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Ruta Patrimonial de Gabriela Mistral: puro Chile

16 de junio de 2013 00:00

Defensa de la Mistral

 

En la necesidad de decir de nuevas maneras las mismas cosas de siempre, los escritores que la precedieron la negaron, como Pedro a Cristo, con todo y canto de gallo, una, dos, tres, mil veces, como negaron a Rubén Darío, como negaron a Amado Nervo, como negaron a Juan Ramón Jiménez, como últimamente se intenta negar, eclipsar, la grandeza de Neruda.

 

La negó Borges, con alguna ironía; la negó Huidobro, con alguna metáfora genial, la negó de Rokha, con alguna receta de las comidas y bebidas de Chile, y quizás con razón, pues estaban hartos de los piececitos del niño a los que se ve y no se cubre, Dios mío. Estaban hasta el copete poético de los versos dulces como las uvas del Valle de Elqui, que la Maestra de América escribió para los seres pedregosos de Chile.

 

No obstante su aspereza campesina y su incapacidad de bajar el tono de voz en las reuniones de sociedad (o tal vez debido a ello), la convirtieron en la primera escritora de Latinoamérica que recibió, en 1945, el máximo galardón al que un escritor puede aspirar, el Premio Nobel de Literatura, por “… su obra lírica que, inspirada en poderosas emociones, convirtió su nombre en un símbolo de las aspiraciones idealistas de todo el mundo latinoamericano”.

 

Pero no convirtamos esta crónica en un alegato, en una defensa apasionada de Gabriela Mistral. Limitémonos a decir que Octavio Paz señaló, refiriéndose a ella, que “… eso de haberse rozado en la infancia con las rocas, es algo muy trascendental”, y a transcribir la carta que un lector de este tiempo le dejó hace unos meses bajo una piedra, en su tumba de Montegrande:

 

Doña Gabriela:

Vine desde Santiago a verla, el camino fue largo, pero al final, llegué, espero no se enoje, entré acá sólo para verla descansar, espero algún día ser tan grandioso como usted, cuídese mucho, y si gusta, cuídeme mucho.

 

Todas queríamos ser reinas

 

Hay vagones del metro, billetes decorados con su imagen, premios, universidades, plazas, avenidas, centros culturales, calles con su nombre por todo Chile, para regocijo de sus lectores, la envidia de los profesores que siempre la vieron como a la maestra rural que ingresó al magisterio por la pequeña puerta de la convalidación de conocimientos y no por el portón de los estudios académicos, y el desprecio de los escritores que siempre consideraron que obtuvo el Premio Nobel simplemente porque la Academia Sueca necesitaba entregárselo a alguien de Sudamérica. Lo cierto es que Mistral vivió tanto en la desértica Antofagasta, como en la helada y sureña Punta Arenas, siempre educando, siempre estimulando la vida cultural y artística de los lugares.

 

Amiga de Laura Rodig, Palma Guillén y Doris Dana, escritora estadounidense que se convirtió en portavoz, albacea y protectora de su honor y su memoria. Amiga, también, de Sandino, Puerto Rico, Cuba y México, viajera infatigable, enamorada de los vapores, maestra rural, consulesa de Chile en ciudades de Europa y América, doctora honoris causa de varias universidades del mundo, pero sobre todo poeta, como poeta remozó tanto la literatura para niños, que sus poemas se han convertido en clisé de tan repetidos, y le ganó la contienda a escritores como Mujica Laínez, Borges y Miguel Ángel Asturias con los tres libros que hasta ese momento había publicado: Desolación (1922), Ternura (1924) y Tala (1938).

 

Voz de los poetas de mi raza.

Discurso pronunciado al recibir el Premio Nobel (fragmento)

Por una venturanza que me sobrepasa, soy en este momento la voz directa de los poetas de mi raza y la indirecta de las muy nobles lenguas española y portuguesa. Ambas se alegran de haber sido invitadas al convivio de la vida nórdica, toda ella asistida por su folclor y su poesía milenarias.

