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Octavas de Mocha: una «fiesta de indios» que resurge

04 de julio de 2016 00:00

Las prácticas sociales de la memoria encuentran grietas en los discursos normalizadores del poder; comunidades subalternadas imaginan colectivamente ejercicios de resistencia a formas coloniales de borramiento1, en la línea de lo que Santiago Arboleda, teórico de los estudios culturales, define como «suficiencias íntimas». Esta categoría que se refiere a las experiencias, valores emancipatorios, estrategias operativas que se inscriben en proyectos históricos comunitarios y orientan acciones colectivas, permite entender que es posible pensar el patrimonio y sobre todo su gestión, desde la autonomía y la repolitización de la memoria. La celebración de las Octavas de Mocha, realizada en este cantón de la provincia de Tungurahua, es un ejemplo claro de lo mencionado.

Hasta mediados de la década de los sesenta, cuando Mocha aún era parroquia, los caseríos de los alrededores celebraban «Las Octavas» en honor a San Juan Bautista, patrón del pueblo, cada 24 de junio. La plaza central de tierra, que tras la cantonización de Mocha reflejó ideales estéticos modernizadores y se volvió un espacio de cemento ajardinado o «parque», era el lugar de la toma simbólica durante la fiesta. Ernesto Armendáriz y Juan Alberto Freire, mochanos de más de 90 años, fueron representantes de dos de los caseríos participantes: Cochalata y El Porvenir. Cada uno organizaba su cuadrilla, en calidad de capitanes de infantería y caballería; las cuadrillas llegaban a la plaza con los disfrazados que «se presentaban» y bailaban en cada esquina con banda de pueblo, disputándose los espacios en una suerte de pelea. Además del reconocimiento y prestigio social que esta práctica conlleva («quedar bien», «ser vistos» y «ganar el aplauso de los demás»), se trata de una permanencia cultural de raíces ancestrales: «la toma de la plaza» no es sino «la toma de la waka». A criterio de Ariruma Kowi, quien ha desarrollado investigaciones sobre los rituales del Inti Raymi, la plaza, en tanto waka, es un territorio energético: «Es un espacio que invita a la concentración de la población. Aquí se realiza un ritual importante: el tinkuy, es decir, la fricción, la confrontación de fuerzas consideradas positivas y negativas que dan lugar al surgimiento de energías renovadas». Kowi afirma que este enfrentamiento entre comunidades en la waka, así como la dedicación puesta en la organización de la fiesta y en el ritual, responde a una disputa para ganar el favor de los dioses; sin embargo, no se trata de una competencia entre contrarios, porque finalmente, los pedidos y los favores concedidos son de beneficio común.

Durante las Octavas, en la toma de la plaza participaban los miembros de las comunidades, liderados por «un capitán», el organizador. Curiquingues, osos, cazadores, agrimensores, policías, diablos, contrabandistas de trago, carishinas, peluqueros, capadores y los «emputzadores», utilizando la parodia, provocaban la risa de los participantes de la fiesta. Los mochanos provenientes de los caseríos, travestidos como personajes propios de la vida cotidiana de Mocha de mediados del siglo XX, por un momento en el año ejercían en el espacio público formas de poder. Luis Noé Mayorga, autor del libro Crónicas mochanas, reflexiona al respecto: «¿Por qué el emputzador? Quizás era un indígena que quería desquitarse de sus patrones, patronas, arrimándose con los putzos que se pegan al vestido de la persona, como si fuera una pequeña venganza. Pensando en la parodia, por ese día, el capitán de las Octavas era el jefe del pueblo. Era el único día en que «el cholo», podía ser el jefe, podía ser un hombre blanco; de ahí la careta de malla con bigote que usa el capitán». Mayorga, de origen mochano, recuerda que el día de la fiesta se cosechaban las mieses sembradas en la plaza central de tierra, en un espacio de doscientos metros. Alrededor lucían castillos, luces de pirotecnia, palos encebados, como forma de agradecimiento por la buena cosecha: «Dando gracias a la tierra, dando gracias a San Juan».

