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Aquí todos somos rockeros

Aquí todos somos rockeros
03 de marzo de 2014 - 00:00 - Rafael Barriga

Hace casi 13 años, el fotógrafo quiteño Paco Salazar editó un pequeño volumen titulado  Rockeros (mortales como cualquiera) (Quito, 2001). Las fotografías son retratos apasionados sobre la cultura del rock en la ciudad y son un enfoque amplio y diverso de una juventud que expresa, en su pasión por los géneros más fuertes del rock, una especie de inconformidad hacia el destino deparado a ellos por la cultura, por la ciudad y por el país. Son fotos de unos jóvenes que, con esa energía, dicen “no queremos ser lo que el mundo quiere que seamos”. Son unas imágenes esenciales para entender ya no solo la cultura juvenil de la ciudad, sino para reflexionar sobre otro grito de independencia, sobre la necesidad de instaurar otras posibilidades de vida.

 

La gente del rock

El rock se cuela fuerte en la ciudad andina, genera una cultura que, acaso, quiere dar la vuelta a la página a un mestizaje opresivo, cruel y traumático; que quiere superar una autoestima que durante todo el siglo XX estuvo en el suelo. Los movimientos rockeros de la ciudad –la chompa de cuero, la camisa negra, la pulsera con detalles metálicos, el pelo largo hasta los hombros, a veces hasta la cintura, los jeans rotos, las botas de estructura militar– son, sí, un desafío a lo establecido, un reto permanente a los poderes que hay, una forma de protesta ante la injusticia y el robo. Pero son, también, una forma de vida. Un estilo que ha crecido entre jóvenes y adultos y que se expresa con la mayor fuerza no solo en los conciertos de los muchos grupos que ha forjado la historia del rock ecuatoriano, sino en los lugares donde se hace la vida cotidiana: los amigos que se reúnen en las casas de los barrios nuevos y viejos; en las calles de esos barrios donde no faltan ellos, con su música a altos volúmenes; en los buses y en las encrucijadas de la ciudad, donde están ellos, que son tantos, que siempre están allí, diciendo “yo soy así”.

¿Por qué el rock gusta tanto en Quito? ¿Por qué otros géneros musicales no han tenido la penetración que el rock ha tenido? (Pienso, por ejemplo, en la salsa, género de gran presencia en toda América Latina, menos en esta ciudad de Quito).  Tengo la hipótesis de que el rock viene a ser parte o continuación de la tradición musical andina. Ambas son, al fin y al cabo, expresiones melancólicas. La música andina, que fusiona angustia y, dentro de esa angustia, la fiesta que emerge. Del yaraví al sanjuanito: sonidos de un espíritu acongojado por la explotación, y que a partir de allí se rebela para la celebración. La música andina que refleja la inmensidad de ese territorio, a constatación de la inferioridad del hombre frente a la naturaleza. Lo mismo ocurre con el rock. Nacido y criado en las algodoneras del sur de Estados Unidos, donde los esclavos que llegaron del oeste de África fueron impedidos de tocar su tambor por los terratenientes franceses e ingleses. Esos esclavos, sin embargo, se dieron modos para, plantación adentro, continuar con su tradición musical. Fundaron el negro spiritual, versión solamente cantada de lo que en Cuba –donde si hubo tambor– se hizo guaguancó. Y del spiritual al blues hubo solo un paso. Y del blues al rock, otro. Ambas experiencias, rock y músicas andinas, tienen la lobreguez y la pesadumbre como puntos de contacto. Fue aquí, en la ciudad volcánica, donde ese contacto se hizo verdad.