 

La Serena

 

El centro y el sur de Chile son nerudianos, pero el norte no, el norte de Chile, de Santiago para arriba, son mistralianos. Para comprobarlo es necesario llegar a la capital, tomar en la Estación Central un autobús a La Serena, y después de ocho horas de mares y reactores eólicos como molinos gigantescos para los futuros quijotes del país, viajar dos horas más hacia Vicuña y casi tres más hacia Montegrande. La Ruta Mistral es una suma de horas, de distancias, de piernas dormidas y riñones molidos, pero vale la pena.

 

Llegué a La Serena en la noche, en mitad del partido de fútbol que Chile jugó contra Uruguay por las eliminatorias al Mundial de Brasil. Lo miré en un restaurante de la Estación Central, comiendo empanadas de pino, bebiendo cerveza Kunstmann. Y cuando el alma volvió al cuerpo y la gente a las calles, me hospedé en uno de los pocos hoteles que tenían habitaciones.

 

El recorrido, que en meses más incluirá once lugares, empieza en esta ciudad en la que Mistral tuvo una casa, trabajó como profesora, inspectora del colegio de señoritas y colaboradora del periódico El Coquimbo.

 

En la avenida Francisco de Aguirre, número 300, se encuentra la residencia que Mistral adquirió en 1925. Se denomina Casa de Las Palmeras debido a que dos de estas plantas la custodian, altas y erguidas, como granaderos de palacio de gobierno.

 

Casa blanca, con columnas, dinteles y pasamanos de madera. Fue reconocida como Monumento Histórico en 1990, y se encuentra en remodelación, pues el objetivo es que se convierta en el punto de partida de la Ruta Mistraliana de la región de Coquimbo. Contará con un museo y con un centro de atención en el que se informará al visitante sobre el resto del recorrido.

 

Pasión subida (fragmento)

 

Pasión de leer, linda calentura que casi alcanza a la del amor, a la de la amistad, a la de los campeonatos. Que los ojos se vayan al papel impreso como el perro a su amor; que el libro, al igual de una cara, llame en la vitrina y haga volverse y plantarse delante de un hechizo real; que se haga leer un ímpetu casi carnal; que se sienta el amor propio de haber leído los libros mayores de siempre y el bueno de ayer; que la noble industria del libro exista para nosotros por el gasto que hacemos de ella, como existen la del tejido y alimentos, y que el escritor se vuelva criatura presente en la vida de todos, a lo menos tanto como el político o el industrial.

 

Vicuña

 

Si uno pregunta en La Serena, dónde tomar un bus para ir a Vicuña, tendrá diez, veinte opiniones diferentes. Lo cierto es que todos los caminos conducen a Roma, o, en este caso, a una estación de autobuses ubicada en el techo de la ciudad.

 

Rumbo a Vicuña uno ve desierto en el camino, uno ve roquedales, montañas pedregosas, diques secos en el camino, pero también, en el Valle de Elqui, hectáreas de viñedos, a veces a la intemperie, a veces protegidos de las inclemencias del viento cordillerano con mantos color tierra, con viñedos camuflados, imposibles de ser divisados desde el aire por un bombardero de uvas.

 

Uno llega después a una estación más perfecta que un soleado día de verano, y pregunta: “¿Dónde queda el museo Gabriela Mistral?”, y alguien siempre responde, con acento de chileno rural, rápido y atormentado, “del parque central unas cuatro o cinco cuadras hacia arriba, en la calle que lleva el nombre de la poeta”.

 

Para honrar el lugar de nacimiento de Mistral, hecho fundamental en la vida cultural de Chile y de toda América Latina, la municipalidad ha edificado un museo semejante a un inmenso libro con páginas y más páginas de vidrio, que dan cuenta de la relación que la escritora tuvo con el Continente, la literatura y su tierra.

 

Este museo, inaugurado en 1971, fue construido por Oscar Mac-Klue Alan en el lugar en el que nació la poeta, considerando algunos de los elementos de la poesía mistraliana y del Valle de Elqui, como la piedra, el sol, el río, la montaña y la luz. Tiene una casita, como de cueca, hecha a imagen y semejanza de la original, según indicaciones dadas por Emelina, la media hermana de la autora.

