La aventura amorosa y sus personajes

10 de febrero de 2013 - 00:00

MATRIMONIO, PASIÓN, AVENTURA AMOROSA
Si el un extremo de la Aventura amorosa es la Pasión, el otro es el amor conyugal, el Matrimonio.

Las razones profundas del matrimonio: encarar los grandes momentos, los grandes hitos de la vida humana. Es el rito de paso que ordena a los demás y les garantiza un lugar estable en el devenir humano: hacer la casa, construir el hogar, tener hijos y criarlos: compartir la fortuna, la alegría, y encarar la desdicha, la enfermedad y la muerte. No en vano todas las culturas lo han inventado y preservado. Y no sólo la judeo-cristiana. La familia es la mínima célula social, como saben los antropólogos. Y su núcleo es la pareja. Pero el amor conyugal no es una condición sine qua non del matrimonio.

Aún hoy existen sociedades poligámicas, o poliándricas. Y en el viejo Oriente, a veces los novios no se conocen. Y saben que estarán obligados a edificar su amor como si fuese una casa, porque en el fondo lo es. También ocurre en Occidente. Antes, con alianzas políticas que aseguraban la paz o la grandeza de los reinos. Y el enriquecimiento forzado, por cierto.

Según Rougemont, quienes defendían, en el s. XII europeo –por oposición a los abusos de los señores feudales-, el amor fiel y fundamental, llegaron a declarar que el amor y el matrimonio no son compatibles.    

Hoy las formas son más atenuadas. Pero los matrimonios “por conveniencia” y los acordados por las familias son frecuentes. Entonces, los lazos afectivos se entretejen y se van formando al ritmo de la vida real y concreta, con la voluntad previa de que así tiene que ser. Es una sabiduría anticipada, venida de la experiencia de milenios, la que sostiene el matrimonio.

AMOR Y PASIÓN
El amor conyugal y la pasión se contradicen. Que la pasión devenga en matrimonio, ocurre. Pero entonces, muy pronto, dejará de ser pasión y se volverá amor. Que el amor conyugal termine en pasión solo es dado observar cuando el convivir cotidiano, normal y normado se rompe por una separación intempestiva, una “traición”, una ruptura o la amenaza o realidad de la muerte, que iguala en el dolor matrimonio o amantazgo. No de otro modo se explican, salvando todas las distancias, desde el Taj Majal hasta La Amada inmóvil de Amado Nervo y qué decir de Otelo. La pasión solo es posible en el límite y el peligro; es decir, acosada por la conciencia del fin. O certificada por ella, como ocurre, en otros ámbitos y en otros deseos, fuera del matrimonio, en plena Aventura amorosa, cuando la muerte la termina, con los homenajes póstumos del emperador romano dedicados a su joven efebo muerto, Atínoo, según lo relata Margarita Yourcenar en Memorias de Adriano.   

Pero, mientras impera el puro sentir de lo cotidiano, en esencia, el amor conyugal, ya establecido, descarta la pasión porque es su contrario natural. Ese amor ordena, la pasión desordena. Ese amor es “cuerdo”, la pasión es “loca”. Ese amor quiere ser eterno: “hasta que la muerte nos separe” es su mandato y advertencia. “Vosotros, los que aquí entráis, abandonad toda otra esperanza”, puede inscribirse en su pórtico.

La pasión, como lo sentencian los filósofos, temen los poetas y narran los novelistas, tiene que acabarse. O sanarse. Porque es una enfermedad del corazón y de la cabeza que convulsiona la vida normal, que la trastorna y amenaza.

¿ETERNIZAR EL AMOR?
El amor conyugal: con-yugal: con-yugo, ha de mantenerse, eternizarse en la tradición familiar, en la memoria de los hijos, nietos y demás. Ha de perdurar en escrituras y lápidas. En apellidos legítimos y memorias sociales. Su definitiva consumación será la muerte. La prueba es que sobrevivirá a ella. Será historia legada: la sociedad se encargará de que así sea. Para eso están las genealogías y los álbumes familiares. Y las herencias.

Pero mientras dura la vida, el matrimonio hará del sexo una práctica segura, una exigencia reproductiva, una costumbre, un rito establecido, un hábito de higiene social. Y generará sentimientos sostenidos: el cariño profundo, la solidaridad, la complicidad, la ternura, la preocupación. Y, por momentos, sus contrarios también.

