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Los amores de García Lorca

- 22 de agosto de 2016 - 00:00

No con la pluma, sino con el piano. No en un escritorio, sino en el Café Alameda. Apartado en una esquina, con la sonrisa en la boca y la tristeza en los ojos, ahí se encuentra Federico García Lorca: «moreno, casi campesino, de estatura mediana, con aires de gitano intelectual, con pecho abombado y piernas inseguras»1, esperando inconscientemente su momento musical. No se trata de un músico fijo, ni mucho menos pagado, pero cuando el quinteto de concertistas ha terminado el repertorio, y ya nadie habla, él camina pausadamente hacia el piano y comienza a tocar con esa exquisita habilidad que siempre lo caracterizó. 

El café está habituado en un lugar un poco apartado de la plaza del Campillo, de Granada. A este espacio acude todo tipo de público: en la mañana, gente de pesca y comercio, y en la noche, artistas y torerillos. Hay siempre música en vivo y por supuesto, recitales de poesía. En una de las tres mesas ubicadas en un rincón, cruzando el tabladillo del centro, un grupo de intelectuales gozan de una reunión «discreta», sin «formalismos», donde se habla de cualquier cosa, todo con la finalidad de «salvarse del tedio diario, de la obligación mecánica y odiosa» del vaivén de los días.

Entre los personajes de «El Rinconcillo», como fue bautizado este lugar, hubo un grupo que con el tiempo hizo historia: Mora Guardino (se convirtió en escritor), Francisco Soriano Lapresa («presidente honorario» lo llamaba Federico), Melchor Fernández Almagro (se convirtió en académico de la lengua española), Ramón Pérez de Roda (intelectual), José Fernández Montesinos (el «filósofo del grupo»), José Mora Guarnido (periodista), Miguel Pizarro (el «eterno enamorado»), Antonio Gallego Burín (federalista empedernido) y por supuesto, Federico García Lorca, quien era muy popular por sus dotes en el piano, y que con el tiempo se convirtió en el poeta de mayor influencia y popularidad de la literatura española del siglo XX. «El Rinconcillo» no fue geografía literaria del poeta, sino del músico Lorca.

Su primer amor: la música

Su infancia se puede resumir en una hermosa foto de archivo: Federico de niño correteando desnudo por las praderas de una vega, sobre un fondo de serranía o entre las líneas del poema ‘Infancia y muerte’: «Para buscar mi infancia, ¡Dios mío!/ comí naranjas podridas, papeles viejos, palomares vacíos/ y encontré mi cuerpecito comido por las ratas/ en el fondo del aljibe y con las cabelleras de los locos./ Mi traje de marinero/ no estaba empapado con el aceite de las ballenas/ pero tenía la eternidad vulnerable de las fotografías».

Lorca dice en ‘Mi pueblo’: «Cuando yo era niño vivía en un pueblecito muy callado y oloroso de la vega de Granada. Todo lo que en él ocurría y todos sus sentires pasan hoy por mí, velados por la nostalgia de la niñez y por el tiempo. Hoy todo aquello pasó. Hoy mi alma siente ya otras cosas más complicadas. Hoy de niño campesino, me he convertido en señorito de ciudad… ¡pero nunca olvido al pueblo y por eso escribo mis antiguos sentires, que eran perfumados por los habares en flor y por las noches oscuras del invierno». También se define como un hombre apasionado, lo que, en sus palabras, heredó de su padre.

Y en ese pueblo nació una de las personas que mayor influencia tuvo sobre el niño Federico: el tío Bartolomero. Era un pariente de segundo grado, hermano del abuelo Enrique y por lo tanto tío abuelo de Lorca, al que trasladó su avidez musical. Bartolomero tuvo de pequeño una parálisis infantil que le dejó trastornada una pierna con cortedad manifiesta y que lo obligó a llevar una bota ortopédica, con una gigantesca alza, para compensar la disimetría. Lorca recuerda su muerte de la siguiente manera: «Poco a poco se perdió el carro entre las nieblas de la noche, llevándose al cementerio a mi amigo, a mi consejero, a mi abuelito pastor… Nunca te olvidaré y siempre tendré un suspiro por tu ausencia. Mi pobre compadre pastor… Tú fuiste el que me consoló en mis pesadillas. Tú fuiste quien me hizo amar la naturaleza… Tú fuiste el que alumbró en mi corazón… Mi pobre compadre pastor».

El tío abuelo fomentó la música en Lorca, cosa que desde niño acaparaba toda su atención, pero fue Antonio Segura Mesa, compositor y profesor de música, quien se «apoderó» de Federico, quien fue invadido por el fervor del maestro, progresando en el piano a pasos gigantescos. En sus años de estudiante nunca estuvo apasionado por ninguna materia, ni siquiera por la literatura, pero las clases de Segura Mesa eran siempre prioridad y sin mucho esfuerzo lograba grandes resultados, porque tenía el talento.

