Estirpe Ledesma: existencias cortas con legados largos

- 10 de marzo de 2018 - 00:00

Vida y obra • Uno de los hermanos fue un héroe de guerra; el otro, poeta y radiodifusor. Ninguno llegó a los 30 años, pero dejaron sus propias huellas.

El Barrio del Centenario se pensó con la idea de conmemorar los cien años de la independencia de Santiago de Guayaquil (1820) y se fue poblando lentamente, pues algunos pensaban que era demasiado lejos, muy al sur. Una de las familias que decidió ser de las pioneras en habitar el primer sector residencial del puerto fue la que formaron los portovejenses David Alberto Ledesma Vélez, abogado, ministro juez de la Corte Superior de Justicia de Guayaquil, y doña Carmen Luisa Vázquez Loor. Se iniciaba la segunda década del siglo XX.

Cuando clareaba 1941, iniciaba el pequeño David sus estudios en el Colegio San José de La Salle, y hacía poco que su hermano mayor, el subteniente Gustavo Ledesma Vázquez, había caído fulminado en la acción de Quebrada Seca, en un cruce de fuego durante la guerra que enfrentó a los ejércitos ecuatoriano y peruano.

Un hálito de tragedia envolvió a los hermanos Ledesma Vázquez, de angosta existencia ambos: el militar vivió apenas 19 años; el poeta llegó a los 26. Los sobrevivió su hermana María Luisa, que vivió en Quito, casada con el diplomático Alberto Barriga.

Carrera brillante y fugaz
El gallardo Gustavo Ledesma había nacido el 5 de noviembre de 1921 y, tras cursar la primaria en el colegio San José de las Escuelas Cristianas, sintió ganas de conocer el mundo y se decidió por la carrera militar enrumbándose hacia la capital, a la Escuela Superior Militar Eloy Alfaro. En sus aulas obtuvo altísimas notas, destacó en los entrenamientos y fue subteniente tras graduarse de bachiller. El 5 de julio de 1941 inició la guerra entre Ecuador y Perú.

El subteniente Ledesma no llegaba a los 20 años cuando se enteró del conflicto, y creyó llegado el momento de cumplir con la Patria: se presentó en la Brigada Guayaquil con otros diez oficiales del primer contingente.

Partió el 15 de julio hacia el frente, en la provincia de El Oro, y fue destinado al batallón Montecristi. La tropa ecuatoriana, de unos 5.300 soldados, se alistó bajo el mando del coronel Luis A. Rodríguez, de la Quinta Brigada, sabedor de que enfrentaría a una fuerza de 20 mil soldados.

A una semana de llegar, Ledesma cooperaba con el adiestramiento de la tropa, el 23 de julio de 1941, cuando tuvo lugar el combate de Quebrada Seca, dentro de una serie de enfrentamientos que se conoce como batalla de Zarumilla. Pese a las comunicaciones paupérrimas, supieron de los combates en Rancho Chico, Alto Matapalo y Corral Viejo, que resultaron en el repliegue de los ecuatorianos hacia la montaña. El comunicado oficial del Ministerio fue: «En todo el frente las fuerzas ecuatorianas mantienen sus posiciones». Poco después se enteraron de que habían caído los puestos de Casitas, La Bomba y Rancho Grande, y luego arreció el fuego en La Palma y Lechugal.

Una escuadra de cazas peruanos, que por entonces buscaba hacerles camino a sus tanques de infantería, bombardeó la frontera y, argumentando seguridad táctica, el puesto orense de Quebrada Seca, que aglutinaba artillería antiaérea y varios nidos de ametralladora. Escasamente decoroso fue el papel de las fuerzas armadas ecuatorianas, debido al desamparo que caracterizaba su armamento y al deterioro de las líneas del telegrama, ya de por sí torpes. Entre papeles peruanos, el Boletín de informaciones Nº. 1 de la Colección documental del conflicto y campaña con el Ecuador (1941, Vol. III) relata detalles de la guerra y da cuenta de las bajas de lado y lado; aparecen, entre el botín tomado por las fuerzas peruanas, fusiles de repetición, municiones, ametralladoras —pesadas y ligeras—, cañones, cascos y lo que más les dolió a los sobrevivientes: cuatro banderas y el archivo del Batallón Montecristi, precisamente al que perteneció Ledesma.

