Especial

Conceptos sobre negritud*

- 17 de marzo de 2014 - 00:00

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Es obvio que así como se habló siempre de una cristiandad, de la Hispanidad, de la latinidad, del esclavismo, germanismo, judaísmo, etc., nosotros podemos hablar con propiedad de una Negritud, con todos sus altibajos.

Es sabido que la Negritud o Negrez se presenta como una doctrina cultural y literaria nacida en América, mejor dicho en las Antillas, donde la población negra convivió más estrechamente con África y con la cultura europea. La palabra fue acuñada primeramente por el gran poeta martiniquense Aimé Cesaire y con un criterio e intención poemática de “retorno al país natal”, es decir al África. Este movimiento ha ido extendiéndose por todos los ámbitos donde habitan pueblos de esta raza. De un tiempo a esta parte, los literatos negros que escriben en español se han incorporado rápidamente a este gran movimiento cultural. De paso, es preciso aclarar que, para mi entender, la negritud es solamente un medio de expresión y afirmación y no un fin como lo preconizan los extremistas teórico-políticos de esta corriente, porque tal posición nos conduciría a un racismo antirracista, a una suerte de nazismo negro. En el fondo, la teoría de la negrez no es más que un producto de la exasperación, pero que tiende a convertirse en una generosidad expresiva basada en tradiciones culturales casi olvidadas. La negritud ha estado siempre en África y luego en América, subyacente y oprimida por las culturas blancas y dominadas por fuerzas inconscientes. Pero logró sobrevivir y manifestarse con gran fuerza en los siglos XIX y XX, comenzando por las danzas eróticas (...) que luego fueron sofisticadas, introducidas en salones elegantes. Toda la Negritud tiene, pues, una sólida base sociológica y más que nada filosófica.

La negritud aparece como una antítesis afectiva y lógica del universal insulto humillante que el hombre blanco había inferido al negro en los últimos 4 siglos. La negritud, o negrez, rechaza el pasado en la medida en que conlleva la esclavitud y la alienación, naturalmente. La negritud tuvo que oponer al desprecio del blanco una petulancia explicable. A la razón europea, una literatura rebelde y una música heterodoxa y piafante; a la ceremonia cursi y protocolaria, la libertad, la ingenuidad y la exuberancia. A la admiración ciega por la gastada cultura europea, la afirmación incondicional a las olvidadas culturas africanas. La exaltación de la negritud va, ante todo, contra la aceptación generalizada de una supuesta inferioridad del negro.

De todos modos, la negritud, que no es un fenómeno pasajero, nos ha restablecido la legitimidad de pertenecer a la cultura africana, al igual que somos parte también de la cultura hispanoeuropea y la indoamericana. Y así la negritud se convierte en una particular profesión de fe, en una actitud espiritual, en una liberación de las formas decadentes. Su espontaneidad creativa constituye una manifestación de gozo, casi sexual, con la naturaleza. Es una buena incitación a vivir en reacción a largos padecimientos y desgracias. Pero viéndola con menos dogmatismo, la negritud, para nosotros los americanos, no puede ser ya un “Retorno al África”, ni una exagerada apología de la cultura africana, sino más bien un proceso de misergenaciónétnica y cultural en este continente, que puede apreciarse poderosamente en estos tiempos, no solamente en las manifestaciones somáticas del mestizaje, sino también en cierta corriente cultural, literaria, y muy poderosamente en la música popular, en las creencias y supersticiones de los campesinos.

 