Gibson Ian, en una de las biografías más completas del poeta español, Vida, pasión y muerte de Federico García Lorca, dice: «Federico acabaría venerando a su viejo maestro que, al tiempo que estimulaba su talento musical innato y le ayudaba a adquirir una excelente técnica pianística y unos conocimientos sólidos de la armonía, le iba cogiendo mucha confianza». Federico siempre tuvo pocos deseos de estudiar, la música era todo su norte vital.

Cuando murió Segura, su padre no le permitió mudarse a París para seguir con sus estudios musicales. Luego de eso, comenzó a escribir. De ahí el «desplazamiento» hacia la poesía, como menciona Antonio López Alonso en La angustia de Federico García Lorca: «El poeta prefirió que su primer libro tuviera el encabezamiento visible de su maestro de música, Segura. ¿Cosas del destino?, ¿precisa sentencia de Lorca de lo que parecía su auténtica vocación?, ¿reconocimiento de fidelidad hacia su primer maestro? Tengo la impresión de que su vocación era fuerte, y desde la perspectiva de un ‘observador de almas’, creo reconocer una fuerte frustración».

A pesar de que sus obras (sin mencionar su poética) se encuentran en las cimas del teatro español del siglo XX, quedémonos con la declaración del propio Federico: «Yo sobre todo, soy músico». Y a pesar de lo que ocurriría después, siempre tendría cerca un piano, en el que sus dedos simulaban la conquista del Nirvana, haciendo de este su gran primer amor.

Su vida amorosa como un drama de tablas

La desconocida y poco estudiada vida amorosa del poeta granadino esconde una historia parecida a la de los trágicos dramas que describió en muchas de sus obras. «Las relaciones homosexuales de García Lorca componen un romancero oscuro, un misterio del que sólo se conocen algunos testimonios y escasos documentos, pero lo cierto es que sentía verdadera pasión por aquellas personas a las que amó», señalan sus biografías. Para llegar a este punto, es importante pasar por la Residencia de Estudiantes de la Escuela de Bellas Artes, que en aquella época era un hervidero intelectual y que acogió a figuras de la talla de Albert Einstein, John Maynard Keynes o Madame Curie, lo que influiría enormemente en la formación intelectual de Lorca.

En este punto aparecen nombres como Salvador Dalí, Emilio Aladrén, Rafael Rodríguez Rapún y Eduardo Rodríguez Valdivieso, todos amigos de Lorca, y que en algún momento pasaron a ser «los hombres de su vida y de sus obras». Todo esto ocurre entre 1919 y 1926. También es en esta época cuando Federico, según sus palabras, experimenta «una de las crisis más hondas de mi vida».

La razón: primero el reconocimiento de su homosexualidad; segundo, su propia estructuración psicológica con respecto al tema en aquella época en que la homosexualidad era reprimida con brutalidad por la propia sociedad; y tercero, sus dificultades para amar y ser correspondido.

Con respecto a esto, las biografías ubican a Lorca como una persona que en pocas ocasiones fue correspondida y no siempre eligió a la persona adecuada: «Estoy convaleciente de una gran batalla y necesito poner orden en mi corazón. Ahora siento una gran ansiedad e inquietud», y necesita librarse de la «pasión imposible que destruye», dice Lorca. La pasión que destruye por no encontrarse con lo que es, por ese choque entre alma y cuerpo.

Por eso se siente culpable e injusta e irremediablemente incomprendido por sus contemporáneos. Injustamente tratado por la vida. Su tragedia radica en que no se puede dejar de ser él mismo, no puede renunciar a sus deseos y sentimientos, no puede cambiar su naturaleza. Y se enfrenta a un duro dilema: ser otro para ser aceptado. A ser él mismo, y sufrir el desprecio y el rechazo. De ahí la angustia vital y de ahí el sufrimiento. De ahí la ‘nostalgia asesina’ que Gregorio Prieto adivina en sus dibujos.

Antonio López Alonso

Fusión Lorca-Dalí

Cuando Salvador Felipe Jacinto Dalí llegó a la residencia, en septiembre de 1922, quedó enseguida atrapado en la tela de arada de Federico. Dalí vestía pantalones bombachos abotonados hasta la rodilla. Sus ojos, verdes, y toda su composición daban el aspecto de personaje extraordinariamente peculiar. Él también quedó impactado con Federico, tanto es así, que en su Vida secreta, Dalí afirma: «Aunque advertí enseguida que mis nuevos amigos iban a tomarlo todo de mí sin darme nada a cambio —pues realmente no poseían nada que yo no tuviera dos, tres cien veces más que ellos—, por otra parte la personalidad de Federico García Lorca produjo en mí una tremenda impresión. El fenómeno poético en su totalidad y en carne viva surgió súbitamente ante mí hecho carne y huesos, confuso, inyectado de sangre, viscoso y sublime, vibrando con un millar de fuegos de artificios y de biología subterránea, como toda materia dotada de la originalidad de su propia forma». En ese entonces Lorca tenía 24 años y Dalí, 18. Ambos, junto a Luis Buñuel, quien ingresó a la residencia en 1917, dos años antes que Lorca, conformaron un gran trío de amigos, relacionando sus nombres y sus obras entre sí para siempre.