A través del liderazgo de «el capitán», gestor y prioste, como también de las «suficiencias íntimas» y, por supuesto, la fe en San Juan como movilizadora de las acciones, la fiesta era posible. Las declaratorias patrimoniales oficiales, así como la fórmula «turismo patrimonial igual desarrollo», estaban ausentes de los imaginarios locales. Bastaban las voluntades, la solidaridad y los afectos. Cuenta Juan Alberto Freire: «Nosotros mismos, de nuestro bolsillo, pagábamos todo. Los capitanes pagábamos, y también los otros ponían un sucre, dos sucres, lo que tenían para ajustar y usar en lo que se necesitaba. Con eso, dábamos de comer, pagábamos las bandas. Los capitanes organizaban».

A pesar de la importancia social y simbólica de la fiesta, de repente, de un momento a otro, a mediados de los sesenta, Las Octavas se suspendieron, porque «era una fiesta que ya no servía, que no estaba acorde a los tiempos, que era de indios y de borrachos», recuerda Mayorga. Los argumentos con los que las autoridades silenciaron a las Octavas tienen estrecha relación con discursos desarrollistas y, por supuesto, con estrategias de blanqueamiento. Había que reemplazar «la fiesta de indios» por un desfile ordenado, con reinas de vestidos pomposos, con carros alegóricos que exhibiesen símbolos del «progreso» productivo, educativo y cultural del pueblo. Este desfile del 24 de junio, fiesta de San Juan, está organizado hasta la actualidad por un Comité de Fiestas, conformado por un círculo cerrado de dirigentes que gestionan los presupuestos.

El intento de suprimir las Octavas duró cerca de cincuenta años, hasta 2013, cuando mediante un trabajo de articulación-mediación, Noé Mayorga, artista y gestor de ascendencia mochana, sumó voluntades para «despertar la fiesta, no para rescatarla». Su padre, Luis Noé, le había contado desde niño los relatos de las Octavas. Sin embargo, el espacio que detonó este proyecto sucedió mientras Noé realizaba tareas de restauración para la iglesia de Mocha. En medio de su trabajo, mantuvo diálogos con gente del pueblo; la conversa y la escucha, y el consecuente tejido de deseos, producto de este encuentro, promovieron la reermegencia de las Octavas. La idea se aleja de una puesta en escena de la memoria y apunta a un ejercicio de resistencia, autónomo y de empatía. Tal como ocurrió en el país, en la década de los setenta, cuando artistas y promotores culturales querían acercarse a las comunidades, Noé Mayorga se valió de la proximidad de la Iglesia a los grupos sociales. Juan Lema, sacristán de la iglesia de Mocha, desde hace veintiocho años, fue una pieza clave para generar los primeros vínculos. Otra de las estrategias fundamentales fue aproximarse a líderes comunitarios; Javier Armendáriz, en ese entonces presidente de la comunidad Mocha Puñalica, se sumó a la iniciativa y hasta hoy es uno de los promotores principales, junto con otros miembros de las comunidades, entre ellos: Marco Armendáriz («el alférez»), Belisario Velasco (quien año tras año dona las ocas para el cariucho, la comida base de la fiesta), José Armendariz («el curiquingue») y mujeres como Ana Garcés, Ana Soto, Teresa Caiza, Clara y Corina Caluña, quienes se ocupan de la preparación del cariucho.

La elaboración de la comida que se comparte con los participantes, organizadores, disfrazados y visitantes de la fiesta es uno de los gestos solidarios que se promueve en las Octavas. Miembros de las comunidades donan quintales de habas, mellocos, papas, ocas, queso, y si no alcanza con la colaboración voluntaria, «el capitán», asumiendo su rol de prioste, dona lo que hace falta. Fue Javier Armendáriz, líder comunitario, quien impulsó el uso de esta preparación: «Aquí le denominamos cariucho al ‘cocinado de hombre’, porque es una comida rápida. Eso se hacía bastante en los llanos, cuando se estaba cavando papas y se necesitaba un ‘mata hambre’. Ese rato se lavaba las papas, se las hacía hervir, y se daba una taza de agua aromática o café. Lo mismo si había mellocos, habas, ocas, el queso y también la chicha de quaker. Eso decidimos brindarles a los disfrazados, a los participantes de las Octavas desde 2013. El primer año dimos de comer a más de 450 personas». En 2016, la comida alcanzó para cerca de dos mil personas, pues cada año se suman más y más «octaveros» a la celebración.