La literatura negrista en el Ecuador

En lo que a este país se refiere, el movimiento apareció un poco tardíamente. Los poetas negros anónimos de Esmeraldas cantaban décimas populares, donde se entremezclaban personajes de la cristiandad y de la Historia de España, o los campesinos narraban cuentos simbólicos de animales y de hombres valientes y fantasmas fabulosos, historias de contenido moral o picaresco, de origen africano en su mayoría. Solamente a fines de los años treinta, el poeta y novelista mulato Nelson Estupiñán Bass y yo empezamos a escribir poesía negrista a la manera antillana, y luego novelas y cuentos, pero con nuestros propios elementos y materiales, que le dan su sabor nacional. De los años cuarenta en adelante, hicimos novelas y algunos cuentos de tema negro. Estupiñán ha escrito algunas novelas de temática negrista tales como Cuando los guayacanes florecían, que se desarrolla durante la guerra civil, de Carlos Concha; El Paraíso, El Negro y el Río, Senderos Brillantes y varios libros de poesía: Timarán y Cuabú, que contiene décimas populares; Huellas Digitales, etc. Años más tarde, surgieron otros jóvenes escritores, entre los que se destacó en forma notable el poeta Antonio Preciado, con sus bellos libros Tal como somos, Más acá de los muertos y De sol a sol. Obtuvo también el premio nacional de poesía de diario El Universo, de Guayaquil. Su poesía, no siempre típicamente negrista, es de un alto valor lírico.

En la actualidad va despuntando con muy buenos augurios el joven poeta Orlando Tenorio, al igual que el declamador y actor negro Washington Caicedo, quien escribe sonoros poemas negroides de tono humorístico y de rebeldía. Hay otros escritores ecuatorianos, de distintas generaciones y provincias, que esporádicamente han trabajado en cuentos o poesías con temas negroides, pero no sustantivamente, sino más bien en el campo de lo pintoresco, anecdótico o simplemente por tentar la escuela.

 

Mi literatura (negrista)

Siendo yo un mestizo de negros y de blancos, mi personalidad literaria se orienta constantemente en una dicotomía, de tal modo que a veces abordo, tanto en fondo como en forma, temas de la negritud, otras, de mestizos, y también hago literatura que bien podría ser firmada por hombres de raza blanca.

Es evidente que la poesía negrista más característica posee una retórica particular, que se origina en la onomatopeya y en la fonética empleada por los negros montuvios de mi tierra, especialmente. Se sabe y se comprende que el español, el inglés y el francés deformados no lo hablan los negros por ser tales, sino porque no han tenido acceso a las fuentes de instrucción. Observé también que en el español, en idioma africano y en el creol o patuá, es donde la poesía negrista adquiere su mayor sonoridad tamborilera y no en el inglés o en el francés. Para obtener los efectos musicales de tales versos era necesario otro ingrediente: el ritmo sincopado y monótono de su música primitiva, es decir, lo vernáculo y folclórico. Para lograr estos efectos se hacía necesaria la concurrencia constante de las letras n y la m antes de las consonantes, y el empleo de palabras agudas al final de los versos para imitar los tonos de los instrumentos de percusión. Había que usar, además, palabras extrañas de origen africano, es decir, buscar un nuevo aporte a la semántica nacional. Sin olvidar, desde luego, lo más acusado y característico del arte negro o sea aquello que le da su típico e imperativo dramatismo: la anáfora o repetición, bien sea de notas o frases musicales, de palabras o fonemas, o figuras decorativas. Sin olvidar naturalmente el aspecto intuitivo o colectivo de esta clase de arte. En la poesía negrista existe una polirrítmica, una especie de contrapuntos rítmicos que despojan al ritmo verbal de una regularidad que podría resultar monótona. Es como una fórmula matemática que se basa en la unidad dentro de la pluralidad, con formas y ritmos secundarios, de fonemas o sonidos que refuerzan la eficacia mágica de todo el conjunto. El poeta de origen africano nunca se aprovecha de su naturaleza interna para exponer su individualidad como tema, sino que pone la naturaleza a su servicio y la manipula imprimiéndole una nueva forma de vida: Kuntu.

La anáfora y sus variantes: la reduplicación, la epanadiplosis y la conduplicación, le transfieren una suerte de magnetismo adecuado para el encantamiento y los arrebatos místicos extáticos y sensuales. Igualmente esta poesía usa aliteraciones paronomasivas. Pero pronto, al igual que otros poetas de la negritud, descubrí que estos adornos formales, estas bembosidades, como las llamara el sociólogo y ensayista hispano-cubano Fernando Ortiz, y la jitanjáfora, no eran más que piel y forma, y que se hacía necesario ir más al fondo de la cosa social y humana, ya que mis poemas eran más danza que canción, allá en sus mocedades, y en la creencia de que la negritud no es solamente un problema de estilo, sino también de contenido.