Cuando esos contrarios predominan; cuando el desamor, el displacer, el rencor, la incomunicación predominan, el divorcio, también un acto social y normado, es la salida extrema.

No siempre ocurre y los matrimonios tristes y falsos abundan. Si nos aferramos a la imagen de la casa como principal metáfora del matrimonio, diremos, entonces, que solo sobreviven, en ese caso, la construcción, la infraestructura, los muros y los muebles helados. En el fondo, la necesidad económica o la fachada pública. Un mausoleo también puede tener la apariencia de una casa que se hunde en la tierra. La ciénaga del matrimonio, escribió Kawabata. Con la institución del matrimonio se ha legitimado la desesperanza, dice el lascivo Capodistria en la Justine de Durrell.

El matrimonio exitoso, por el contrario, renunciará a libertades del deseo y a las tentaciones y vivencias posibles que el mundo ofrece pródigamente. Los fundamentos religiosos y morales vendrán en su auxilio. También la costumbre, la ideología, la conciencia de la posesión segura. El miedo al vacío y a la pérdida del todo. Hay una fidelidad forzada, elegida, en las parejas que vienen de relaciones anteriores frustradas. El temor a un nuevo fracaso. Pero hay también la construcción de un proyecto de vida que funde o prolongue una dinastía.

La literatura y su nuevo género, el cine, abundan en ejemplos de matrimonios ciertos o falsos. O ejemplares. La Úrsula y su José Arcadio de Cien años de soledad son la pareja conyugal emblemática: fundarán un pueblo. Una dinastía nacerá de ellos. No en vano hay tanto saber bíblico metido en esa novela.

Nadie duda de que ahora los matrimonios duran menos, son “menos eternos”. La liberación femenina, el trabajo y la preparación de las mujeres, su incursión en la política, las migraciones económicas, las han arrancado de la casa y las han lanzando al mundo.

Los tiempos de El cantar de los cantares del rey Salomón, esa joya del amor conyugal, parecen cada vez más lejanos. Hay países, como Estados Unidos, en los cuales el 40 por ciento de los matrimonios terminan en divorcio. Charles Fourier, el gran utopista y detractor del matrimonio del s. XVIII, estará riéndose en su tumba. Pero su entusiasmo no será total: más de la mitad de los matrimonios aún sobrevive. Ayudándose, por cierto, con Aventuras amorosas reales o imaginarias.

10-2-13-cp-manosLA CAÍDA DE UN DICTADOR
La disminución del pater familias vertical, ese dictador doméstico derrocado, presente como proveedor (o padre-hermano), o ausente en las cada vez numerosas familias monoparentales, ha dado origen a incontables transformaciones del núcleo familiar y ha potenciado el rol de la madre (los hombres se han “madretizado”, dice Francisco Proaño Arandi). Habrá que preguntarse, más allá de los roles delegados o imaginarios de la figura paterna, si la vigencia del complejo de Edipo freudiano es, ahora, posible. Hace tan solo unas décadas, los herederos, a su manera, de Dostoyevski, no vacilaban en escribir imprecaciones o invectivas contundentes: Los padres son el mal mismo, representan todo lo feo que hay en el hombre… proclamaba un personaje de Mishima, en El marino que perdió la gracia del marLos lazos de la paternidad están podridos, escribió Sartre en su autobiografía Las palabras… La libertad no comienza cuando los padres son rechazados o enterrados, sino cuando no hay padres: cuando el hombre nace sin saber de quién es hijo. Cuando nace de un huevo tirado en un bosque, poetizar Milan Kundera en su mejor novela: La vida está en otra parte. Hay, pues, que preguntarse si hoy tanta contundencia parricida es todavía posible en Occidente.

Por otro lado, al menos en el ámbito de las clases medias actuales, los hijos (se vayan o no de las casas familiares), en gran medida, rehuyen las relaciones prolongadas: se refugian en el sexo casual y en los grupos de amigos, incluso en la vida marginal de las pandillas de hoy. Desde los vagabundos o beatniks de Keruac, los chispos de Bukowski, hasta los jóvenes japoneses occidentalizados de Azul casi transparente, de Ryu Murakami. O sea que nunca como hoy la Aventura amorosa ha sido tan universal y global. Y mientras más se sepa de ella, será mejor.         

