Perspectiva

La conveniencia de llamarlas feminazis

- 07 de marzo de 2016 - 00:00

Hace un año publiqué en una red social un fotomontaje en el que se veía mi rostro editado sobre una foto de Adolf Hitler con el uniforme de las SS y con esta leyenda al pie de la foto: “Feminazi”. La reacción fue inmediata. Muchos se indignaron por mi atrevimiento y pocos entendieron el sentido de esa acción.

La idea de la palabra nazi nos horroriza, por supuesto, por la connotación sanguinaria y genocida que arrastra. Sin embargo, la palabra feminazi es de aceptación popular y es cada vez más utilizada para referirse a las feministas. Nunca vi a nadie que no fuera feminista molestarse ni remotamente por el uso indiscriminado de ese término, ya que socialmente es aceptado como una parodia negativa de este movimiento. Hasta aquí ninguna novedad. Ahora, la gente saltó de sus casillas cuando el fotomontaje la enfrentó a una descripción gráfica de esa palabra. La literalidad les aterró. Pero más allá de eso, el sentido alegórico del fotomontaje, el verbo haciéndose imagen, fue lo que les hizo reaccionar. El verdadero origen semántico de esa palabra es —y en eso todos los indignados me dieron, involuntariamente, la razón— absurdo y gratuito.

Al postear ese montaje, mi intención era la de hacer una especie de acción pública virtual que, por un lado, resignificara la palabra Feminazi al apropiarme de ella y darle un giro de sentido, y por otro, desnudar y exponer la literalidad de esa construcción lingüística, poniéndola en evidencia a través de la representación de la imagen.

¿La consecuencia de esta acción? Fui denunciada, Facebook eliminó la foto y me advirtió que mi contenido era ofensivo e inapropiado, pues alentaba el odio y el discrimen y un par de necedades más que ya no recuerdo. Genial. Un fotomontaje puede causar ese revuelo, pero está claro que una palabra no tiene el mismo poder. Feminazi sigue siendo —y cada vez con más fuerza— la muletilla favorita de quienes quieren desvirtuar al feminismo. Entonces, ¿por qué Facebook no censura a cada persona o publicación que utiliza esta palabra en su muro? ¿Acaso no significa lo mismo que yo grafiqué con mi fotomontaje?

La respuesta a esas inquietudes sigue encasillándose en la conveniencia social de la doble moral. Somos capaces de hacer chistes sobre feminazis y críticas punzantes y grotescas sobre estas mujeres, tildándolas de odiadoras de hombres, pero nos espeluzna ver a una mujer disfrazada de Hitler con la leyenda “feminazi”.

Pero ¿dónde se origina este término y por qué su popularidad es creciente? En 1992, Rush Limbaugh, un conductor radial ligado al Partido Republicano estadounidense, publicó un libro titulado Cómo deberían ser las cosas. Allí escribía: “Yo prefiero llamar a las feministas más desagradables como lo que realmente son: feminazis. Tom Hazlett, un buen amigo que es un prestigioso profesor de Economía en la Universidad de California en Davis, acuñó el término para describir a cualquier mujer que es intolerante a cualquier punto de vista que desafíe al feminismo militante. A menudo lo utilizo para describir a las mujeres que están obsesionadas con la perpetuación de una versión moderna de Holocausto: el aborto […] No hay muchas de ellas, pero merecen ser llamadas feminazis”.

En su programa radial, Limbaugh popularizó el término y no lo limitó al tema del aborto, sino que empezó a nombrar de esa manera a cualquier mujer que se declarase feminista o a cualquier postura considerada como tal, aunque según sus palabras, una feminazi es una “feminista radical cuyo objetivo es asegurarse de que hayan tantos abortos como sea posible”.