En el escritorio del académico el rock ecuatoriano es una “sub-cultura”; y en el escritorio del burócrata y el funcionario, el rock y sus seguidores han sido pequeñas amenazas a la instrucción establecida que, generalmente, fueron reprimidas. Muchas guitarras fueron estampadas en el pavimento por agentes del orden, y muchas melenas fueron recortadas por improvisados peluqueros en cuarteles policiales. Se estigmatizó a los rockeros de las formas más burdas: mariguaneros, violentos, borrachos, alienados y vagos. En los colegios de la burguesía y en los colegios fiscales, por igual, ser rockero era sinónimo de perdición. El rock, desde el primer día de su existencia en Quito, ha sido prohibido. Prohibido por el padre de familia que con el grito de “¡juventud depravada!” cerraba los caminos de la libertad a sus hijos; prohibido por el barrio, por la casa comunal porque la “moral” estaba por encima de todo; prohibido por la pírrica gestión cultural que siempre prefirió músicas más moldeables al “gusto del público en general” (imposible encontrar, por ejemplo, en la antigua musicoteca del Banco Central la música de Tarkus o Blaze, pero nunca faltaron allí Vivaldi o Brahms) y esa cultura política negó persistentemente los auspicios o los fondos que siempre se destinaron “a dedo”; prohibido estuvo el rock por el gran poder que metió a la cárcel a varios músicos de la escena.

Los movimientos rockeros de la ciudad y del país han tenido que construir su propia plataforma siempre a contracorriente, siendo perseguidos y corriendo cuesta arriba. Nada les fue fácil. Todo hubo que construir a pesar de la adversidad.

 

Una arqueología del rock

El 11 de marzo de 1972, Ramiro el ‘Negro’ Acosta organiza, en la Concha Acústica de la Villaflora, el primer ‘Festival de Música Moderna’. Se trata de la primera experiencia masiva del rock en Quito. Hasta ese entonces el rock se tocaba, sobre todo, en los espacios burgueses de los colegios particulares de la ciudad. En las kermeses de esos colegios, incipientes bandas tocaban covers de las bandas más populares del pop-rock: The Beatles y The Rolling Stones sobre todo. Era cuestión de que un grupo de amigos, que apenas rasgaban guitarras y aporreaban tambores, se junten para animar esas fiestas estudiantiles. Escuchar rock también resultaba una experiencia complicada: había que esperar que el amigo del primo o el tío del vecino traigan de Estados Unidos o de algún otro lugar algún disco de rock. De mano en mano, esos discos circulaban, en el mejor de los casos. Una radiodifusora, Radio Musical, dirigida por Mary Lou Parra, empezó a programar hacia fines de los años sesenta programas de rock, haciendo una contribución asombrosa hacia la masificación del rock en inglés. Antes, desde 1964, mi padre, Polo Barriga, junto con Freddy Ehlers, había inaugurado una especie de cultura musical juvenil con su programa ‘La voz de la juventud’ en Radio Quito, programando canciones de rock en español –provenientes sobre todo de México– y, ocasionalmente, los éxitos de la ‘invasión británica’ de mediados de los sesenta.

Pero el ‘Festival de Música Moderna’, de 1972, fue el punto de inflexión. El rock encontró, en primer término, un escenario natural, que a la postre sería el “fortín” de la experiencia rockera de la ciudad, la Concha Acústica de la Villaflora. Y luego, encontró su audiencia natural, los jóvenes y no tan jóvenes residentes del sur de Quito, donde, hasta ahora, el rock suena pesado, y es pan del día de sus habitantes. El festival estaba, de alguna manera, basado en Woodstock, el filme que registró aquel concierto norteamericano que había sido exhibido en el cine Universitario en 1971. De allí recogió la idea el ‘Negro’ Acosta para organizar su festival. Para promocionarlo, acudió a todas las estrategias posibles cuando no se tiene medios ni dinero: pintura en la calle, grandes huellas de pasos gigantes se pintaron en el suelo aledaño a la barriada. Salen desde los barrios y llegan al reducto de la Concha Acústica de la Villaflora. Aparece en escena el grupo de el ‘Negro’ Acosta: La tribu. Otra banda que toca allí es Los extraños, del Colegio San Gabriel de Quito. El diario Últimas Noticias cubre el evento. El rock popular ecuatoriano ha nacido.

