Entre el mainstream y la alteridad en el encuentro Al Zur-ich

- 19 de mayo de 2018 - 00:00
Foto: Archivo Al Zur-ich / Tranvía Cero

Réplica • Una crítica publicada en la edición 337 de Cartón Piedra planteaba que el encuentro había perdido algo de su esencia. Aquí la respuesta.

Supuestamente estamos en democracias, pero todos sabemos que los gobiernos son irrelevantes; hoy los bancos y corporaciones concentran todo el poder.

David Lloyd

En estas últimas semanas la miniserie española La casa de papel se ha convertido en un fenómeno mediático que, al igual que aquella memorable V de venganza, ha trascendido el objetivo de sus creadores para ser una fuente de inspiración de los movimientos antisistema; de hecho, algunos países han pedido su censura por «incitar a la rebelión». Los trajes rojos y las máscaras con la caricatura de Dalí seducen, pero más seduce el discurso del protagonista, el «Profesor», quien justifica el asalto como una venganza contra un sistema corrupto:

En 2011, el Banco Central Europeo creó de la nada 171.000 millones de euros […] ¿y sabes a dónde fue a parar todo ese dinero? A los bancos. Directamente de la fábrica a los más ricos. ¿Dijo alguien que el Banco Central Europeo fuera un ladrón? No. Inyección de liquidez lo llamaron. […] Estoy haciendo una inyección de liquidez. Pero no a la banca. La estoy haciendo aquí, en la economía real de este grupo de desgraciados que somos. Para escapar de todo esto. ¿Tú no quieres escapar?

El vibrante asalto al símbolo de la sociedad capitalista, es decir a la fábrica que imprime el dinero, más allá de la desequilibrada actitud de la mayoría de los personajes, se gana la simpatía del público ficticio y del real, se transforma en un espectáculo en el que los ladrones ganan el estatus de Robin Hood, el estereotipo universal de bandoleros que, a lo largo de la historia, se han convertido en héroes populares a través de la literatura. Los ejemplos son abundantes, desde Ince Memed el «Halcón», del kurdo-turco Yaşar Kemal, hasta Naún Briones en la Loja de principios del siglo XX en Polvo y ceniza, de Eliécer Cárdenas, los personajes encarnan la rebelión contra un sistema viciado como la única solución posible.

En la ficción, como en el caso de Memed o los asaltantes de La casa de papel, los héroes se salen con la suya y continúan su vida. En la realidad, en la mayoría de casos, las fuerzas del Estado terminan encarcelándolos o asesinándolos. Sin embargo algunos escapan a la tragedia, imagínense si en una continuación de la serie española nos encontramos con los personajes viviendo en islas paradisíacas luego de veinte años, hastiados de placeres, multimillonarios indolentes que se han convertido en el reflejo de cualquier poderoso de nuestro planeta. Recordemos a Ronald Arthur Biggs, parte de la banda que asaltó el tren postal de Glasgow-Londres en 1963 y terminó viviendo en Brasil, llegando a ser considerado una celebridad mundial.

Pero las gestas de estos personajes sirven para convertirse en símbolos de la resistencia al sistema, a lo establecido, resistencia a quienes detentan el poder y a los esbirros que mantiene el orden, y lógicamente toda sublevación es reprimida, no solo desde los aparatos policiales sino también desde los medios de comunicación que controla el Estado, de los cuales se hacen siempre eco los intelectuales reaccionarios.

Imaginen ahora que un día de finales de 2017 caminan hacia el Centro de Arte Contemporáneo de Quito, la emblemática joya que alberga las exposiciones de los artistas consagrados del arte contemporáneo ecuatoriano, y lo encuentran «clausurado», encuentro un paralelismo con la toma de la Fábrica Nacional de Moneda y Timbre que se produce en el éxito de Netflix, pero esta vez no se trata de un crimen en progreso sino de la exhibición de los quince años del Encuentro de Arte y Comunidad Al Zur-ich que, luego de ser una plataforma alterna a los circuitos oficiales, se la exhibe, como un homenaje, en un espacio municipal.

Es evidente que un proceso de tantos años ya no puede pasar desapercibido por las entidades que negaban la validez de sus propuestas hace una década, propuestas que no sólo pertenecen a Al Zur-ich sino a toda una generación que buscó nuevos rumbos y experimentó con otras formas de crear; especialmente haciendo un arte que trabajaba con las comunidades y los imaginarios urbanos donde el artista se diluía para convertirse en un mediador entre la obra y los habitantes, experiencias donde se mezclaba política, sociología, antropología, donde el proceso era importante y, sobre todo, se creaba un espíritu de colaboración y participación entre los involucrados en el cual el resultado estético devenía secundario.

Es evidente, también, que aquellos que han sido parte de este movimiento, que hace quince años estaban excluidos de los espacios oficiales, ahora tienen cada vez un mayor peso en las instancias públicas y privadas, por lo tanto están reconociendo los últimos fenómenos de la historia del arte en Ecuador, no en balde ganó Pablo Barriga el Mariano Aguilera a la Trayectoria en 2015.

