Crónica

Cuando la historia cede terreno en sus casas y en sus recuerdos

- 29 de junio de 2015 - 00:00

Crónica

El territorio está en constante cambio, es un hecho, y sobre él se pueden construir el presente o la nada. En 1992, Checoslovaquia dividió su territorio en dos partes, tras 65 años de existencia republicana. Tres años más tarde, Ecuador se enfrentaba a una guerra con Perú por su territorio ubicado sobre la cuenca del río Cenepa. Al mismo tiempo, pero en ‘mínimas’ proporciones de impacto, la Botica del Comercio se reducía a una parcela de tierra vacía en el centro de Guayaquil. Se eliminaban entonces los restos de una época. Lo que fue el símbolo patrimonial de un periodo en el que los remedios se preparaban con receta individual es ahora un parqueadero.

La Botica del Comercio era una casa vieja antes de ser desmontada. Su madera se había resquebrajado y el color de su fachada estaba perdiendo intensidad. Marcelo, un vendedor y ‘técnico’ de relojes que desde hace más de tres décadas trabaja en los alrededores de lo que fue la Botica del Comercio, la recuerda imponente, a pesar de los años. Su amigo Sergio lo contradice, según él, esta ‘ya estaba destrozada’. En general, las opiniones sobre el inmueble están divididas, pero todos coinciden en que era una casa muy vieja.

Aun así, en su interior mantenía sus máquinas para pesar a cada niño curioso que llegaba con sus padres en busca de alguna mezcla farmacéutica. En lugar de premiarlos con dulces, como acostumbran los doctores, la máquina del peso imprimía un mensaje de la suerte del usuario. Los frascos en los que se fusionaba el alcanfor, tintura de benjuí y mertiolate mantenían su orden en las vitrinas. Los cárdex del inventario estaban aún en el suelo junto a algunos cheques de bancos alemanes y franceses. En un rincón permanecían los discos de 45 milímetros con las cuñas promocionales de los remedios que preparaba Roberto Levi Hoffman y que eran transmitidas a través de Radio Quinta Piedad.

Roberto Levi Hoffman fue un químico farmacéutico, judío alemán, que llegó al Ecuador a inicios del siglo XX, gracias a que en 1905 ganó un concurso de méritos que abrió el cónsul de Ecuador en Alemania para dirigir el laboratorio Municipal de Guayaquil con un sueldo de 150 sucres mensuales, según relata el historiador Rodolfo Pérez Pimentel. El químico hablaba alemán, francés, latín, italiano, pero hablaba poco español y según las crónicas de Pérez, llevaba siempre consigo un diccionario de bolsillo hasta que conoció a la poetisa Piedad Castillo. Ella le enseñó castellano, él le transmitió a ella el alemán.

La Botica del Comercio, cuando todavía se mantenía la fachada.Piedad Castillo era hija de José Abel Castillo, director de diario EL TELÉGRAFO. En el periódico, Piedad empezó su vida laboral y se vinculó al periodismo y a la poesía. En la época en que conoció a Roberto Levi Hoffman, daba clases en el colegio Rita Lecumberri. Piedad viajó a Francia entonces, lo que puso en suspenso el romance, pero la travesía no duró demasiado.

Levi no recibió carta alguna de aviso de retorno y viajó a Alemania para visitar a sus familiares. Al mismo tiempo, Piedad Castillo volvió al Ecuador para huir de la guerra en Europa. Tras la alerta de fiebre amarilla que había en el país, los viajeros fueron detenidos en la Isla Puná antes de salir o llegar a Guayaquil. Roberto Levi Hoffman y Piedad Castillo volvieron a coincidir, según el cronista de la ciudad.

A su regreso de Alemania, Hoffman se quedó en Guayaquil y se casó con la poetisa. El alquimista empezó a desarrollar una industria que hasta el momento era reducida en la ciudad. Incluso, su oficio despertaba desconfianza en algunos sectores de la población. Empezó con una fábrica de licores y luego con la importación de productos químicos desde Alemania, que por la guerra podía adquirir a bajo costo. Así trabajó en sus primeros laboratorios y fundó sus primeras boticas.

Entre la segunda y tercera década del siglo pasado, la industria farmacéutica local tuvo una evolución más o menos vertiginosa, logró desplazar a productos elaborados en el extranjero por una serie variada de aquellos que eran elaborados en el país y tenían atención personalizada. La fiebre amarilla o el paludismo persistían en la ciudad y los principales inversionistas para erradicarla eran los extranjeros que vivieron en el país. Estos inversionistas vieron una oportunidad en la producción de medicamentos de forma local.

En 1925, Roberto Levi Hoffman compró la Botica del Comercio, ubicada inicialmente en la segunda cuadra de la calle Aguirre, después del Malecón. Desde su apertura hasta su cierre, el negocio fue manejado por europeos. José Payeze, un inmigrante francés, la fundó. Posiblemente la bautizó con ese nombre por la calle ‘del comercio’, trazada paralela al Malecón, una de las arterias de mayor actividad económica de la época.

El solar que quedó luego de derribar la Botica del Comercio.Desde 1934, el principal centro de atención al cliente se trasladó a la casa que compró Levi Hoffman en un remate en el que fue el único interesado. La Botica estaba en Luque, entre Pichincha y Pedro Carbo. La propiedad se remató en cien mil sucres, la misma cantidad de la deuda que mantenía su propietaria, Delia Icaza —viuda de Jorge Marcos y heredera de Isidro Icaza— con el Banco de Crédito Hipotecario. Según el registro de propiedad de la época, Icaza solventó su deuda y Levi Hoffman fundó el primer “Sindicato y laboratorio de farmacias i droguerías del Ecuador”, al tiempo que logró reducir la desconfianza de la población hacia las mezclas farmacéuticas.