Hemos dicho que la Aventura amorosa, frágil, perentoria, es el paso previo tanto del Matrimonio que le da fin, como de la Pasión que quiere, en vano, prolongarla.       

UNA AVENTURA…
La gran pregunta es si la Aventura amorosa ¿no terminará sustituyendo al viejo matrimonio? O, quizá, complementándolo. Sobre todo en estos días, en que un fenómeno masivo ya, el de los “matrimonios de ocasión”, hechos con el exclusivo propósito de legalizar, a cambio de una paga, la situación de los inmigrantes indocumentados, es ya una realidad en buena parte del mundo.    

Pero los matrimonios blancos y, a veces, perversos, han existido siempre. En la obra entera de Bergman, sobre todo en su serie Escenas de la vida conyugal, puede vérselo bien. Parejas que se odian pero no logran separarse, sino cuando la relación se vuelve intolerable, pero cuyo afán mayor es el de preservar, a cualquier costo, sus matrimonios.

Ibsen, en Casa de muñecas, Tolstoi, en su Sonata a Kreutzer, Dostoyevski en La mansa; Tanizaki, en La llave, y cientos de obras emblemáticas de la literatura y el cine, narran la perversión conyugal de mantener el matrimonio a pesar de sus momentos de odio real. Algo que Wilheim Reich acepta como inevitable.

¿Es solo la fuerza de la costumbre, la inercia de la convención social, lo que propicia tal comportamiento perverso? Creemos que no. De otro modo, los psiquiatras no admitirían lo que llaman folie a deu. No, porque más allá de la incomunicación, el recelo, el rencor y hasta la renuncia al sexo, esos matrimonios nos enseñan, simplemente, que otras formas de amar son posibles. Porque el apego, el cariño profundo, y/o el miedo a la soledad son más grandes.          

Y los matrimonios dulces, fieles, pueden, al contrario, preservar su cariño, su ternura, el amor tranquilo y sin sobresaltos, sin cuestionar jamás el estatuto de la pareja. Pero no se sabe bien cuántos lo logran o se sostienen en el puro amor conyugal, siempre distinto de la Aventura amorosa.   

O sea que matrimonio y Aventura amorosa no tienen por qué contradecirse. Son dos formas, dos planos distintos del amor. El Cónyuge cotidiano y el Amante heroico pueden compartir dos escenarios diferentes. Uno visible. Otro secreto. Dos personajes distintos y una sola persona verdadera.

Quizá, en lo profundo del ser humano coexistan dos corazones: uno que ansía la seguridad, el calor del hogar, y otro: aventurero, heroico, arriesgado. Siempre el nómada torturará la cabeza del sedentario; siempre el sedentario torturará la cabeza del nómada, escribimos alguna vez.

Acaso esa dualidad, fuente de tantos conflictos, determine la inmanencia del amor conyugal y de la Aventura amorosa. Su tenacidad milenaria.

Si le creemos a la bio-antropóloga Helen Fisher, el apego (que nosotros entenderíamos como más propia del amor conyugal) y, de otro lado, el fervor sexual o el amor romántico (que asimilaríamos, más bien, a la Aventura amorosa), hasta ocupan sectores distintos del cerebro humano.  

10-2-13-cp-besoSOLO PARA TUS OÍDOS
Este libro, que llamé así: La Aventura Amorosa, está hecho para que ese reconocimiento sea posible. O por lo menos para que ella, la Aventura amorosa, llegue a ser admitida, de modo privado, personal, como un derecho individual, como una “amante” esporádica y necesaria; como el espacio de libertad y locura festiva que acompañe, “infielmente”, el normal y normado amor del matrimonio, mientras éste subsista. Si la amante o la concubina fueron figuras admitidas por tantas sociedades, es hora ya de que, en la sociedad actual, vertiginosa o provocativa, haya un espacio para las relaciones efímeras y cambiantes, que refresquen, como flores, cada tanto, los momentos de tedio del amor conyugal. O pongan treguas felices en los solitarios que no quieren o no pueden renunciar a su soledad; sea porque la han elegido como una forma de libertad perpetua; sea porque, como en el caso de las jóvenes “sobrecalificadas” de hoy, ejecutivas y bien equipadas con títulos académicos y currículos abundantes, no encuentran, en sus caminos exitosos, parejas que quieran cargar con obligados roles secundarios.