Es interesante, por ello, que alguien como Ana Rosa Valdez, quien ha sido investigadora y curadora del Centro de Arte Contemporáneo de Quito (CAC), coordinadora del Premio Nacional de Artes Mariano Aguilera (2012-2015), directora nacional de Artes Plásticas del Ministerio de Cultura y Patrimonio de Ecuador (2015-2016), coordinadora de la Convocatoria 2015 de los Fondos Concursables para proyectos artísticos y culturales, pero también: «Curadora y crítica de arte contemporáneo, gestora cultural independiente», escriba un artículo para demostrar que el Encuentro de Arte y Comunidad Al Zur-ich es prácticamente una falacia, su crítica enfila contra un encuentro que se dice gestado «en la alteridad» y lo cuestiona diciendo: «Pero, ¿de qué alteridad hablamos cuando sus patrocinadores son el Ministerio de Cultura y Patrimonio o la Secretaría de Cultura de Quito? ¿En qué tipo de alteridad se reconocen sus gestores cuando obtienen el Premio Nuevo Mariano Aguilera en 2012, cuando participan en la Bienal de La Habana en ese mismo año, o cuando dos de sus integrantes obtienen, nuevamente, el Premio Nuevo Mariano Aguilera en 2017?».

Yo también me pregunto: ¿Será que está preocupada de que la «alteridad» finalmente esté invadiendo los cotos privados de quienes durante años han sido los rectores del arte en Ecuador? ¿Será que los «alternos» les van a quitar los puestos? ¿Será que estos creadores «alternos» no pueden ganar premios ni acceder a los fondos públicos porque esto solo está reservado para los artistas del mainstream? No me extrañaría que un montón de curadores, funcionarios y exfuncionarios, críticos e intelectuales atacaran la «alteridad» preocupados, como Ana Rosa, por este avance de lo «alterno», o será que su preocupación es auténtica y considera que los artistas no deben recibir fondos del Estado, continuar segregados o autosegregados, seguir siendo «este grupo de desgraciados» del que habla el «Profesor» en La casa de papel, mientras los funcionarios cobran tranquilamente su sueldo con la conciencia tranquila y nos reciben (cuando nos reciben) despóticos tras sus escritorios haciéndonos volver, semana tras semana, para darnos al final unas migajas del presupuesto que sale de los impuestos de todos los ecuatorianos.

De hecho vuelve a inquirir en su texto, y se la nota alarmada: «Me pregunto si no estaremos, nuevamente, frente a la lógica antitética del arte moderno: cuestionar las corrientes hegemónicas del arte como estrategia para insertarse en ellas». O sea que ¿la «alteridad» intenta insertarse en las «corrientes hegemónicas del arte»? Y si es así, ¿cuáles son estas corrientes hegemónicas? ¿Será que los artistas que hacen Al Zur-ich cada año han logrado parapetarse tras las paredes del CAC y tienen secuestrados a los personeros del edificio llevando monos rojos y máscaras de Guayasamín? Me pregunto si habrán cavado un túnel que saldrá a La Magdalena para huir del cerco curatorial y, si es así, ¿con cuántos millones lo harán?

Valdez cierra con broche de oro diciendo: «Pero, ahora, Al Zurich es más mainstream que nunca». ¿Será? ¿Será que al fin Al Zur-ich es un fenómeno comercial y de masas? ¿Será que ya es parte del top ten? ¿Será que tiene el éxito de La casa de papel y lo ven millones por internet? ¿Hay gente haciendo cola en el CAC para ver la exposición por los 15 años? ¿Se agotaron las entradas?

Qué emoción, parece que por primera vez un evento de arte logra ser un fenómeno multitudinario, una superproducción donde al final sus gestores se retirarán a una isla tropical a vivir el resto de sus vidas. Gloria a la «alteridad», gloria al mainstream.

Apuntes

 Autor y referencias

Mainstream

Corriente/tendencia mayoritaria […] designa los pensamientos, gustos o preferencias predominantes en un momento determinado en una sociedad. Adquiere relevancia a través de los estudios mediáticos actuales al reflejar los efectos de los medios de comunicación de masas del siglo XX sobre la sociedad contemporánea. Puede usarse con un matiz peyorativo para clasificar obras de carácter excesivamente comercial y poco innovadoras o artísticas. También con un tono neutro para designar obras de artistas consagrados o corrientes consolidadas y consumidas masivamente. […] El término está vinculado con las subculturas urbanas underground, hipster y otros grupos de personas que se consideran alejados de esta corriente principal (contracultura).

*Ernesto Proaño

Exintegrante de Tranvía Cero y exgestor de Al Zur-ich. Prepara la edición de Al Zur-ich, más que un proyecto, un recurso estratégico, de Pablo Almeida, ganador del Premio Mariano Aguilera 2017.

Referencias

-Ana Rosa Valdez, «El encuentro de arte y comunidad Al Zur-ich, más mainstream que nunca», Cartón Piedra, 21 de abril de 2018.

-«La casa de papel también recibe críticas y censura», Diario Uno, 2018 (bit.ly/2IcPPmE).

-Nico Romero, «Apuntes La casa de papel T1: sobre amor y anticapitalismo», Escribir en serie, 2017 (bit.ly/2ryCfUp).

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