El médico guayaquileño Federico Trenieh recuerda en el portal La Memoria de Guayaquil lo malos que eran los remedios que se vendían en ese lugar y lo bueno de sus resultados para el vómito, la diarrea, la tos y la flema en jarabes, papelitos, sobrecitos y hasta supositorios. “No faltaban las cataplasmas, la infusión pectoral, el elixir paregorico, las pomadas como el numoticine, el ungüento de soldado, las lociones con calamina o almidón y para la diarrrea Caolin y Peptina, los caramelitos para el dolor de garganta y algunos otros secretos que escapan a mi conocimiento actual”, dice.

En la década de los treinta, Roberto Levi Hoffman adquirió, también por la cantidad de cien mil sucres, una parte de la quinta que construyó Alejo Lascano en lo que fue, a inicios del siglo pasado, uno de los límites de la ciudad.

Según la investigación de los arquitectos Pablo Lee, Florencio Compte y Claudia Peralta, la vivienda de los Levi Hoffman fue la primera construcción del terreno, en lo que ahora se levanta la zona rosa de Guayaquil. Aquel sector era conocido como la Quinta Pareja. Levi Hoffman tituló a su propiedad con el nombre de su esposa: La Quinta Piedad. De esa construcción solo queda hoy en día la infraestructura de la Casa Madinyá, la parte con la que se quedó Alejo Madinyá Lascano tras la venta, restaurada y deshabitada en las calles Tomás Martínez y Rocafuerte. 

En la Quinta Piedad funcionó también un casino, se hacían presentaciones teatrales y fue la sede de la Radiodifusora Quinta Piedad desde la que se transmitían las cuñas publicitarias de los remedios para la tos, la gripe y el dolor de cabeza. La banda sonora para estos anuncios siempre estaba compuesta por un coro. La programación se abría y cerraba con el Himno Nacional del Ecuador. En el discurso en el que Levi Hoffman agradeció al Gobierno ecuatoriano de ese entonces por otorgarle su carta de naturalización, confiesa que la letra del ambateño Juan León Mera la siente suya, como la tierra en la que murió en 1970. Suya, como el patrimonio histórico de la ciudad que mantuvo y que ya no existe.

A inicios de los años noventa, el patrimonio arquitectónico de Guayaquil, levantado tras los incendios y el auge cacaotero, sufría la imposición del tiempo. “En ese momento tal vez costaba más el terreno que la vivienda”, comenta Pablo Lee, el arquitecto que participó del proyecto Parque Histórico de Guayaquil. La Botica del Comercio fue desmontada por el Instituto Nacional de Patrimonio de Ecuador (INPC) luego de ser comprada a los herederos de los Levi-Castillo por la Agrícola La Sureña, empresa vinculada al imperio comercial de los hermanos Isaías. La propiedad fue vendida por los herederos en más de 34 millones de sucres.

Esta propiedad, a diferencia de todas las casas patrimoniales que pudieron conservarse a través del proyecto Parque Histórico, iniciado por la dirección cultural del Banco Central en los noventa, estaba hecha de concreto, pues, según la ordenanza de la época, debía ser a prueba de incendios. Además mantenía su arquitectura inicial que incluía materiales como madera y ladrillo enlucido.

La Quinta Piedad, en cambio, era una casa solariega rodeada de un jardín de flores, árboles frutales y dos estanques de agua, según quienes llegaron a conocerla en su época de esplendor. Así lo cita la investigación de Lee, Compte y Peralta. En la investigación se describe a la infraestructura como la de una hacienda, construida en madera y zinc sobre base de piedra, de dos plantas, con una escalinata que la fotógrafa Marina Paolinelli recuerda como “encantadora”, al igual que una lámpara que quedaba en el techo.

En los años ochenta, la casa del matrimonio alemán-ecuatoriano se convirtió en un tugurio y su entrada se vio cegada por construcciones externas, adiciones, luego de que los hermanos Levi-Castillo vendieran la propiedad para dividir su herencia tras la muerte de sus padres. “Era un conventillo donde vivía un montón de gente. Había gente que vivía hasta debajo de las escaleras. Hacia afuera no se la veía porque habían construido en la parte externa. La casa quedó metida dentro de la manzana y había que entrar por un pasillo. Poco a poco fue deteriorándose pero no estaba como para demolerla y de repente lo hicieron”, dice Florencio Compte, decano de la Facultad de Arquitectura de la Universidad Católica de Guayaquil. No se pudo intervenir para salvar la estructura, pues la propiedad había sido vendida por sus dueños. La última heredera de los Levi-Castillo murió en Panamá.

El deterioro de los bienes inmuebles y los años de construcción no son factores determinantes para derribar bienes patrimoniales. Ambos, además de tener la declaratoria, eran símbolo de una época. Ambos tenían posibilidades de ser recuperados, como la casa Madinyá que, atada por un cable en su fachada, fue reestructurada y se mantiene en pie.

Guayaquil ha crecido ignorando su pasado. Es una ciudad eufórica que construye para el presente y ha olvidado que esos solares donde se estacionan los modernos automóviles, albergaron a seres humanos y a una época que parece desaparecer con cada avance de nuevas necesidades.

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