Hay quien equipara la función de esos soldados a la del martirio pues, aun en tan desigual situación, escribieron páginas de sacrificio y honor.

El resultado arrojó héroes que engrosaron el santoral patriótico de ambos bandos. José Quiñones, uno de los dos tenientes que apoyaban al líder de la operación peruana, inició vuelo rasante para dejar caer su carga explosiva cuando fue interceptado por el máuser corto del teniente Luis Estrada Pantoja, que disparaba desde un plantío de achiote a las afueras de Carcabón (cerca de Huabillos), y se estrelló, haciendo daño, contra su objetivo, un ala del siempre mal armado puesto fronterizo de los ecuatorianos.

Por su parte la artillería nacional, comandada por el mayor Galo Molina, arremetió contra los otros aviones que formaban el ataque que, una vez concluido, dejó ver un alto número de bajas entre las que se contaba al subteniente Gustavo Ledesma Vázquez.

Los batallones Montecristi, Cayambe y parte del Carchi corrieron la misma suerte del Grupo de Artillería Mariscal Sucre y el batallón de ingenieros Córdova. Decidido a inmolarse, mientras lanzaba fuego a discreción, Ledesma había caído gravemente herido y fue tomado prisionero; lo condujeron a un hospital de Talara, donde después de una agotadora y dolorosísima agonía falleció el 8 de agosto. Lo sepultaron aquel mismo día. Además de un numeroso personal de tropa, los otros oficiales que cayeron fueron el mayor Molina, los tenientes Carlos Díaz y Edmundo Chiriboga, y los subtenientes Hugo Ortiz y Maximiliano Rodríguez.

El comandante de la brigada Guayaquil solicitó que se hicieran los trámites necesarios para recuperar los cadáveres. El 14 de agosto de 1941, por sugerencia de la Junta Calificadora de Servicios Militares del Ministerio de Defensa, el Congreso Nacional acordó «testimoniar a la familia del extinto el dolor que aflige a la Nación por la pérdida de uno de sus más valientes hijos» y, en el mismo documento, «repatriar los restos mortales y darles sepultura en esta ciudad…».

Ese mismo día, el presidente Carlos Alberto Arroyo del Río ascendió post mortem al subteniente Ledesma a teniente de Guardias Nacionales —aunque luego se firmó el decreto que enmendaba el error, pues no era Teniente de Guardias Nacionales sino Teniente de Reserva—. Se oficializó la aclaración por parte del ministro de Defensa, coronel Alberto Romero y, el 31, se le concedió la condecoración Abdón Calderón de Tercera Clase por Mérito de Guerra, debido a que se tuvo noticia de su actuación en la reducida guarnición que defendía.

La familia, de igual manera que el país, consideró la historia del Teniente Ledesma como una medalla en el pecho de cada uno de sus integrantes. Las ceremonias castrenses se sucedían una tras otra, a pesar de que al hermano menor lo confundían más que nada. Debido a su templada voz, lo empujaban a cantar el himno nacional, sin embargo, no se contagiaba de lo que consideraba chovinismo burgués: el flamear de banderas, aquel épico canto ad infinitum y las condecoraciones en base de la muerte. Sin duda, otra era la música que escuchaba en su cabeza mientras tronaban las salvas de cañones.

El lugar de la poesía
Para el joven David, nacido el 17 de diciembre de 1934, un tormento permanente fue el que recibía por parte de su familia, pues ante la carrera del héroe de guerra de su hermano, sus cercanos le reprochaban lo que consideraban ínfimos logros profesionales y, más que nada, aquella ‘debilidad’, y que era —a fin de cuentas— un estadio de disidencia sexual.

