LITERATURA

El extranjero y el absurdo

- 18 de enero de 2016 - 00:00

Lo importante, le decía el abate Galiani a Madame d’Epinay, no es curarse, sino vivir con las enfermedades.

Albert Camus, El mito de Sísifo

Son contados los recuerdos que inspiran una obra literaria. Tanto en el ensayo Reflexiones sobre la guillotina y las novelas El primer hombre y El extranjero, Albert Camus reproduce una anécdota que le contó su madre en la niñez. Su padre —muerto durante la Primera Guerra Mundial cuando el escritor tenía apenas un año de edad— asistió a una ejecución pública y, a su regreso, con el rostro pálido, vomitó durante toda la mañana. Esta imagen de consternación del padre ante la muerte de un hombre desgraciado influyó profundamente en el pequeño Camus: despertó su indignación ante la pena capital y marcó su visión sobre la vida.

Para Camus, el hombre es arrojado a una vida que carece de sentido. Esta ausencia de sentido toma el nombre de absurdo, según explica en El mito de Sísifo, y tiene origen en la confrontación de la nostalgia de claridad humana y la irracionalidad del mundo. A su manera, esta noción confiesa la sensación de que todo verdadero conocimiento es imposible. El absurdo nace del divorcio entre el hombre (racional) y el mundo (irracional), y por tanto, no puede resolverse si se anula cualquiera de sus términos. El suicidio no supone una solución, como tampoco, por ejemplo, la creación de un mundo que justifique la naturaleza del primero.

La rebelión del hombre absurdo, aquel que como el condenado sabe su muerte, consiste entonces en abrazar su realidad, su autonomía. Uno de estos hombres es Meursault, protagonista de El extranjero, obra en la que Camus expone este fenómeno al que califica como un “mal del ánimo”.

Una de las innovaciones estéticas que introduce la noción del absurdo en El extranjero —una introducción que, a su vez, hace esta novela en el ámbito de la Literatura— es el empleo de un narrador homodiegético (aquel que es otro personaje dentro de la historia; en este caso, Meursault) con focalización externa, es decir, que desconoce el mundo interior de los personajes —incluyendo el suyo propio— y que se limita a contar aquello que ve o escucha. Esta elección por parte del autor la atribuimos a aquel sentimiento de extrañeza que suscita el mundo en el hombre absurdo:

¿De quién y de qué puedo decir, en efecto: “¡Lo conozco!”? Puedo sentir mi corazón y juzgar que existe. Puedo tocar el mundo y juzgar también que existe. En eso se detiene toda mi ciencia, el resto es construcción. […] Nunca se colmará el foso entre la certeza que de mi existencia tengo y el contenido que intento dar a esa seguridad. Seré, por siempre, extraño a mí mismo.

Albert Camus, El mito de Sísifo

 Aun cuando Meursault menciona aquello que piensa, no podemos acceder más que de modo superficial al personaje. Las frases cortas con las que se expresa aportan claridad, mas no profundidad al contener pocas aclaraciones (incisos) y ser sumamente descriptivas. En esos detalles notamos la lucidez de Meursault: nos transporta a Argelia, dibuja el mar, el sol tórrido, las gentes que lo habitan, y, sin embargo, nos es inaccesible su corazón. En este sentido, la narración adquiere un semblante testimonial en cuanto ilustra el absurdo: ese divorcio entre la irracionalidad del mundo y el intelecto del hombre. Meursault segrega, como muchos de nosotros, inhumanidad, extrañeza, y nos es indescifrable. Sin embargo, ocurre que son sus propios actos los que de cierta manera lo traicionan y revelan su ‘otredad’.

En cuanto su jefe le ofrece la oportunidad de trabajar en París, Marie le pide matrimonio, o Raymond le solicita que escriba una carta obscena, Meursault actúa con desidia. Si bien accede a estas proposiciones, lo hace sin una moral. Pero, ¿puede surgir una moral en un hombre consciente de los vacíos de la razón, de su distancia con la realidad? ¿Con qué criterio podría definir el bien y el mal? En efecto, con ninguno. Lo que importa al hombre absurdo, señala Camus, no es vivir lo mejor posible sino vivir lo más posible. De ahí que para nuestro héroe cualquier experiencia le sea indiferente y le “dé igual” consumarla o no.