 

Habrá nacido Mistral en una cama de hierro forjado, junto a un velador de madera, cerca de un Divino Niño tamaño natural. Habrá venido al mundo la poeta frente a otra habitación con dos camas, que era, además, comedor, y que tenía, por todo mobiliario, un espejo, una palangana, un baúl como los que usaban los piratas para guardar sus riquezas y que a los padres de la Premio Nobel les servía para cuidar del polvo sus pobrezas.

 

Una de las camas que se han usado para que el visitante se haga una idea del diseño de la época, es la misma que Mistral usó cuando vivió, hacía 1091, en la localidad de El Molle.

 

El museo contiene los objetos que conformaron el mundo íntimo de la escritora, tanto en Chile, como en el extranjero. Hay un velador de madera, de siete cajones; un pisapapeles de mármol blanco en forma de tortuga; la bolsa de plástico con la tierra del Valle que Mistral llevó consigo en todo momento, latitud y paralelo; un cilindro de vidrio que contenía una cápsula de cianuro y una nota en que la poeta pedía se le suministrara el veneno en caso de que sufriera un ataque fulminante, a causa de la diabetes, los problemas cardiacos y el cáncer de páncreas que la acosaban, algo así como una caja china o una matroshka de muerte. Contiene, además, tarjetas de presentación blancas sin más datos que su nombre; un pañuelo con un huaso bordado; la tabla de ochenta centímetros de largo por treinta de ancho que usaba como escritorio; la reproducción, en yeso, que se hizo de su mano joven; la reproducción, en yeso, que se hizo de su mano vieja; una fotografía de Rogelio Ureta, el ferrocarrilero que se suicidó, no sabemos si por amor hacia ella, no sabemos si por haber perdido dinero de la empresa, y que en todo caso quedó inmortalizado en Sonetos de la muerte, y, por supuesto, libros de su biblioteca personal, una primera edición de Canto general dedicada por Neruda y su ilustrador Rafael Alberti; libros esotéricos, rosacruces y religiosos; poemarios de Amado Nervo y de los poetas de los cuales Lucila Godoy adoptó su nombre tras ganar, en 1914, los Juegos Florales: Gabriele D’Annunzio y Fréderic Mistral.

 

Cómo escribo (fragmento)

Las mujeres no escribimos solemnemente como Buffon, que se ponía para el trance su chaqueta de mangas con encajes y se sentaba con toda solemnidad a su mesa de caoba.

Yo escribo sobre mis rodillas y la mesa escritorio nunca me sirvió de nada, ni en Chile, ni en París, ni en Lisboa.

Escribo de mañana o de noche, y la tarde no me ha dado nunca inspiración, sin que yo entienda la razón de su esterilidad o de su mala gana para mí…

 

Montegrande

 

A días de nacida, Mistral fue llevada a La Unión, codo del camino entre el brazo que conduce a Vicuña y el antebrazo que lleva a Montegrande, “el amado pueblo” en el que la poeta vivió de los 3 a los 9 años, y donde pidió ser sepultada.

 

En este valle al que incluso ahora es difícil llegar y del que incluso ahora es difícil salir, no porque los caminos estén malos, sino porque los autobuses parecen funcionar con un imperfectísimo reloj de arena, vivió Gabriela Mistral con Emelina Molina Alcayaga, su hermanastra y primera maestra, en una oficina de correos que era, al mismo tiempo, la escuela del sector y su residencia.

 

El lugar se llama ahora Museo de Sitio Casa Escuela Gabriela Mistral, y está al filo del camino, pero varios metros más abajo de este, como quien dice, a desnivel.

 

Tiene un buzón amarillo con celeste; mapas de la época en que los límites entre los países de América del Sur, por indefinidos, estaban siempre en disputa; bancas; la bandera que se enarbolaba los lunes contra las montañas pedregosas y eternas.