No pasión devastadora, si se corta a tiempo; no matrimonio establecido, la Aventura amorosa  se yergue, en su bella fragilidad, al menos cuando empieza y no ha terminado en Pasión, o en Matrimonio, como la posibilidad de la alegría y el placer, como el regalo periódico del mundo que, en nuestra esquizoide vida actual, ha de transcurrir y acabarse, como todo lo humano, y a la cual deberemos admitir como un derecho natural. Una joya del “arte efímero”.

EL SECRETO COMO UN DERECHO
Quedan, en lo dicho, algunos cabos sueltos: la cuestión del dolor, de los celos, de la traición sentida por el otro; la reacción de la pareja sorprendida por la “simple” aventura del cónyuge infiel, su no admisión. Es un problema ético, sin duda. El dolor infligido al otro, a veces gratuitamente, es, sin duda, un asunto moral. Solo que ocurre. Y muchas veces. Hay quienes logran conjurarlo con el sencillo gesto de salvar lo clandestino de la Aventura amorosa como inherente a ella, una forma de ejercer una economía del dolor. El secreto como un derecho. Y una salvaguardia.

Acaso haya una razón profunda en tal comportamiento. La certeza de que nadie puede tener al otro, o tomar posesión de su conciencia entera, de su libertad, diría Sartre, excepto en la pasión alucinada, que no es propia del amor conyugal, pues el principio de realidad rige en él. Si esto es así: si yo no puedo apropiarme de mi cónyuge, vigilar sus deseos, miedos y apetitos, entenderlo hasta el fin, volverlo “cosa”, en propiedad privada, entera, el tener y el ser en una sola entrega, comprar su alma, cosificarlo así; entonces será legítimo pensar que, de su lado, la imposibilidad se mantiene: que también soy incognoscible, inapropiable, inentendible, secreto de algún modo para él, y entonces la solución viene de suyo: ¿por qué no puedo usar mi rincón de deseos y sueños, enteramente míos, como una fortaleza muy privada, como una soledad asumida y transformada en libertad? ¿Por qué no puedo callar, por ende, mis aventuras y amoríos, volverlos clandestinos para ahorrar y ahorrarme sufrimientos inútiles? ¿Por qué no puedo respetar la privacidad de mi pareja reprimiendo mis propias inquietudes? ¿Una relación de secretos admitidos, de espacios propios, no será la fórmula natural que ayude a preservar la relación de las nuevas parejas?

SOLEDAD Y LIBERTAD
La ley de la soledad es directa: naces solo, mueres solo, e incluso las grandes decisiones, cuando logran ser libres, como la de casarte, las tomas en soledad. ¿Por qué no puedo hacer de esa condena, mi soledad, el espacio privado, propio, mío, para realizar mis ensueños, mi libertad? ¿Para qué romper el corazón de mi pareja establecida, cuando indudablemente la amo, con una supuesta verdad que nunca va a entender? ¿Como yo tampoco entendería la suya, si fuera el caso? En la única y breve vida que tienes, lo que puedes obtener de los infinitos bienes del mundo es muy poco. Un solo amor fiel y eterno, en la multidiversa oferta de tentaciones que nos llaman, es una forma del ascetismo. Una renuncia casi religiosa a los disfrutes que mi deseo legitima y que, de todas maneras, apenas podré aprovechar, tal es su infinita variedad y abundancia.      

Queda la otra posibilidad, la de abrir las cartas, optar por el matrimonio abierto, o la pareja abierta, al modo de tantos artistas, sobre todo: cada quien sabe de las aventuras del otro; pero los riesgos son muy grandes, como puede leerse en los libros autobiográficos y novelas como La invitada o La mujer rota, de Simone de Beauvoir.        

En esas novelas, como en tantas otras, como en la vida misma, la pareja conyugal no soporta lo que, para ella, solo puede ser una traición. Con respuestas, a veces trágicas, como la de Medea, de Eurípides, que mata a sus propios hijos para vengarse de Jasón, su cónyuge “traidor”.