A pesar de sus intentos iniciales —afirma Noé Mayorga—, la fiesta no cuenta hasta ahora con aportes del Municipio del Cantón, ni para la comida, ni para las bandas de pueblo, peor para los disfraces. La gestión sigue siendo autónoma: «Al principio creíamos que si las autoridades no hacían nada, era una debilidad; lo entendíamos como una dificultad. Ahora nos damos cuenta [de] que es una fortaleza; usamos nuestras propias dinámicas: la colaboración generada por la labor del capitán». Mientras, el Comité de Fiestas, como desde hace cincuenta años, continúa con el mismo argumento: ¿Por qué rescatar una fiesta de indios, quitar la fe en San Juan y volver a la fe en los cerros? Paralelamente, con la visibilidad que ha ganado la fiesta, no tardarán las autoridades políticas en apropiarse de lo conseguido desde «las suficiencias íntimas» de las comunidades de Mocha. Se impulsarán procesos de patrimonialización que desmovilizarán la autonomía de las organizaciones.

Durante estos cuatro años, las Octavas se han realizado el 23 de junio, la víspera de la Fiesta de San Juan, pues el 24, las calles del centro del cantón están tomadas por el desfile. El capitán de las Octavas 2016, Jorge Paspuel, de la comunidad de El Calvario, ha mantenido este año los sentidos de organización comunitaria y autonomía de las celebraciones anteriores, sostenidos en la fe en San Juan Bautista: «Es una ley, una doctrina que tenemos aquí en Mocha. Lo hacemos por él. Mi cuota, mi colaboración por San Juanito. Si pensamos así, Dios nos ayuda en nuestros trabajos diarios. Ese es el pensar del 99% de los mochanos», comenta Javier Armendáriz.

Paspuel, de tan solo 33 años, es el capitán más joven que han tenido las Octavas desde 2013. Para él, como para muchos niños y jóvenes que se suman a la fiesta, lo más importante es poner en alto el nombre de su pueblo. «Antes de las Octavas, la gente creía que Mocha no valía nada, que aquí no pasaba nada», dice Noé Mayorga. A esta reflexión se suma la de Paspuel, para quien valorar elementos de su identidad es el eje principal: «Quiero que la gente se lleve unos buenos recuerdos, que se vayan tomando fotos con los disfrazados, y las suban a las redes sociales y con la tecnología esto [lo] llegue a ver gente de todas partes. La identidad es eso: hacernos conocer como un pueblo tan chiquito que somos, nuestras raíces, de dónde venimos, mostrar qué tenían nuestros antepasados y nosotros también ahora».

Las nuevas generaciones paulatinamente se apropian de esta reactivación. La memoria se actualiza durante las Octavas con el surgimiento de nuevos personajes de la vida cotidiana de Mocha, que conviven en las calles cada 23 de junio, con los que sobrevivieron a décadas pasadas. Así también los elementos de la fiesta y prácticas simbólicas existentes se ponen en diálogo con propuestas artísticas contemporáneas, que han sido articuladas por Noé Mayorga: el vídeo, la fotografía, la producción de objetos y registros, en los trabajos de Raúl Díaz, Juan Pablo Ordóñez, Mónica Sevilla, Samuel Jaramillo, Edwin Tapia, Agustín Palacios y Noé Mayorga, quien recientemente presentó su proyecto Neo Builders Andinos, imagen del afiche promocional de las Octavas 2016.

En definitiva, la autogestión, las economías reproductivas, el trabajo desde la potencia (no desde la carencia), desde las redes de afecto existentes y la organización comunitaria, su actualidad y sus posibilidades simbólicas, hacen de las Octavas uno de los ejemplos más valiosos de gestión comunitaria del país. Es un claro ejercicio político de los tan mentados derechos culturales.

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