Literatura

Entre Marx y María Joaquina, cuarenta años después

- 12 de septiembre de 2016 - 00:00

Cuando Jorge Enrique Adoum publica Entre Marx y una mujer desnuda tiene cincuenta años. Había nacido en Ambato en 1926 y su padre fue un libanés, escritor también, aunque de otra tendencia, «ocultista y esotérico», devenido en médico naturalista y con enorme poder de convocatoria con las masas, aunque con muchos problemas de comunicación con su propia familia, como nos lo cuenta el propio Adoum en el tomo Testimonio, publicado por la CCE dentro de la obra completa del autor.

Esta cuestión, el origen geográfico y cultural del que proviene su padre, es algo que, en cambio, en la obra de Adoum no constituye tema ni materia.

En muchos de sus poemas, así como en esta, su primera novela o «texto con personajes», la voz lírica y el narrador buscan insistentemente a un padre y una madre que se confunden con la historia y la geografía ecuatorianas: la calavera del hombre de Punín, la patria, «desolado mantel seco», el «Ecuador amargo». Ninguna referencia literaria al origen biográfico real del padre.

El Adoum de Entre Marx y una mujer desnuda, título que expresaría una disyuntiva (como «estar entre la vida y la muerte», o un transcurrir alternado, como cuando se dice que uno está entre una cosa y otra), viene de haber publicado varios libros de poesía que constituyen una reflexión amarga sobre el país y, más exactamente, sobre la nación ecuatoriana, en obras que fueron concebidas como proyectos literarios globales.

Jorge Enrique Adoum es uno de los más internacionales escritores ecuatorianos que vivió largos períodos fuera de nuestro país, al que volvería de modo estable en 1987. Antes, publica en 1976 la novela Entre Marx y una mujer desnuda, que ese mismo año obtuvo en México el Premio Xavier Villaurrutia, otorgado por primera vez a un escritor extranjero no residente en ese país.

No obstante su poder transgresor, esta novela es parte de la tradición literaria dislocada y ubicada en otra disyuntiva: entre la innovación y la tradición, entre la norma y el texto.

Una obra como la de Adoum, con todas sus rupturas formales, especialmente con lo referido a los varios niveles narrativos, los saltos temporales, la multiplicidad de voces, fuerza el nivel comunicativo de una sociedad, en virtud de un «exceso de significación». Al respecto, es muy interesante la observación que ha realizado la estudiosa Laura Hidalgo:

La unidad y cohesión de las múltiples potencias de Entre Marx y una mujer desnuda le otorgan una transitividad muy fuerte. La agresión estética y sociológica que recibe sistemáticamente el lector confiere un intenso poder catártico a esta obra. Pero no es una catarsis liberadora de tensiones; por el contrario, el lector, inmerso en una verdad que se negaba a enfrentar o pretendía ignorar, sufre la purificación mientras acumula tensiones que impulsan a la rebeldía y a la conquista de una sociedad humanizada1.

No obstante la novedad, el propio Adoum es consciente de que su obra confirma aquello de que nada hay nuevo bajo el sol. En las páginas, el «autor» declara: «Qué placer y qué pena encontrar que los recursos cuyo descubrimiento te costó tanta angustia y esfuerzos habían sido empleados ya, por ejemplo, por Laurence Stern en su Tristram Shandy, en 1759».

En el cuerpo del texto, el narrador —un escritor— reflexiona sobre el acto de novelar y sobre el género, y establece diálogos imaginarios con algunos autores que lo han precedido.

Al mismo tiempo, no deja de echar una mirada hacia autores nacionales del pasado, como el homenajeado Joaquín Gallegos Lara, Jorge Icaza, Ángel Felicísimo Rojas y, claro, el ‘Faquir’, César Dávila Andrade: «Era el único de nosotros a quien preocupaba el espíritu y la superación de la materia: por eso su poesía era alquímica». Es decir que hay un deseo expreso de honrar no solo la tradición literaria universal, sino la local.

Los personajes protagónicos de Entre Marx y una mujer desnuda simbolizan a un tipo de escritor: el artista comprometido, el intelectual y luchador político, aquel que quisiera acompañar las luchas épicas de su pueblo.

En consonancia con este fondo revolucionario, la novela se construye también mediante una revolución festiva del lenguaje, anunciada ya desde la primera línea con aquel deslumbrante «ladrimugido lúgubre», al que se suman —desde luego— estrategias como la incorporación de textos ajenos —por ejemplo, recortes de prensa, ilustraciones de diccionarios, anuncios publicitarios—.