 

En la habitación, un baúl, una máquina de coser, una tetera, una mesa, una silla, tres jergones, una lavacara con su jarra, una escultura de la Virgen. Nada del otro mundo, como dicen algunos, pero tampoco de este, digo yo.

 

Metros más arriba está el Mausoleo Gabriela Mistral. De minerales color café claro, decorado con racimos de uvas, pies de niño, una lápida de piedra con el siguiente texto grabado, imperecederamente, en ella:

 

Gabriela Mistral

Premio Nobel 1945

7 – IV -1945

10 – 1 – 1957

 

Lo que el alma

hace por su cuerpo

es lo que el artista

hace por su alma

G.M

 

Frente a la lápida, está la tumba de Yin Yin, sobrino que Mistral y su amiga y confidente Palma Guillén acogieron desde que tenía 4 años.

 

Juan Miguel Godoy M. (Yin-Yin)

1925 – 1943

 

Cumpliendo el deseo de Gabriela Mistral

aquí descansan sus restos, los que fueron

trasladados en octubre de 2005 desde

Petrópolis, Brasil, a Montegrande, Chile.

 

El Mausoleo tiene una cruz; un busto que inmortaliza a Mistral de medio cuerpo, con los brazos sobre el pecho, y un par de muros con más placas de agradecimiento que el santuario de una virgen milagrosa. Tiene, además, una cruz de piedra de casi dos metros de altura y funicular. Un mausoleo que ya lo habría querido para sí un faraón egipcio y que honra la memoria de la poeta chilena.

 

Tres escalones más abajo, una placa que reproduce la siguiente frase de la Premio Nobel de Literatura:

 

Es mi voluntad que mi cuerpo sea enterrado en mi amado Pueblo de Montegrande. Valle de Elqui-Chile.

 

Los restos de Mistral volvieron a Chile de Estados Unidos en enero de 1957, y en abril de 1991, a 102 años de su nacimiento, se hizo realidad uno más de sus anhelos: el cerro Frailes fue rebautizado con su nombre. Nada más justo para una mujer que determinó que el dinero que dejara la venta de sus libros en América del Sur, se destinara a los niños pobres de Montegrande.

 

Los autobuses pasan frente a la escuela cada dos o tres horas. Lo espero sentado en un bar, bebiendo pisco Capel y una cerveza artesanal que podría, por lo fea, matar hasta las leyendas; viendo a turistas de todo el mundo tomarse fotos en el monumento de Mistral que se levanta en la plaza central y que la convierte para siempre en escritora y personaje, en la reina que siempre quiso ser, al menos en sus poemas.

 

Las montañas son color desierto; los viñedos, color sed y los comerciales de Pisco Capel, rojos. La tierra es un reverbero conectado al sol. En la última fila del bus siento nostalgia, por los muertos olvidados e inolvidables de la región, por los días de inicios del siglo pasado en que una niña pobre soñaba con que era poeta, por los niños moquillentos que iban a la escuela y que hacía tiempo habían muerto de viejos, por las cartas que ya no se escriben, porque mi mítica, porque mi mágica exploración poética había terminado.

 

Decálogo del artista

I. Amarás la belleza, que es la sombra de Dios sobre el Universo.

II. No hay arte ateo. Aunque no ames al Creador, lo afirmarás creando a su semejanza.

III. No darás la belleza como cebo para los sentidos, sino como el natural alimento para el alma.

IV. No te será pretexto para la lujuria ni para la vanidad, sino ejercicio divino.

V. No la buscarás en las ferias ni llevarás tu obra a ellas, porque la Belleza es virgen y la que está en las ferias no es Ella.

VI. Subirá de tu corazón a tu canto y te habrá purificado a ti el primero.

VII. Tu belleza se llamará también misericordia, y consolará el corazón de los hombres.

VIII. Darás tu obra como un hijo, poniendo en ella tu sangre de mil días.

IX. No te será la belleza opio adormecedor, sino vino generoso que te encienda para la acción, pues si dejas de ser hombre o mujer, dejarás de ser artista.

X. De toda creación saldrás con vergüenza, porque fue inferior a tu sueño.

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