Sánchez Vidal, en su libro Buñuel, Lorca, Dalí: el enigma sin fin, se refiere a Federico como «un hombre muy pudoroso, tanto en lo físico como en lo sentimental. Y aunque no tenía el toque macho (tan obvio en Luis Buñuel, por ejemplo), no daba en absoluto la impresión de ser homosexual, aunque sus amigos lo sabían y lo tenían muy en cuenta en circunstancias muy especiales (como cuando iban de putas). Era reservadísimo para sus malos tragos, y lo pasaba solo: desaparecía». Hasta ese entonces Lorca no había mantenido relaciones sexuales con ninguna mujer, y cuando se iban de juerga al Rector’s Club, situado en el Hotel Palace, Lorca era el único que con «absoluta elegancia» se quedaba todo el tiempo cruzado de piernas, mientras los demás se turnaban para pagar por los servicios sexuales que en el prostíbulo ofrecían.

La expresión artística de la interrelación Lorca-Dalí alcanza, en el caso del poeta, su máxima expresión en su ‘Oda a Salvador Dalí’. Por parte de Dalí, Lorca recibía estrictas lecturas (complejamente académicas diría yo) con respecto a su poesía: era muy crítico con la obra de Lorca. Cuando se publicó el Romancero gitano, Salvador le dijo a Federico: «Tú eres un genio y lo que se lleva ahora es la poesía surrealista. Así que no pierdas tu talento con pintoresquismos». Y Federico le hizo caso; dio un golpe de timón a su obra y surgió Poeta en Nueva York. Sin embargo, de vez en vez, entre esos largos escritos, Dalí también decía: «Creo en tu inspiración, en tu sudor, en tu fatalidad astronómica. Este invierno te invito a lanzarnos en el vacío. Yo ya estoy en él desde hace días, nunca había tenido tanta seguridad». Ian Gibson comenta al respecto: «Lo que sí está claro es que el encuentro de Lorca y Dalí fue enormemente fructífero para la creatividad de uno y del otro, dando lugar a un complejo tejido de influencias, complicidades, trasvases y reacciones».

Federico y Dalí, vivieron su particular Brokeback Mountain2 en la España de los veinte. Fue una gran historia de amor que nunca llegó a consumarse, pues según el pintor, en mayo de 1926 el poeta intentó estar físicamente con él y, aunque se sentía halagado, no accedió a sus deseos. Lorca, menos temeroso del erotismo, fue mucho más consciente de lo que sentía por su amigo. Hay archivos fotográficos que hablan por sí solos de los viajes que ambos artistas hicieron juntos, como paseos a la playa o retratos afuera de la residencia cogidos de la mano. A pesar de todo, mantuvieron una estrechísima relación personal y artística primero; y un complejo debate estético después.

Federico García Lorca y Salvador Dalí.

Fusión Lorca-Emilio

Aunque en su interior Lorca seguía estando atraído por el joven Dalí, se sentía estrechamente relacionado con el escultor Emilio Aladrén Perojo, que había ingresado en la residencia en 1922, igual que Dalí. Ocho años más joven que Lorca, Aladrén, nacido en 1906, era un chico llamativamente guapo, de cabello negro, ojos grandes y algo oblicuos que le prestaban un aire ligeramente oriental, pómulos marcados y temperamento apasionado.

Federico lo había conocido en 1925, pero intimaron en 1927. A Lorca lo sedujeron el físico, encanto personal y aire «entre tahitiano y ruso», según la pintora Maruja Mallo, quien fue novia de Aladrén hasta que vino el momento en que Federico se lo «robó» sin más miramientos.

José María García Carillo (Pepito) fue uno de los más íntimos amigos y confidentes de Lorca en Granada. Entrevistado por Agustín Penón, el 8 de abril de 1955, García Carrillo habló abiertamente de su propia homosexualidad y de las aventuras compartidas con el poeta. El 24 de junio de 1955 volvieron a dialogar, esta vez en la casa de García Carrillo, en Granada. En su libro Diario de una búsqueda lorquiana, Penón contó así la parte en que se hacía referencia a Emilio:

«Me hablaba de la relación que tuvo Federico con un escultor ‘horrible’ en Madrid. Me dice que el escultor explotaba descaradamente a Federico. Todos los amigos de Lorca lo sabían… todos le aconsejaba que lo dejara, pero él estaba hondamente enamorado del escultor, era entonces el gran amor de Federico. Él fue la causa de que quisiera escaparse de España, huir, la causa de que estuviera tan deprimido cuando se marchó a América. Desde Estados Unidos, Federico le escribió decenas de cartas de amor apasionadas y por toda respuesta el cabrón le mandó una postal de una montaña».