Terminados sus estudios primarios en 1946, también en el San José de La Salle, fue por el bachillerato al Colegio Vicente Rocafuerte. Sobre sus hombros se depositaron esperanzas de sus consanguíneos: quizá la diplomacia o la abogacía. Sergio Román Armendáriz recuerda que lo conoció mientras corregían pruebas de la página literaria del periódico estudiantil Nosotros, en la vieja imprenta del Colegio. Román recuerda el zoológico de figuras de vidrio que el futuro poeta mantenía en su habitación, y que fue destruido por el padre. Aún era muy joven cuando inició sus colaboraciones en la prensa, siempre interesado por las letras y la locución radiofónica. Así, vio en blanco y negro su relato ‘La soledad’ en el diario La Nación, y participó en el programa Vida porteña de la cadena radial CRE.

De gran voracidad lectora, no halló la aprobación familiar para su inclinación por las letras. Se trasladó con toda su familia Buenos Aires, donde su padre se sometió a una delicada intervención a corazón abierto. Cumplida la mayoría de edad, le dio una estocada de decepción al doctor Ledesma: no fue admitido para el servicio militar por su pie plano y su cuadro de asma. Desde entonces, se desencadenó una dolorosa relación con su padre. Para liberarse, aunque fuera por un momento, viajaba esporádicamente a Quito, a visitar la casa de su hermana María Luisa.

Solía despeñarse por cenotes depresivos, pero se daba tiempo para colaborar en publicaciones como Cuadernos del Guayas. En 1954 apareció el taller Club 7, en el que se agrupó con Ileana Espinel Cedeño, Gastón Hidalgo Ortega, Carlos Abadíe, Miguel Donoso Pareja, Carlos Benavides Vega (que escribía como Álvaro San Félix) y Sergio Román Armendáriz, quien es el único que sobrevive (y hoy vive en Costa Rica).

Pronto desertaron Abadíe y Donoso, así que el septeto se conformó definitivamente con cinco miembros. La poeta Espinel siempre fue cercana, estrecha admiradora del colega. El año siguiente, 1955, hizo feliz a David, dedicado a viajar con compañías teatrales por Sudamérica. Así llegó a La Paz, Lima, Santiago y Buenos Aires.

Cuando retornó a Guayaquil, se vio como parte del elenco del Sistema de Emisoras Atalaya, que dirigía por entonces Hugo Vernel (seudónimo de José Guerra Castillo). Los que más inclinación demostraron para el teatro fueron Ledesma, Benavides y Román, quien recuerda, como los demás que lo conocieron, su magnífica voz, configurada para leer y declamar.

Cuando Ledesma se encontraba en estado de gracia, producía, desbordado; había otros momentos que ensombrecían su existencia, períodos que lo empantanaban hasta la exasperación. Dependiendo de la perspectiva, fue y no considerado un buen partido; no poseía fortuna pero su sensibilidad, escritura y don de gentes incrementaban su atractivo.

Había dado en Radio El Telégrafo un recital poético junto a Espinel para protestar contra de la ejecución de los Rosenberg. Por 1959, prosperaron sus fintas amorosas con la actriz Mercedes Cajamarca, conocida como Mercedes Mendoza en el ámbito artístico, y nació su hija Carmen Ledesma. Exiguo fue el tiempo que duró la pareja: se separó al año siguiente, aunque siempre sostuvo una buena relación.

El poeta se volcó a generar ingresos económicos, pero apoyó como pudo a la Unión Revolucionaria Juvenil Ecuatoriana (URJE). Con Sergio Román, grababa el programa de radio Aquí… Cuba, que difundía la Sociedad de Amigos de Cuba, aunque jamás tuvo auspiciantes (traviesamente regrababan sobre cinta magnetofónica que contenía propaganda gringa y que era distribuida gratuitamente por ‘agencias culturales’).