Corriente mundial que desconoce lo local

La ligereza con la que se utiliza esta palabra ya está bastante lejos del anecdotario y de la simple sátira. Hay una postura ideológica detrás que hace uso de una forma discursiva propagandística que asegura que el feminismo es malo, agresivo y que toda forma feminista es radical. Se acabaron las divisiones (cuestionables) entre feministas radicales y feministas moderadas: toda feminista es radical y por lo tanto, feminazi. La campaña de desprestigio es internacional, pero, como podemos observar, inició en sectores conservadores estadounidenses. Importamos tendencias —eso ya lo sabemos—, y esta es una más de las ideologías conservadoras disfrazadas de opinión pública y libertad de expresión que hemos importado. Está de moda rechazar al feminismo y decir feminazi a toda feminista.

Lo cierto es que no podemos extrapolar tendencias y realidades sociales de culturas distintas a la nuestra. La mayoría de críticas virulentas al feminismo y la mayor parte de veces que he leído y escuchado la palabra feminazi ha sido de gente que comenta acciones e ideas radicales de grupos feministas norteamericanas.

Un ejemplo de ello es el polémico birth rape, que define como violación a aquellos procedimientos e inserciones realizadas durante el parto, sin previo aviso ni consentimiento o, incluso, en contra de la voluntad de la paciente. El concepto está ligado a la violencia gineco-obstétrica de la que son víctimas muchas mujeres a escala mundial, dado el sistema de salud que ha naturalizado procesos invasivos y muchas veces violentos. No obstante, quienes están en contra del feminismo se afianzan en estos conceptos, muchas veces sin entender lo que verdaderamente proponen, para invalidar los postulados feministas.

Lo que olvidan los detractores del feminismo a nivel local, es que este país no es Estados Unidos, que si bien los movimientos feministas norteamericanos surgidos a partir del Siglo XIX impulsaron en gran medida nuestros propios procesos, como el derecho al voto —en 1924 Matilde Hidalgo de Procel se convirtió en la primera mujer en ejercer su derecho al voto en América Latina—, nuestra realidad social es otra.

El feminismo en Ecuador —como en casi todos países de la región— es aún un feminismo de las urgencias: la educación sexual, la soberanía del cuerpo, la violencia de género, la violación, la maternidad forzada de niñas y adolescentes (producto de violaciones), el feminicidio, entre otras.

Sí, no son los únicos tópicos que preocupan al activismo local, pero al ser temas prioritarios de salud pública, dadas cifras alarmantes como que el 54% de los casos de muertes violentas de mujeres en 2014 fueron feminicidios1, muchos de los esfuerzos se han concentrado en generar plataformas desde la sociedad civil para atender estos temas. Y por otro lado, también se ha trabajado en presionar al Estado para que se incluya la visión de género en la elaboración de leyes y políticas públicas que garanticen a las mujeres no solo la igualdad, sino que se respeten sus derechos básicos como el derecho a la vida y a llevar una vida plena, libre de violencia machista.

Las nuevas corrientes antifeministas que han experimentado un repunte en los últimos años desconocen estas realidades latentes. Parecería que como sociedad nos hemos olvidado de que gracias a la lucha feminista hoy podemos votar, estudiar, trabajar, salir de nuestra casa solas, vestir pantalones y prácticamente hacer lo que nos dé la gana, tener voz, escoger con quién casarnos (o escoger si queremos casarnos o no), incluso saber leer y escribir. La memoria histórica nos traiciona. Y sí, las mujeres que lucharon por ello en su tiempo fueron equivalentes a las hoy llamadas feminazis y también fueron desprestigiadas. Quién diría que con el tiempo la sociedad les daría la razón.

La vergüenza de ser feminista versus la visión de género

Dice la columnista del medio británico The Star, Anouchka Santella, que muchas mujeres están de acuerdo con varias de las ideas base del feminismo: la igualdad de derechos, la soberanía del cuerpo, la igualdad de sueldos, etc., pero al mismo tiempo, creen que las feministas son “mujeres enojadas y agresivas que odian a los hombres”, y por eso no quieren ser llamadas así. “Ellas creen que está bien pensar como feminista mientras aparentemente no hagas nada por ello y todavía te veas en público como una chica correcta”.