Frente a varios de estos, sin embargo, la voz del intelectual es de burla y descalificación, y se corresponde con la opinión que Adoum tenía sobre lo que denominaba la «paraliteratura». Mas, otros lenguajes subalternos, como aquel que emplean los indios, son objeto de encumbramiento por parte de los narradores.

María Joaquina en la vida y en la muerte

Como cuenta Cristóbal Zapata en su prólogo, Jorge Dávila Vásquez (Cuenca, 1947) tiene veintiocho años cuando escribe el primer borrador de María Joaquina en la vida y en la muerte, mientras padece algún quebranto de salud leve en algún hospital. María Joaquina en la vida y en la muerte se publica en 1976 y se hace acreedora al Premio Aurelio Espinosa Pólit, inaugurado un año antes con La Linares, de Iván Égüez.

La obra constituye para Dávila Vásquez una honrosa inauguración en el mundo literario local. Antes, había incursionado en la poesía y en el cuento. Podría pensarse que un primer vínculo entre Adoum y Dávila Vásquez es la figura del poeta de origen cuencano, el ‘Faquir’, César Dávila Andrade (1918-1967), tío de Jorge y amigo de Jorge Enrique, con quien lo separaban ocho años, no demasiado.

Se ha destacado de esta primera novela de Dávila Vásquez y, en general, del estilo del autor, una «fantasía libérrima», rasgo del que habla Diego Araujo Sánchez. En efecto, en la novela que comentamos se puede apreciar la cercanía que, por demasiado evidente, puede chocar con el realismo mágico de García Márquez como en la fiesta de disfraces durante la cual se mata a mil trescientos arlequines o la suma de hipérboles. El resultado es, sin embargo, más que la evidencia de una poderosa influencia: la fantasía libérrima de la que habla Araujo Sánchez.

La frescura de la juventud de Dávila Vásquez se evidencia en el modo de narrar la historia de un amor imposible —en el que se impone el deseo de dominio del tío sobre la joven sobrina—, un amor incestuoso y prohibido que vincula no solo al tío con la sobrina, sino al padre con la hija, pues la pasión que siente el hombre por María Joaquina es idéntica a la que experimentó por la probable madre de esta.

La novela tiene una naturaleza experimental, en la medida en que los narradores son diversos y hasta nos encontramos con una voz colectiva. Así como en Entre Marx y una mujer desnuda, el lenguaje literario se recrea y regodea en las hablas populares, a las que se vuelve a poetizar. En el caso de Dávila Vásquez, los personajes hablan de modo similar a como lo harían los personajes de clases subalternas: criadas, choferes, gente de la servidumbre. No se trata de los indios parcos de Adoum, en cuyo lenguaje seco se halla un germen de poesía, sino la gente de las clases populares, las mujeres especialmente, a quienes escucharemos chismear y expresar sus fantasías eróticas y amorosas. Es interesante constatar que en la novela de Dávila Vásquez existen más transacciones entre las clases altas y las clases subalternas, mientras que en la novela de Adoum domina la lucha de clases y la lógica de la lucha de clases.

El espíritu erótico de María Joaquina en la vida y en la muerte se vive de un modo intenso, pero circunscrito a pasajes verdaderamente memorables, mientras que en la novela de Adoum el erotismo constituye un tejido que está regado a lo largo de todas sus páginas. Los personajes femeninos de Dávila Vásquez resultan perturbadores para la mirada masculina. En un sentido, deben ser tomadas por la fuerza, dominadas, atrapadas, porque simbolizan aquello que no es fácil poseer. El poder y la fuerza masculina de un dictador viejo son las herramientas posibles que este personaje tiene para poseer a su joven sobrina. En la novela de Adoum, se viven relaciones eróticas más horizontales. Ese ser femenino, objeto tabú, ha sido ya domesticado. Existe, eso sí, la superioridad del intelectual sobre la joven bella, ingenua y original, «Bichito», merecedora de notas al pie de página.

La incertidumbre que anima la obra de principio a fin se rsadicaliza hacia el final, cuando la gran interrogante se mantiene incólume: ¿quién es la madre de María Joaquina? ¿Qué final tuvieron los dos personajes históricos? Las voces de personajes subalternos son aquellas que tienen el cometido de entregar una versión posible de lo narrado, una verdad posible.

Lectura estimada:
Contiene: palabras
Visitas:
Enlace corto: