (O)

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