Que como colectividad estemos de acuerdo con que las mujeres luchen por sus espacios y sus derechos mientras no se hable de feminismo es un contrasentido por donde quiera que se lo mire. La tirria que se le tiene a esa palabra alcanza niveles insospechados: las mismas mujeres quieren deslindarse de ella. Parece que es una vergüenza pública declararse feminista. Lo correcto, dicen, sería hablar de igualitarismo. Pero esa igualdad no se puede alcanzar desconociendo las desigualdades históricas, que no han sido superadas. No podemos hablar de igualitarismo mientras la desventaja de las mujeres dentro de la cultura, la sociedad, la política, la moral colectiva, sea axiomática.

Es por ello que existe lo que se llama discriminación positiva, que no es más que aquellas acciones y políticas que dan un tratamiento preferencial a grupos históricamente excluidos, con el fin de otorgarles los espacios y derechos que merecen. El igualitarismo del que muchos hablan, pretendería justamente eliminar este tipo de ‘beneficios’, pues parte de la idea de que todos somos iguales per sé, lo cual es una falacia. En las sociedades en las que el poder ha estado históricamente de un lado de la balanza, la igualdad se construye.

Está claro que el uso del término feminazi proviene de una cada vez más creciente resistencia a la visión de género. De cierta manera, se entiende la reticencia al feminismo como un rechazo al cambio de paradigma.

Cada vez que las estructuras de la sociedad tiemblan, y las bases del pensamiento y la cultura se resquebrajan, habrá una negación natural originada en el miedo a perder beneficios y ceder espacios que están sustentados en las estructuras de poder reinantes.

Pese a ello, ha habido logros. A nivel local, uno de los más importantes avances ha sido la tipificación del delito de femicidio² en 2013. El artículo 141 del Código Orgánico Integral Penal describe al femicidio en los siguientes términos: “la persona que, como resultado de relaciones de poder manifestadas en cualquier tipo de violencia, dé muerte a una mujer por el hecho de serlo o por su condición de género, será sancionada con pena privativa de la libertad de veintidós a veintiséis años”.

Desde que se aprobó esta ley, varios crímenes ya han sido juzgados como feminicidio, no obstante, aún siguen muriendo mujeres a manos de sus parejas, luego de ser víctimas de una violencia sistemática. Todavía queda mucho por hacer en países como Ecuador, en los que la violencia machista está naturalizada. Y ese es uno de los más grandes motivos por los que el feminismo es necesario.

La relativización de la violencia

Negar los escenarios históricos de desigualdad entre hombres y mujeres, y pretender hacer tábula rasa desde la coyuntura social actual no es solo reduccionista, sino que permite que discursos relativizantes como que “violencia es violencia desde donde sea que esta venga”, o “la vida de hombres y mujeres vale igual, por qué hablar de femicidio”, diluyan una realidad evidente de violencia sistémica ejercida desde la cultura patriarcal.

Hace pocos días un crimen deleznable sacudió a la ciudadanía. Dos jóvenes argentinas fueron asesinadas en Montañita en circunstancias no del todo esclarecidas. La opinión pública —hoy tan a la mano gracias a las redes sociales— sacó a flote una postura machista y producto del patriarcalismo, en la que la culpa era de las mismas víctimas por no haberse cuidado lo suficiente e incluso por haber estado ‘solas’ en un sitio como ese. Incluso la versión oficial inicial apuntaba a la culpabilización de las víctimas: ellas habrían ido a la casa de sus agresores por voluntad propia.

El cuerpo de la mujer sigue siendo de uso público, la violación está naturalizada, nadie la cuestiona, es un crimen producto de la delincuencia común. Está al mismo nivel del asalto o del asesinato por robo. Así es como las posturas relativizantes que intentan anular la carga de violencia sistémica en contra de la mujer presentan el hecho: “No se trata de mujeres asesinadas, sino de personas asesinadas”. Ese tipo de invisibilización de las causas estructurales de la violencia en contra de las mujeres no promueve el igualitarismo como muchos intentan argumentar, lo que hace es alentar una cultura machista que encubre a violadores y asesinos, y desconoce ese tipo de agresiones a mujeres por el hecho de ser mujeres.