Así, cuando es retenido en prisión por el homicidio de un árabe, Meursault considera que todo su problema consiste en “matar el tiempo”. Y si bien, como se menciona en El mito de Sísifo, el hombre absurdo no vive para el mañana sino para el ahora, el acto de recordar por parte del protagonista no resulta incoherente. Además de que este le permite “no aburrirse en absoluto”, le da la posibilidad de vivir dos veces. Meursault, en este punto, adopta de forma inconsciente el rol de creador, otra de las actitudes que el hombre absurdo puede tomar según Camus. ¿Por qué, entonces, si no es por su deseo de agotar la vida, vivir lo más posible, Meursault cuenta su historia, revive aquello que ha transcurrido? Al igual que Proust, Camus intuye que lo narrado puede encontrarse “al término del tiempo en un presente imperecedero, más verdadero y más rico aún que en el origen”.

La selección de un narrador autodiegético —que cuenta su propia historia— y el punto de vista temporal —evidente por el predominio del pretérito indefinido: un narrador que se sitúa en el presente, a la espera de su condena, y narra sucesos del pasado—, por tanto, resultan acertados para exponer la condición del absurdo.

La ausencia de interés de Meursault por el porvenir, de igual manera, suscita desconcierto en sus semejantes. Su jefe le reprocha su falta de ambición, pero es justamente esta lasitud del protagonista la que le garantiza su autonomía. El hombre que está seguro de un mañana ajusta su vida a una meta que —paradójicamente— lo convierte en esclavo de su propia libertad.

Meursault, en este sentido, no cae en el histrionismo de la sociedad: no quiere ser un hijo modelo o el típico oficinista que aspira a un cargo luego de años de sacrificio. Él sabe por su experiencia —abandonó sus estudios muy joven— que nada le está asegurado en el mundo y, con ello, da sus primeros pasos hacia una libertad absurda.

Sin embargo, en un sistema en el que cada suceso debe tener una explicación, este hombre no puede ser sino una amenaza. En este caso, es el antagonismo en que lo sitúa la sociedad el que nos revela la condición absurda de Meursault. Durante su juicio, aun cuando responde con honradez —manifestando que su crimen se debió al azar, al sol—, es puesto en ridículo.

En el mundo del derecho todo debe tener un sentido, y el fiscal concentra sus esfuerzos en concatenar hechos que demuestren que el suyo fue un homicidio premeditado. De este modo, Meursault es juzgado por no haber llorado en el funeral de su madre (¿Acaso otra evidencia más del absurdo?). En el universo absurdo, lo concreto no puede significar más que lo concreto, pero en el de los hombres, no. De hecho, durante sus primeros interrogatorios con el juez de instrucción, Meursault declara que sus necesidades físicas alteraban con frecuencia sus sentimientos: el calor que podía sentir como una caricia en la playa bajo el regazo de Marie podía también aturdirlo durante el juicio o crispar sus músculos de tal manera que el gatillo del revolver cediera.

El clímax de la obra, no obstante, sucede cuando, una vez que le comunican que ha sido condenado a la pena de muerte, Meursault recibe la visita del capellán. Este le ofrece lo que Camus denomina “el salto”, es decir, evadir el problema del absurdo a través de la esperanza de otro mundo. Pero para el hombre absurdo, imbuido en el presente, aceptar un paraíso prometido significaría ir más allá de lo que su lógica le permite, traicionar su única certidumbre: la ausencia de esperanza.

Este hombre no espera, vive, y Meursault, consecuente con su naturaleza, rechaza al capellán y lleva su verdad hasta el límite. Sabe que es el fin, pero camina hacia la guillotina con dignidad: seguro de su vida, seguro de su pronta muerte, es dueño de sus últimas horas. Sabedor de la “tierna indiferencia del mundo”, espera que lo acompañen los gritos de odio de los espectadores.

¿La ejecución de un hombre, de cualquier hombre, esa imagen grotesca de lo que somos, no produce, acaso, náusea?

Bibliografía

Camus, A. (2006). El mito de Sísifo. Madrid: Alianza Editorial.

Camus, A. (2011). El hombre rebelde. Madrid: Alianza Editorial.

Camus, A. (2005). El extranjero. Madrid: Alianza Editorial.

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