El primer poema que escribí fue ‘Jolgorio’ y por allí continué hasta terminar un libro de motivos negros que, ante la imposibilidad de editarlo en el Ecuador —pues en aquella época no existía la Casa de la Cultura Ecuatoriana—, hubo de esperar hasta 1945 para publicarlo en México, D.F., bajo el título de Tierra, son y tambor.

Casi simultáneamente con la creación de estos poemas empecé a escribir en Guayaquil y en Milagro mi novela Juyungo (historia de un negro, una isla y otros negros) para intervenir en un concurso nacional. Las similares de este tipo de novela de tema negro están ya con Víctor Hugo, en su novela Bug-Jargal, que se desarrolla en la época de las insurrecciones de los esclavos de Haití. En las novelas del africano Tomás Mofolo, o en la de otro precursor de la negritud René Maran, un funcionario francés de la Martinica, del Servicio Colonial en África que ganó el premio Goncourt con su novela Batuala. En Estados Unidos, encontramos a varios escritores negros, como Langston Hughes, Richard Wright y últimamente James Baldwin, autores de rango universal, particularmente el penúltimo con su novela: El Hijo Nativo, que guarda muy pocos o ningún elemento restafricano. En América Latina aparecen novelas de tema y tradición africanista como Rey Negro del brasileño Coelho Neto; Jubiabá y Mar Morto, novelas de Jorge Amado; Pobre Negro, del venezolano Rómulo Gallegos; Rizaralda, del colombiano Bernardo Arias Trujillo; y Ecué Yamba O, en Cuba, del franco-cubano Alejo Carpentier.

Juyungo trata de la vida de un negro campesino, desde su pubertad y juventud hasta que absurdamente muere en una guerra. Es el drama de un hombre primitivo y selvático que intenta penetrar y comprender elementalmente el mundo en que le ha tocado actuar. Es un problema conflictivo entre negros, indios y blancos; es un caso de descubrimiento e identificación, que va del odio racial a la conciencia de clase, del problema social a la lucha contra la injusticia. Siendo un trabajo en prosa, de tema negro, social, racial y cultural, salpicado de elementos folclóricos y costumbristas, pensé que lo más conveniente sería buscar un estilo adecuado a su fondo, es decir llevar a la prosa el ritmo y la musicalidad de la poesía negrista, con la retórica similar a la que dejé anotada anteriormente en los epígrafores ojos y oídos de la selva. En mi novela Juyungo he tratado, en los aspectos formales, de introducir un lenguaje que proporcione a la prosa de este relato las calidades, ritmos, sonoridades de la música afroide. Desgraciadamente, esta forma se puede perder cuando el libro es traducido a otros idiomas.

En diversas ocasiones he incursionado también en el campo de las historias cortas alusivas a la temática negra, como en el caso del cuento ‘La entundada’, ‘La mala espalda’ o ‘Los contrabandistas’, ‘Los hijos blancos’, ‘Los amores de Fernand Muret’, etc.

Como esta conferencia no intenta otra cosa que interpretar, a posteriori, el fenómeno de la literatura negrista en el Ecuador, y particularmente la mía, en relación con la Negritud, cuya influencia estética y filosófica ha sido recibida por canales inconscientes, en parte, no entro pues a analizarme en mis otras obras literarias que son más clasificadas como manifestaciones de una literatura que podríamos decir blanca y occidental.

Nota:

* Texto tomado de la revista del Centro Cultural Benjamín Carrión re/incidencias Nº 7 y que fue publicado originalmenete en la Revista de la Universidad Católica del Ecuador, Quito, año III, n. 7, marzo de 1975, PUCE. 97 - 118.

 

Bibliografía consultada:

- Los condenados de la tierra, de Frantz Fanon.

- Las Américas negras, de Roger Bastide.

- África ambigua, de Georges Balandier.

- Muntu, de Janheinz Jahn.

- El reto de África, de Ndaoaningi Sithole.

 

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