Primera Línea

Sobre Un lugar tranquilo: No te atrevas a hacer ni un solo ruido

- 02 de junio de 2018 - 00:00
Fotograma / A Quiet Place

En un entorno apocalíptico, los monstruos que invaden el planeta son lo de menos. Lo realmente horroroso es tener que vivir en silencio.

En El silenciero, la extraordinaria novela del argentino Antonio Di Benedetto, el protagonista sufre a niveles devastadores por el ruido —«voceríos y estruendos»— en torno a su vida: Máquinas trituradoras, hornos rugidores, motores trepidantes, remaches gigantescos, carga y descarga de chapas, sierras de inagotable paciencia para rebanar bloques de mármol... O más cerca los pequeños talleres: ‘Hojalatería’, ‘Vulcanización’, ‘Afilado de sierras sinfín’... Sin fin.

La novela entera va sobre la violencia ostentosa del ruido y la desesperación de un hombre porque el mundo no para de sonar, chillar, chirriar, gritar, taladrar, ladrar. O sea, molestar, perturbar, dañar. Ruido, ruido, ruido. Por todos lados, a cada rato, sin parar, como una presencia en una casa endemoniada. Maldita vida estruendosa.

De ruidos y terrores va la película Un lugar tranquilo de John Krasinski, una —otra— película apocalíptica con monstruos del espacio que, sin embargo, se sale de lo previsible gracias a su guion extraordinario, a sus tomas casi poéticas y a unas actuaciones que dejan literalmente mudo al espectador. Un lugar tranquilo es un hallazgo en el cine de terror, una pequeña joya.

Imaginen esto: ha llegado el fin del mundo en la forma de unas ya muy vistas criaturas extraterrestres —mezcla de alien con velocirraptores con esos bichos que atacaban a Tom Cruise en La guerra de los mundos— y la población mundial está casi desaparecida. Por recortes de periódicos nos vamos enterando de que los monstruos tienen un sentido del oído agudísimo, sobrenatural, que hacen que cualquier cosa que haga ruido —o sea, nosotros y nuestras máquinas— sean cazados y zampados a la velocidad del rayo.

El proceso de destrucción de la humanidad, las naves o cómo van cayendo Londres o Nueva York, no lo vemos. La película, como en La carretera, esa otra maravilla apocalíptica basada en la novela de Cormac McCarthy, hace un close up a una familia, papá, mamá, tres hijos, una de ellos sordomuda, que intenta sobrevivir en ese nuevo mundo mudo. Imaginen lo callada que puede estar la gente con miedo cuando un solo ruido trae la muerte.

Un lugar tranquilo es una película silenciosa, y en eso —no en las criaturas— radica su casi insoportable tensión. Los monstruos son lo de menos. Lo que da miedo es ese trastocarse de la vida normal que genera una situación peligrosa —una guerra, un desastre natural, una enfermedad mortal— y cómo esas nuevas estrategias de supervivencia tienen que adaptarse a los niños.

Todo tiene que cambiar, que ser pensado: cada movimiento, cada acto de comunicación, cada juego, cada pisada. Vivir con miedo es vivir pendiente. La supervivencia de la familia protagonista depende de que no hagan ruido y, claro, la existencia es ruidosa.

Qué angustia cuando juegan y hay vidrios cerca, cuando el niño pone las pilas a un juguete con luces y sirena, cuando alguien sin querer se hiere.

Se respira bajito viendo Un lugar tranquilo: Cuando nos estamos acostumbrando a que hablen entre ellos por señas, coman en hojas de plátano y bailen con auriculares, de pronto vemos que la protagonista —qué descubrimiento las capacidades actorales de Emily Blunt— está embarazada y entonces sí que acechan todos los terrores. ¿Cómo va a venir una criaturita ruidosa a este mundo amenazado? ¿Qué van a hacer para callarlo? ¿Cómo va a parir esa mujer sin hacer ruido?

Responder esas preguntas, por supuesto, sería destripar una película tan inteligente como desesperante y no, no les haremos eso. No más spoilers: ahora el silencio. (I)

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