PASIÓN VS. FELICIDAD
¿Es posible querer y ser felices? Se preguntaba Wittgenstein. Y Nietzsche había sentenciado: ¿Y quién ha dicho que estamos en el mundo para ser felices? Estas dudas valen tanto para el Matrimonio estable como para la Pasión. Dos jamás serán uno, pero el matrimonio defiende, desde las leyes, o del cariño profundo, esa díada, esa “unión dual”. Lo mismo ocurre con la Pasión. Como hemos dicho, cuando el Amado asume la condición de Amante, Amante de su amante y Amado de su amado, en ese trato de complicidad alucinada, el uno cree sentir el cuerpo y la conciencia del otro como si fuesen suyos. La piel del otro como suya. Y el otro le responde de la misma manera. Allí, “una manga siente a otra manga”, como decía Graham Greene, en El final de la aventura. Es la empatía, la fusión perfecta de dos en uno. Solo que tal realidad no es “objetiva”. Es imaginaria, embrujo mental. Más allá de los intercambios hormonales y las consonancias neuronales, los cuerpos prosiguen sus metabolismos propios, sus mandatos corporales, sicológicos y sociales, su viaje irrevocable hacia el fin. Porque dos son dos. Y ni las leyes ni la obsesión pueden contra esa realidad contundente.

Es la hora en que el principio de realidad se impone sobre el principio romántico. Y la muerte, real o simbólica, devuelve a la soledad a quien creyó suprimirla. La prueba es que el duelo es un ejercicio que deben cumplir, en lo profundo del dolor personal, cónyuges viudos o divorciados, o amantes separados.

Pero no es de la muerte sino de la vida de lo que se ocupa la Aventura amorosa. Mientras más efímera y superficial sea, más se acercará al placer y a la alegría. Será vida triunfante. Vida que empieza. O reempieza. Si se prolonga, tal es su riesgo, devendrá pasión, es decir, la forma exasperada de la Aventura que, además, será “actuada” por sus mismos personajes.    

El autor de La Aventura amorosa, no quisiera, jamás, que ésta sea entendida como un mensaje social, en la acepción estricta del término. Como un mensaje pretencioso para que la sociedad entera cambie y admita a la Aventura amorosa como una más de sus instituciones implícitas. De ninguna manera. Nuestro libro está dirigido (en este momento en que se ha impuesto la civilización individualista) a los individuos puros, a los corazones solitarios para que, en la soledad propia que su condición humana les impone, acepten su Aventura amorosa como un derecho para aprovechar algo más de las riquezas del infinito mundo, siempre acuciosas y difíciles de retener; algo más de lo que su vida breve, a veces, las más, gratuitamente, en nombre de una moral inútil, les obliga a renunciar o desperdiciar.   

Si alguien cree que estas notas se agotan en un elogio simplón del adulterio, qué pena. Simplemente porque el adulterio siempre será mucho más que la sola destrucción de la norma. Quizá sea oportuno citar una de las hermosas frases de Durrel en Justine: “El amor apasionado, aunque tenga por objeto a la propia mujer, es también adulterio”. Acaso era una respuesta al mentado Rougemont, quien decía que toda pasión reviste la forma del adulterio.

Y si el secreto personal, íntimo, de la Aventura, se devela, y una crisis de pareja sobreviene, también será oportuno recordar lo que decía un personaje de Sonrisa de una noche de verano, de Bergman: “Uno no puede proteger nunca ni a una sola persona, ni de un solo sufrimiento”. O sea: si quieres vivir es imposible no salpicar con dolor la vida de los otros.    

Intentemos definir ya la Aventura amorosa: es lo posible que puede ser necesario. Algo que está allí, como una opción perentoria que puede transformarse en una realidad conyugal o pasional. Una relación amatoria amenazada, pública o clandestina, que busca insertarse y representarse a sí misma de modo real o virtual, en un mundo ya hecho.

La aventura amorosa y sus personajes, Abdón Ubidia

En estas páginas fluidas e intensas, los lectores y lectoras encontrarán una de las aproximaciones más sensibles y lúcidas respecto a uno de los hechos humanos que atraviesa por igual la historia privada de las sociedades de todos los tiempos y a los sujetos que las habitan: la aventura amorosa, territorio en la que el torbellino de las pasiones permite que se configuren aquellos personajes -el Amado y la Amada, entre otros- que desde la clandestinidad han hecho posible que el amor (consignado como “ilegal”) no solo sea una “llama doble”, sino que siempre se exprese como un incendio voraz e implacable.

Raúl Serrano Sánchez

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