A Federico le encantaba llevar a Emilio a fiestas y presentarlo como uno de los jóvenes escultores españoles más prometedores. La relación levantó los celos en algunos amigos del poeta y fue causa de escenas violentas. Una joven inglesa, Eleanor Dove, llegada a Madrid como representante de la empresa de cosmética Elizabeth Arden, fue la causa de la ruptura de la relación entre el poeta y el escultor. En el verano de 1928, Lorca se ve sumido en una gran depresión que le llevará a Nueva York.

Desde Granada, en 1928, Lorca le dice a su amigo Sebastià Gasch: «Estoy muy baqueteado y maltratado de pasiones que tengo que vencer, pero me empiezo a encontrar libre, solo, en mi propia creación y esfuerzo». Angustiado, pero con la certeza de salir adelante. La relación con Emilio nunca fue estable. Los biógrafos aseguran que Emilio nunca amó a Federico, lo que desembocó en una terrible depresión. «Federico sufrió mucho por ser un ser apasionado. El muy pícaro adoraba a los chicos del campo y se enamoraba mucho. Se volvió triste, buscaba el aislamiento, no hablaba ya de sus planes, y, lo que es más extraño, dejó de recitar poemas. A veces en reuniones de cante y baile en casa o colmado al clarear el día, se entristecía súbitamente y pedía o exigía, casi con histeria, que se cerraran maderos y ventanas “para no ver amanecer”, y me decía por debajo del oído: Es ahora cuando mueren los enfermos. El amanecer, no el anochecer, es la hora de la muerte», señala Rafael Martínez Nadal, en su libro El público: Amor y muerte en la obra de Federico García Lorca.

Fusión Lorca y el «tres erres»

Rafael Rodríguez Rapún, el «tres erres», que le decían, era un apuesto estudiante de ingeniería, nacido en Madrid en 1912. De constitución atlética, buen futbolista y socialista apasionado, Rafael, aunque no era homosexual, acabó —según su íntimo amigo Modesto Higueras— sucumbiendo a los encantos lorquianos: «A Rafael le gustaban las mujeres más que chuparse los dedos, pero estaba cogido en esa red, no cogido, inmerso en Federico. Lo mismo que yo estaba inmerso en Federico, sin llegar a eso, él estaba inconsciente en este asunto. Después se quería escapar pero no podía… Fue tremendo».

Solo se ha encontrado una carta cruzada entre Lorca y Rapún, en la que Lorca escribe: «Me acuerdo muchísimo de ti. Dejar de ver a una persona con la que ha estado uno pasando, durante meses, todas las horas del día es muy fuerte para olvidarlo. Máxime si hacia esa persona se siente uno atraído tan poderosamente como yo hacia ti». Según sus biógrafos, quizá el único amor correspondido fue el de Rafael, destinatario de los Sonetos del amor oscuro.

El fin de aquel terrible «verano» de «sentimientos»

El poeta granadino fue bautizado como Federico del Sagrado Corazón de Jesús García Lorca. Sus restos se encuentran en una fosa común cerca de Víznar. Fue fusilado a los 38 años. Según Ian Gibson, se le acusaba de «ser espía de los rusos, estar en contacto con éstos por radio, haber sido secretario de Fernando de los Ríos y por ser homosexual».

A Lorca le fascinaban los juegos de niños, las marionetas, los teatrillos. Era muy premioso escribiendo. Y siempre seguía el mismo ritual: se sentaba y se ponía la manta encima de las rodillas, con mucho cuidado, todo muy escrupulosamente. Y encima un libro o una carpeta, para apoyarse, empezaba a escribir. Dudaba, se ponía en pie, iba de un lado para otro canturreando (como para aliviar la tensión de la escritura), daba media vuelta, volvía a la cama y a la manta y borraba. Podía estar así hasta dos horas para escribir cuatro versos3.

Federico, sumido en la tristeza, convirtiéndose en un hombre de soledades y pasiones, teniendo como único aliado al piano, dejó de existir el 19 de agosto de 1936, despidiéndose para siempre de lo que parecía no tener fin, eso que él llamaba «verano de sentimientos».

Notas

  1. Descripción de García Lorca por Miguel Cerón (1969).
  2. Se hace referencia a la película titulada Secreto en la montaña dirigida por Ang Lee, basada en el cuento Brokeback Mountain de Annie Proulx.
  3. Declaraciones de José Bello recogidas en el libro Vida, pasión y muerte de Federico García Lorca, de Ian Gibson.
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