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El Telégrafo

El escupitajo de la escudilla. Sobre el último poemario de Andrés Villalba

El escupitajo de la escudilla. Sobre el último poemario de Andrés Villalba
07 de diciembre de 2015 - 00:00 - Daniel Rojas Pachas. Poeta chileno

La poesía de Andrés Villalba Becdach, ‘Tush’, se construye bajo la mirada de una contra épica. Todo este libro, No mueras joven, todavía queda gente a quien decepcionar, es una renuncia, y en lugar del canto mesiánico y el lirismo grandilocuente implicados en los proyectos literarios tributarios del modernismo y sus herederos, el lector confronta una subjetividad dislocada, escéptica y que se cuestiona constantemente a través del ejercicio humorístico y la autoflagelación. Somos todos arrojados a un cúmulo de imágenes sucias y prosas hiperbólicas cuyos pliegues toman como material residuos, detritus reciclados de lo cotidiano y la intrahistoria del poeta:

 

Me renunciaron antes de hora Exactamente igual que Sixto Rodríguez perdí mi trabajo dos semanas antes de navidad Para no herir más la fiesta del despojo desde la pobreza de mis palabras claudico con este falso poema Es tan triste saber que solo nos van a recordar por nuestros malos poemas Es tan triste saber que solo nos van a recordar por nuestros malos polvos Es tan triste saber que solo nos van a recordar por nuestras malas borracheras Solo nos van a recordar por nuestros errores Pero la piedad tiene cuarzos y espinas: también nos quieren por todo lo que nunca fuimos ni pudimos Hace muchos años que me encargo de ensuciar el mundo Margarit: un mal poema no es dramático pero ensucia el mundo.

 

Con una suerte de exhibicionismo, en lugar del creador viandante y voyerista, tenemos a un hablante que se autoinmola y en el proceso de explotar la percepción que tiene del mundo y el dolor que este le infringe, delata los anversos de su tiempo. Los negativos en el devenir de sus amigos más queridos, su familia y desde luego el entorno creativo y laboral que le asfixia. La “monstruoteca” de colegas de ruta y los compañeros de laburo, la retórica del poeta y del político fantoche son las que reciben la mayor cantidad de esquirlas.

 

Despiértame cuando la luz sea un alambre de púas: ecuador ama la vida, ecuador odia la vida, ahora soy un asesor presidencial de quinta. No más escribano del duque sino discursero del rey. A un presidente no se le escribe ni el epitafio.

 

El desencanto tras estos versos me hace pensar en la disociación radical que la chilena Carmen Foxley alude respecto a la obra de Enrique Lihn: “Los poetas son, pues, mendigos. Peor que mendigos. Nos reducimos a la mendicidad, recolectando los desechos discursivos de la cultura para producir sus propios y contingentes dispositivos de goce”. (Citado en Cerda, 2006). La marginalidad en ese sentido es una elección, un acto de autenticidad que se contrapone a los actos oficiales, a la escritura que está al servicio de los discursos hegemónicos de la cultura.

Me tomo la libertad de volver a citar a Lihn a quien Villalba Becdach se refiere en uno de sus poemas como parte de su educación sentimental junto con Gregory Corso, Osvaldo Lamborghini y Fayad Jamis: “....o será que sólo yo he tomado en serio mi oficio. Bien pensado, veo a otros miembros de la cofradía […] ocupar altos cargos o, en su defecto, abrirse de brazos y de piernas a escala nacional, continental o mundial. Mientras yo, a fuerza de desvivirme, quizás llegue, pero nadie me lo asegura, a sacar de pronto, en lugar de la lengua, la palabra lengua (1995:171)”.

Ahora, me detendré en un aspecto que me cautiva del poemario de Villalba Becdach. Las constantes dedicatorias a otros poetas de su generación, como llamadas de auxilio a medianoche o un posteo en el muro de Facebook que no debiste hacer alcoholizado o, a mi juicio, misivas injuriosas, formas de reiterar la poesía, ocio increíble del que somos capaces pues, como diría Benjamin, el deber de todo escritor es impedir que la historia la hagan únicamente los vencedores, porque entonces se convierte en un indecente delirio. El proyecto de escritura de Tush, en esa medida, llega a identificarse probablemente con una forma de vida que fuese capaz de compensar imaginariamente el radical desajuste con la vida de su tiempo. El libro nos dice: “La poesía no sirve para nada Poetry makes nothing happen”.

¿Entonces, importa la poesía? Tal vez, pero no como fetichismo lingüístico o narcicismo, sino como mecanismo metatextual que pone al desnudo la condición de indefenso del que escribe, desde dónde lo hace y cómo. El poeta situado que asume su oficio con desconfianza, medita con impotencia pero persiste ante el inevitable fracaso, pues es la única forma que tenemos de acusar recibo y devolver el golpe:

 

Recuerda que es malo odiar a los acomplejados, a los chismosos, a los mojigatos, a los envidiosos, a los criticones que nunca publicarán nada, es malo odiar a los resentidos y odiar a los culojumos que nos rodean. (Este es un país atiborrado de culojumos). Es malo también comentar con maestría cualquier cosa aunque sea de fútbol. Malo es amar el helado de lúcuma de Antonio Cisneros, el pisco sour de la rosa náutica, los soles de Edward Hopper y el avispero en llamas que sale de la voz de Tom Waits. Ya ves Tushito, es muy pero muy malo a estas alturas de la realidad dárselas de cabrón y poeta. Ponte serio y olvídate para siempre de esa huevada que no sirve de nada y a nadie realmente le interesan tus traumas en tus poemas de última: esa vaina solo lleva al triste esnobismo, al parasitismo, a sublimar el onanismo, a justificar las limitaciones, a la autodestrucción o a la falsa locura.

