Teatro

El cuerpo siamés: la potencia de lo plural-singular

- 19 de diciembre de 2016 - 00:00
Foto: Registro Aurora

Habitar un cuerpo otro. Diseñar, con otro, un cuerpo tercero: uno que no corresponde a los principios desde los que se erige el propio; por ende, a los del cuerpo canónico. Imaginar con otra persona la emergencia de un cuerpo extraño. Provocar desde y frente a sí mismo (con otro), la presencia de la alteridad en su estado más radical. Un cuerpo frente al cual el propio también es tan precario y ominoso, como esa materia naciente (lo que evidencia que en la dislocación del punto de vista hay una apertura al sentido). Luego, propiciar que este cuerpo nuevo también se abra su lugar en el mundo. Permitirle situarse en un espacio físico, negociar con sus leyes (las de sí mismo, las del lugar que habita). Empujarlo a abrir su propio espacio simbólico, pese a ser una tarea dura porque no puede ajustarse a la tiránica normalidad. Invitarlo a concienciar que su lugar depende de impedir el agotamiento de la idea que implica que estar en el mundo es un acto de permanente experimentación y reconocimiento de sí mismo en tanto diferencia.

Asimismo, incitar a tal cuerpo a nuevos modos de estar en relación con los otros. Provocar el advenimiento de una subjetividad en constante movilidad, maleable, que sea capaz de hacer estallar, o al menos agrietar las subjetividades dominantes. Reconocerse en tanto cuerpo plural-singular, al tiempo de ser parte de uno singular-plural. Permitirle a ese cuerpo nuevo que confronte al primario, para expandir sus potencias… Este es —si pudiese esbozarse en pocas frases— el juego de María Dolores Ortiz y Paulina León, artistas quiteñas que desde 2004 empezaron a imaginar qué implicaciones les traería ‘performar’ juntas un cuerpo siamés. En 2005 construyeron este personaje de hermanas siamesas: Lu y Lau, y entre ese año y el siguiente, comenzaron sus primeras indagaciones con y desde este cuerpo que a la vez son dos, unidos a través de una de sus piernas.

Con una prótesis de pierna que comparten, que les impide escapar de la otra y que las obliga a escucharse física e íntimamente para accionar su desplazamiento y su estar presente como otredad, han (literalmente) caminado en estos diez años y algo más. A propósito de la celebración de este decenio con su personaje, este par de artistas decidió abrir los archivos de su trayecto y desplegar su trabajo en múltiples direcciones, con la complicidad de muchas otras personas.

Casa Tomada fue el título del proyecto que acopió las andanzas en esta década de ensayos con este cuerpo que pone a tambalear certezas de diverso tipo. Cuerpo que a estas alturas, pese a resultarles tan propio a las artistas que lo interpretan, les ha ofrecido también, en su devenir en el tiempo, una suerte de apertura hacia una dimensión cada vez más misteriosa e inaccesible, es decir, la expansión de la extrañeza. Por ello, Casa Tomada, a la vez que permitió revisitar lo ya transitado, se constituyó como lugar para imaginar los cimientos del porvenir de este cuerpo, de lo que este puede en su lance hacia rutas aún no trazadas, pero que vibran en su deseo de ser constituidas.

El proyecto —que formó parte de la Bienal Miradas de Mujeres— implicó la exposición, durante cuatro días (entre el 8 y 11 de diciembre últimos), de sus bitácoras, fotografías, vídeos, dibujos, registros de performances y de irrupciones en el espacio social, así como sus experimentaciones con vestuarios, entre otros materiales, realizadas por el cuerpo siamés. Esto aconteció en Casa Mitómana, Invernadero Cultural, espacio quiteño comprometido con procesos que alumbran la escena contemporánea de manera elocuente. E implicó la activación del proyecto como lugar de encuentro con otros artistas y pensadores. Ellos fueron invitados para seguir ensayando preguntas y tentativas de respuestas desde diversas áreas (la literatura, la ley, la arqueología, la filosofía, la biología, los estudios de la discapacidad, entre otros). Todo esto con el afán de continuar con la dislocación y fricción del uso absoluto y hegemónico de categorías como normalidad, deseo, belleza, privacidad, individualidad, entre otras, que ha provocado este cuerpo siamés.

La dupla, como se denomina este personaje, entonces, nos invitó a construir durante cuatro días un recorrido que desbordó el desafío (nada simple) de reflexionar sobre su cuerpo, para ir hacia un reto mayor: pensar sobre y desde cada uno de nuestros cuerpos. Y reconocerlos en tanto materialidades contradictorias, duales, múltiples, frágiles, precarias, de fuerzas desconocidas, de pulsos que claman por ser activados de nuevos modos en encuentros también nuevos, y que desean ser expandidos en el roce con lo desconocido.

La dupla es un personaje que trastoca las fronteras del ejercicio entre arte y vida. A nivel meramente artístico, se trata de un proyecto de impecable factura y que pide con su sola presencia un espacio particularísimo en la escena, porque no tiene trabajo con que establecer parangón. Pero hablar de su nivel meramente artístico es tan caprichoso y polémico de hacer como el mismo acto de separación de las siamesas, porque se corre el riesgo de que muera una de sus materialidades y, con ello, una de sus fuerzas constitutivas. En efecto, se trata de un ejercicio que bebe de procedimientos de la instalación, del teatro, del circo, de la industria del entretenimiento, del cine, de las teorías queer, de la antropología, de la arqueología, del psicoanálisis, entre otros. Y con ello se torna espacio vivo que en sus juegos y transbordos de un lenguaje a otro, nos muestra que reconocernos desde lo complejo (complexus: lo que está tejido junto) es lo imprescindible a la hora de pensar con el cuerpo, desde el cuerpo, a través de los cuerpos; es decir, a la hora de pretender activar su saber y su poder inagotables, tan anestesiados por el orden dominante.

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