Casa de las Américas los invitó a la isla para la apertura del Año de la Educación, en enero de 1961. Ledesma se quedó un mes y Román prolongó su estadía hasta marzo. La agenda oficial los condujo a cuanta actividad cultural se preparó. La bofetada de la realidad que habían idealizado (la Revolución les daba la espalda y perseguía a los homosexuales considerándolos ciudadanos de segunda clase) no la percibió Román, aunque consiente en que pudo ser distinto con el amigo.

Los tonos del clima que circundaba al poeta se iban cerrando hasta un negro fúnebre. Pese a ello, David permaneció en el programa, aunque con un interés que goteaba desilusión.

El asma lastraba su salud; continuaron las zanjas anímicas, que conjuraba con copioso alcohol, y el 29 de marzo renunció a CRE. Dejó una nota para su cófrade Germán Cobos, donde se disculpaba por forzar ese «reemplazo tan largo», y le pedía que no le faltara nada a Mercedes y que siguiera con el programa Aquí… Cuba «hasta que reviente».

La mañana del jueves 30 de marzo de 1961, llamó la atención que no acudiera a la invitación a comer que le hicieran Cobos y Mercedes. Forzaron la puerta de su habitación en la casa paterna (no había ido a su modesto departamento en Boyacá y Aguirre), cuando la auxiliar doméstica había tocado sin respuesta. Lo hallaron como péndulo de carne, colgado de una corbata amarilla, hecha soga con una más, de la barra de un armario; como llevaba las manos semiatadas con otra corbata —de granate intenso—, hubo una serie de conjeturas sobre su muerte que se juntaron a la evidencia de juerga etílica de la víspera. El comisario César Santana abrió un sumario para investigar las circunstancias, pero triunfó la hipótesis del suicidio, pues, días antes, Mercedes había hallado en la emisora el ‘Poema final’, que la había estremecido. El programa se extinguió con la voz del poeta, a cuya leyenda se sumó el lírico hallazgo que concluye así:

amor mío, amor mío ¿Qué cosa puedo darte?

tú me has dado tan solo tu presencia

tu sonrisa y a veces tu aliento

una proximidad y nada más

yo te regalo un muerto cuídalo bien, es tuyo!

Todos lloraron al poeta y se recriminaron en silencio. Ha habido múltiples lecturas sobre su aporte a la poesía castellana. Desde quienes lo vieron como un decapitado tardío hasta quienes lo ubicaron más bien como un referente de la modernidad literaria en el país. Sus publicaciones incluyen Cristal (Quito, 1953), Gris, mención honrosa en el concurso de la revista Lírica Hispánica de Caracas (el Nº. 183 de dicha colección de poesía, 1958), ‘Los días sucios’ en Triángulo (1960), editado con Sergio Román e Ileana Espinel. Apareció póstumamente, en medio de gran consternación, Cuaderno de Orfeo (1962), cuya edición cuidó Espinel. Además, hay una serie de textos que dejó a su muerte y que, en su mayor parte, se editaron en distintas publicaciones.

Impronta de la estirpe
Pronto se sucedió una serie de homenajes al héroe de guerra como cuando el Cabildo guayaquileño bautizó una calle porteña con su nombre. Además, aunque pase inadvertido entre el tránsito urbano, un patinado busto al militar caído, con su respectiva placa, se erige a la entrada del Barrio Orellana, en una herbosa plazoleta frente a la Universidad de Guayaquil. Por su parte, «el poeta de la corbata amarilla» se convirtió, raudo, en autor de culto con una contundencia terrible. Sus poemas se leían, y siguen leyéndose en cónclaves reunidos alrededor de su figura. En el imaginario de sus conciudadanos, los hermanos Ledesma Vázquez perviven, cada uno, con rutilante y propia intensidad. CP

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