 

Otro de los residuos con el que el poeta trama y conspira y que me encantó de este libro es la situación del migrante. En uno de los textos decidores y más bellos del libro, titulado ‘Hurto’, Tush —con valentía— traza una genealogía de la derrota. La escritura delata un instinto de retorno, un viaje grabado en la memoria que sitúa al lector entre viñetas por acabar, siluetas que se cuelan por entre medio de versos que acusan el desgaste y el constante transitar, imágenes que se perderán en el tiempo por la rapidez de los días, la indiferencia, el abandono y el miedo a la familiaridad, a la repetición de los caminos que entraña la sangre. Pienso en esa medida en el libro Life Studies del poeta estadounidense Robert Lowell.

Gabriel Torres, en su libro Robert Lowell. La mirada de Aquiles, nos dice respecto al escritor norteamericano: “Resentimiento, culpabilidad, fracaso social y existencial, locura, dolor, envuelven esta historia personal y familiar. La acumulación de anécdotas puntualmente triviales adquiere en su totalidad el valor de un mensaje profundo [...] la imaginación concede una multiplicidad de significados a todo lo que le rodea, y especialmente a los sonidos, a la imaginación auditiva (2005: 102)”. Y luego, refiriéndose a la tercera sección de Life Studies, que nos remite a la relación que el poeta llega tener con sus pares generacionales, aspecto que el libro de Tush tensiona constantemente, Torres señala: “Los temas de la locura y alienación junto a la obsesiva devoción al arte a través del filtro literario vuelve a aparecer, estableciendo una inquietante intertextualidad con escritores que Lowell conoció en vida: Ford Madox, George Santayana, Delmore Schwartz y Hart Crane (102)”.

En definitiva, el punto en común entre estos creadores y los textos del poemario No mueras joven, todavía queda gente a quien decepcionar, parece ser la controvertida relación entre arte y vida y la dificultad desde la posición de escritores en cuanto a la convivencia con el día a día. Por eso destaco un pasaje que queda como un mantra y que pese a todo el horror que nos prodiga lo mundano, emerge con una belleza demoledora:

 

…subo al segundo piso de esta casa

en la Almagro y República

—ya debo 2 meses de renta—

y abrazo a Tomás que está con escalofrío,

mal de estómago con vómito y diarrea

nadie me dijo que no hay por qué imponerle

a otro la carga de la vida

perturbando la paz de la materia

—pero este chico es genial y tenía que nacer—…”

 

Por último, la noción del viaje en estos poemas lejos de todo glamur o como un correlato del hombre cosmopolita, artista instalado en la escena, guarda altas cuotas de abandono y marginalidad, de modo que el viaje y la persistencia del sujeto que está en movimiento, me recuerda a Cisneros en su libro Como higuera en un campo de golf y su oralidad situacional que da cuenta de una visión desencantada de sus viajes por Europa y el posicionamiento del poeta en la sociedad.

Esta distopía que encierra la trivialización del viaje como síntoma del éxito es abordada por Tush con la justicia de un verdugo, poemas como Tacna y El pulgar de Simic son una respuesta frente al poeta que se jacta de los timbres en su pasaporte, selfies en la red social de turno y poemitas dedicados a las grandes urbes y monumentos.

Los poemas son textos destinados a ciudades ruinosas de frontera, con habitantes horribles, traficantes de todo lo bamba, de mirada torva y esquiva, interlocutores que no responden a tus consultas y que siempre te están timando.

Ante la banalización del hotel de lujo y el viático del artista-funcionario, vemos al sujeto encerrado en cuartos claustrofóbicos, hediondos a cloro y con pequeñas botellitas de champú. El poeta como vendedor de biblias puerta a puerta transitando por carreteras sacadas del imaginario de Mad Max:

 

Mi ventana es un espejo donde el desierto es un jugo caliente de manzana. Tacna es la última ciudad feísima al sur del Perú donde hay restaurantes fabulosos: encontré 200 dólares en la basura del hostal y los quemé, así fueron siempre mis hallazgos sobre las encarnadas. En el parque frente al hostal Iquique fuman hierba como si fuesen hipopótamos fornicando bajo el agua. ¿Has visto fornicar a los hipopótamos? En este paraje al filo del mundo los sucesos de la vida transcurren en un flujo de intercambios a una velocidad distinta al tiempo de cualquier ciudad intermedia: llegaron con su huella de mula las monedas fascistas: por la razón o por la fuerza.

 

En síntesis, el oficio poético aparece como tiempo dilapidado, un sujeto sometido al desgaste, como una maquinaria oxidada confrontando el rigor de embriagarse con extraños en mesas autistas en donde todos miden sus egos: “Efra tuvo razón cuando decía: no vayamos no vayamos no vayamos a esa huevada turco lamparoso. Para qué vamos a ver a tanto asqueroso”.

El absurdo al extremo de la piedra de Sísifo o el pago mensual de la cuenta del servicio eléctrico, por eso poeta, “jamás una comunicación nunca un saludo de cumpleaños, ni la menor señal de vida en común, ni un escupitajo en mi escudilla”.

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