Modestos equipos de amplificación, instrumentos de calidad dudosa, poca o ninguna posibilidad de aprender música de una manera formal, la desidia de la gente, fueron apenas unas pocas de las barreras que, en esos primeros años –y hasta ahora– las bandas de rock debían hacer frente. Más por amor propio y por amor a su música que por ganas del estrellato o de una fama improbable, las bandas del rock quiteño se dieron modos para encontrar su lugar en el mundo.

En los años setenta, sin embargo, el rock convive en el alma popular con la canción folclórica y con la gran popularidad que adquieren los grupos de “emponchados” que retoman las quenas y los bombos para crear una especie de “nueva canción andina”. Gente de todos los niveles sociales abraza esa música, y esta se toma las peñas y los todavía pequeños lugares nocturnos. El rock duro, sin embargo, continúa su senda de empirismo y de contestación. Aparecen bandas que pertenecen a la escena de los concursos intercolegiales y certámenes de grupos, y que versionan temas de Jimi Hendrix o Creedence Clearwater Revival: Banquete de mendigo, Sueños de Brahamas, Los hombrecitos; y La Banda Azul, que tenía como integrante a Jaime Guevara. Sería Guevara quien portaría, de una manera muy personal y sui géneris, el estandarte de una contestación automática y que por igual podía ser identificada como rockera o como propia de un cantautor latinoamericanista. Y el fin de los setenta y principio de los ochentas ven nacer a una serie de bandas que proviene de todos los confines, ya no solo de la capital, sino también de la provincia.

Guayaquil, ciudad tropical y salsera, abrazó también los sonidos del rock. Pepe Parra hacía twist; Los Corvets creaban un incipiente pop-rock, acaso basado en The Beach Boys; Los Barracudos y Los Hippies hacían música relativamente sicodélica.

Durante los años ochenta el rock sería perseguido con brutalidad. En 1980 se edita uno de los álbumes referenciales de la historia del rock. Los quiteños Mozarella presentan In vitro, y son el rostro visible del movimiento juvenil imperante. Poco después, el Gobierno de León Febres Cordero y la alcaldía, en Guayaquil, de Abdalá Bucaram Ortiz hacían todo lo que estaba a su alcance para acallar los sonidos duros y cortar los pelos largos. ‘La Mamá del Rock’, el promotor y periodista contestatario de Guayaquil, Pancho Jaime, cae asesinado a fines de los años ochenta, en el Gobierno de Rodrigo Borja Cevallos. El poder odia al rock.

En los años noventa, y con el nuevo siglo, la senda del rock únicamente vería ensanchar sus rutas. La profusión de bandas, en todo el país, es enorme. Y los duros tiempos de crisis política, incautación de dineros, feriados bancarios, corrupción política y dolarización, son terrenos fértiles para que el rock se convierta en la alternativa de expresión de millones de jóvenes ecuatorianos.

Para hacer una antología verídica del rock ecuatoriano harían falta varios, muchos, volúmenes, libros que cuenten su historia, fotografías que revivan el pasado, souvenirs que hablen con la voz clara de los hechos sucedidos. Para hacer una antología real, apenas reciente, digamos desde los años ochentas hasta la actualidad, entre muchas otras bandas, se debería presentar la música de Spectrum, Notoken, Demolición y Blaze, de Guayaquil; Basca y Sobrepeso, de Cuenca; Cry, de Ambato y Necrofobia, de Riobamba; Hittar Cuesta, de Loja, Mortum, de Atuntaqui y Legión, de Portoviejo. Y solo en Quito sería indispensable presentar la música de Tarkus, Mozarella, Sal y Mileto, Mortal Decision, Abadon, Ente, Descomunal, Muscaria, Chancro Duro, Narcosis, Metamorfosis, Falc... y un largo, larguísimo etcétera. Y debería estar, desde luego, la banda gótica Zelestial, cuyos miembros fallecieron en el trágico incendio de la discoteca Factory, al sur de Quito, que se llevó 19 vidas rockeras, y denotó, ahora sí con sangre y muerte, la falta de lugares, la falta de seguridad, la falta de todo... de todo.

