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Los viajes imaginarios de Báez Meza

Los viajes imaginarios de Báez Meza
02 de junio de 2013 - 00:00

El espacio textual de El mismo mar de todas las Habanas (Premio Nacional de Literatura Aurelio Espinosa Pólit, 2012; Centro de Publicaciones de la PUCE, 2012) está limitado por el silencio: un silencio que precede a la lectura y aquel que la cierra. Entre estos dos silencios se construye y deconstruye el discurso poético, se hace y deshace al mismo tiempo, poseído, como en la obra de Lezama, por el demonio creador. Pues, la plasticidad constructiva permite concebir cada poema como un viaje en el que la memoria y el olvido adquieren las más variadas imágenes y ,sobre todo una: la del escritor cubano José Lezama Lima, a quien podemos ver ya en su casa de la calle Trocadero 162, dedicado a devorar decenas de libros: “El viejo Lezama en su casa de Trocadero / come todo el día incunables de su biblioteca de Alejandría” (página 21 del poemario de Báez Meza), ya en la imaginación del poeta cuando este, por ejemplo, lo muestra entre la luz de una “linterna mágica”(el cine) y la pantalla parpadeante (El gran ojo fuera del ojo) del cine Yara (página 26). Así, la figura corpulenta de Lezama se convierte, tanto en una presencia física, que rodea la vida cotidiana de la Habana de los cincuenta, como en un guía espiritual que acompaña al yo poético en su viaje por la escritura, en su enfrentamiento con la hoja en blanco o con la pantalla de la computadora: “Para escribirte debo esperar a que el ordenador se encienda / Y esperar que despierte de su sueño metálico” (página 82).

 

Este hecho de reconstruir la imagen de Lezama Lima no solo es un homenaje que el yo poético rinde a un escritor que, según Cintio Vitier, es el poeta que “ve en la noche insular, detrás de los aéreos jardines, palacios y orquestas, el drama teológico del destierro” (Cintio vitier, p. 381), sino el gran pre-texto que encuentra el creador para reflexionar en torno a su propia condición de viajero y de exiliado en la morada de la escritura: “simulacros de hogar que te hacen sentir / Más extranjero de lo que ya eres / Si el agua caliente no funciona / tampoco la memoria /” (página 55).

 

De este sentimiento de extrañeza está impregnada cada una de las palabras, las frases y en general el enunciado poético, pues el yo que habla a nombre de Marcelo Báez es un viajero en busca de lo inaprensible: el lenguaje que se le escapa, que huye por aquel “mar de todas las Habanas”.

 

Este recuerdo-evocación-hasta cierto punto evanescente- al que se entrega el yo poético también está unido a una de sus constantes preocupaciones: la representación artística. En efecto, frente a un lenguaje, cansado de significar o, como diría Paul Ricoeur, a un “cementerio de metáforas”, la salida que encuentra el poeta es la parodia, la ironía y la intercalación de géneros, un tanto lejanos a la concepción tradicional de lo lírico, como el discurso publicitario, científico, bibliográfico, autobiográfico y epistolar. Sin embargo, dicha intercalación no se da de manera brusca y escandalosa como en la antipoesía, sino que más bien se recurre a la alusión o a la inclusión sutil de tales géneros en medio de un lirismo también atenuado. Así sucede, por ejemplo, en el poema titulado Lezama recibe un libro de un aprendiz, expresado con la estructura y el tono confidencial de una carta: “Querido poeta: / Entrego en tus manos un poemar /”. De pronto esta confidencialidad se rompe para dar paso a la ironía: “aspiro como buen asmático / A que por lo menos leas esta carta/” (página 30). De esta manera va aludiendo al mismo tiempo a un lirismo-afectivo, reconocible en la tradición y a un tono antipoético propio de la poesía contemporánea, que no llega a la irreverencia, ni al sarcasmo sino que juega —de ahí lo lúdico— con una ternura-irónica —valga el oxímoron— de manera similar a cómo lo hacen Jorge Enrique Adoum o Carlos Eduardo Jaramillo. Entonces, la tensión poética surge de este encuentro-desencuentro entre la tradición y la ruptura, entre innovar y evocar la tradición. Precisamente, uno de los méritos que posee este poemario es el de conservar un admirable equilibrio de forma y contenido, pues en él no hay desbordamiento ni hacia el manifiesto de escuela ni hacia lo meramente experimental. Báez Meza es un poeta plenamente identificado con el acto creador y con la composición estética, le interesa —dentro de una semiótica de la poesía— tanto el signo verbal como la imagen no verbal.

 

Por azar he encontrado un artículo escrito por Marcelo Báez Meza en la revista Kipus en la que habla, precisamente, de la transcodificación pictórica y de la música en la poesía de Medardo Ángel Silva. En dicho artículo entre otras cosas afirma: “La poesía es una extensión de la pintura, dice el viejo adagio en latín, y nada más cierto, puesto que se trata de un arte cuyo  vehículo de expresión es la imagen. Y, al igual que la pintura, la poesía usa colores, traza líneas y formas a través de las más diversas figuras retóricas” (Kipus, 177). Esta no es una aseveración teórica, sino que en la poesía de Báez la pasión por la imagen pictórica, cinematográfica y por la música se convierte en un principio constructor, que no solo se expresa en el enunciado sino que es proyectado desde la enunciación como un conjunto de imágenes dispersas en ese antiguo mar de todas las Habanas.

 

Este viaje que propone el texto de Marcelo Báez no se detiene en la experiencia estética en la que autor y lector se reconocen, sino que avanza hacia la revelación de una Habana que vive en un claroscuro de la que emerge una arquitectura exuberante como la que poetiza Eliseo Diego, otro gran poeta cubano, en su memorable poema En la calzada de Jesús del Monte. Así, nos invita Báez a recorrer la Habana: “Tantas veces se ha dicho que la Habana vive entre la sombra y la luz / Te quita y te da algo / Pero a la vez te concede un deseo / Como si estuvieras por morir o a punto de entrar al Paradiso”(página 20). Viaje este no de postal sino una inmersión en los laberintos habaneros de la novela Paradiso, en esta ocasión ya no acompañado por Lezama sino por José Cemí, protagonista de Paradiso, el niño que creció con su nodriza y que, como Juan Pablo Castel, apenas se atrevía a mirar el mundo por la ventana o a hacer sentir su presencia rayando con una tiza una pared del vecindario donde vivía, sumergido en el claroscuro de la creación.

 

Otra figura que aparece en el camino textual de Marcelo Báez es Fernando Ortiz para quien la “Cubanidad” está formada por “continuas, radicales y contrastantes transmigraciones geográficas, económicas y sociales”(…)(página 95 del libro de Ortiz: Contrapunteo cubano del tabaco y del azúcar). Aunque el propósito del autor de El mismo mar de todas las Habanas, no es hacer sociología poética, este espíritu de la cubanidad, el desarraigo y el leit motiv del viaje, muestran que la intención de Báez es sugerir este carácter itinerante del habitante de la isla, carácter del que también participa el propio yo poético.

 

Como todo viaje, el mío termina aquí, a pesar de que intuyo que tanto el yo poético como los personajes de este poemario continuarán navegando en el mismo mar de todas las Habanas y buscando nuevos e insobornables lectores.

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