No son personas violadas y asesinadas, son mujeres violadas y asesinadas. Hay una carga cultural patriarcal detrás que permite que la mujer esté subordinada al deseo masculino y que este tenga interiorizado ese sistema de poder que le otorga potestad sobre el cuerpo de la mujer. El violador no es un enfermo producto de su propio trastorno, no es una isla, el violador es una deformación psicosocial del sistema patriarcal.

¿Feminazismo o feminismo?

Regresando al inicio de este artículo, ¿por qué es entonces absurdo el término feminazi? Simple. Porque el feminismo no ha matado a nadie, ni ha ejercido violencia sistemática sobre nadie, tampoco ha instaurado un sistema de poder y dominación sobre sus pares. Las acciones del feminismo son positivas, buscan la igualdad de las sociedades, la igualdad de oportunidades y la igualdad frente a la ley, pero también, la igualdad en instancias como la cultura y la moral, dentro de las esferas públicas y privadas.

La editora adjunta de temas de mujeres de The Telegraph, Claire Cohen, se ha referido así al uso de la palabra feminazi: “hay quienes dirán que es el feminismo extremo el que se está convirtiendo en la norma. Pero mientras unas pocas feministas pasan sus días tratando de imponer su ideología a los demás, hay millones que no lo hacen. Y ninguna de nosotras, la última vez que revisé, estábamos ocupadas llevando gente a las cámaras de gas”.

El feminismo propone la soberanía sobre los cuerpos, no busca convertir a las mujeres en hombres, no quiere dominar el cuerpo masculino, no intenta someter al hombre por la prevalencia de un género sobre otro. Dejemos de pensar solo en biología y cromosomas. La igualdad va más allá de tener cuerpos biológicamente distintos, de tener un pene o una vagina, de ser capaces de concebir o no, de tener senos y curvas o musculatura, de tener un hemisferio cerebral más dominante que el otro, de estar condicionados por natura. Sí, es verdad, las mujeres tenemos otras características físicas, pero eso no nos vuelve inferiores, ni es determinante al momento de construir nuestra identidad de género. De otra forma no se explicaría la diversidad de identidades y orientaciones sexuales.

Por el contrario, la cultura sí es determinante al momento de construir nuestra identidad sexual. El concepto de lo femenino es una construcción social, es identitario. El de la mujer es entitario. Esos dos términos no representan lo mismo. La feminidad está determinada por la cultura, sus usos y necesidades, por lo tanto, no puede existir una sola feminidad, como no existe una sola masculinidad. Lo que pasa es que hombres y mujeres hemos tenido que encajar en la idea de la representación de lo que consideramos como femenino o masculino.

Por ponerlo de una manera más simple: la mujer es el ser; lo femenino, el parecer. La feminidad no deja de ser un performance cultural. Y la cultura, como sabemos, no es estática, está en constante movimiento y evolución, así como la humanidad. Inútil es compararnos con nuestros pares de hace 500 o mil años, las sociedades se han ido transformando de acuerdo con los tiempos, así como el pensamiento y el mundo de las ideas.

Los conceptos y nuestra relación con el entorno están en mutación constante. El feminismo justamente busca eso: la evolución cultural. Llamar feminazis a las mujeres que luchan por sus derechos y la igualdad, es anular su lucha.

Notas

1. Según datos del Ministerio del Interior.

2. La palabra feminicidio fue incluida en la 23º edición del DLE (2014), es un neologismo derivado del inglés femicide. A menudo estos términos se usan como sinónimos, pero hay teprías que los diferencian. Femicidio serían aquellos asesinatos de mujeres que se consideran como homicidios, sin destacar las relaciones de género, ni las acciones u omisiones del Estado; mientras que feminicidio son los asesinatos de mujeres por su condición de género, es decir, tomando en cuenta las relaciones de poder y se vincula con la participación del Estado por acción u omisión, derivada de la impunidad existente.

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