Algunas de estas bandas han sido presentadas en la Antología del Rock Ecuatoriano, volumen 1, publicada hace un par de semanas. La imprescindible iniciativa de un grupo de gestores del rock, el colectivo Al Sur del Cielo, auspiciado por el Ministerio de Cultura y distribuido en la circulación del diario EL TELÉGRAFO, ha tomado 16 temas insignia de este género, y los ha vuelto a grabar con sus grupos originales (no existen, pues, grabaciones originales; nunca nadie se preocupó por grabar al rock de este país, salvo contadas excepciones).

 

 Los rockeros del futuro

Mi hijo Emilio tiene 10 años. A su alcance está toda una posibilidad diferente frente a la música. Le he contado una parte de esta historia del rock ecuatoriano; de cómo en los viejos tiempos todo era más difícil; de cómo su abuelo incursionó en la música, de cómo la hizo suya para desde allí propulsarla hacia miles de otros. Le he contado mi propia historia: de cómo a los 15 años, aburrido de los cuadernos del colegio, quise tener mi propio programa televisivo de rock, y de cómo conocí a los exponentes del género de aquellos tiempos. De alguna manera, aquí todos somos rockeros. Hemos escuchado juntos la Antología del Rock Ecuatoriano que acaba, y juntos nos hemos imaginado cómo fueron los momentos en que esas canciones fueron originalmente grabadas. El pasado está allí, para ser vuelto a vivir. El futuro luce mejor, que duda cabe, para quienes quieran y puedan hacer rock en esta ciudad y en este país.

Hoy, hay más de una decena de festivales de rock en el Ecuador. Varios de ellos se realizan en Quito, incluyendo el organizado por Al sur del cielo, que desde hace varios años se dedica a promocionar el rock ecuatoriano. Me reúno, entonces, con Pablo Rodríguez, una verdadera biblia del rock ecuatoriano, que es uno de los principales de Al sur del cielo. Él me conduce por los vericuetos que hacen la historia del rock, me hace conocer bandas de ayer y de hoy, y con su actitud propositiva y sin ningún complejo ni prejuicio, me convence de lo que ya he dicho antes: el rock no es solo un género musical, es una forma de vida para muchos compatriotas de todas las edades. Me cuenta que su festival se realiza desde hace muchos años en la Concha Acústica que, incluso, ha sido ya remodelada y adecentada recientemente. Las condiciones para los rockeros de hoy son diferentes gracias a gente como Rodríguez y a sus muchos colegas. Hay festivales, hay grupos extranjeros que vienen de vez en cuando, hay más posibilidades de aprender música, de tocarla, de coleccionarla, de leerla.

Pero a la vez, es fácil darse cuenta de que aunque hay una puerta más ancha para el rock, esta sigue siendo estrecha. Culturalmente, los rockeros continúan siendo estigmatizados; el pelo largo y la pulsera de cuero sigue siendo mal vista por un país pacato y conservador. Los gestores culturales y políticos culturales que ostentan el poder continúan relegando al rock como un asunto de periferias, de grupos reducidos, de nichos. No se puede explicar, sino, que la Antología del Rock ecuatoriano sea un volumen modesto, que reúne una pequeñísima parte apenas de la historia del rock ecuatoriano, y esté desprovisto de reflexiones y textos que contextualicen la música. Aprecio significativamente que al fin pueda escuchar los temas musicales que están en el disco, pero tengo una sensación de que falta algo para que pasemos de lo meramente “digno” a lo realmente “importante”. El volumen antológico del rock es un excelente comienzo, pero llega tarde e incompleto; parece ser hecho apenas para salir del paso; para que “estos rockeros no molesten más”.

¿Sigue siendo el rock la última rueda del coche? Quizás la cuesta que tiene que recorrer, de aquí en más, es menos pronunciada, sin duda. Pero sigue siendo cuesta. La gente del rock, sin embargo, es experta en trajinar cuesta arriba, y todos sabemos que, de una u otra forma, nunca se detendrá.

 

* Agradecimientos especiales a Pablo Rodríguez

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