Todo fluye, todo cambia, nada permanece

24 de febrero de 2013 - 00:00

Esta frase proverbial se atribuye a Heráclito, filósofo de la Grecia antigua. En realidad, el mundo que nos rodea, con infinidad de cosas, objetos y fenómenos diferentes, está en movimiento, cambio y desarrollo continuos. Así es; y semejante desdoblamiento, de un todo único, también puede observarse en la sociedad.

El mundo contemporáneo constituye un mundo de cambios sociales  jamás vistos; este es un mundo que se caracteriza por una estructura sociopolítica compleja y contradictoria, por relaciones internacionales complicadísimas, en el plano económico, político, cultural, jurídico, militar, etc. Todo cambio es algo nuevo; bueno o malo, pero es cambio generado por la misma sociedad para poder fluir.

Dentro de estos parámetros, en todo ser vivo, cuando una o un grupo de células deja de fluir o enferma, el propio organismo se encarga de curarlas, o desecharlas cuando mueren o se convierten en pesada carga orgánica, en las que inútilmente gasta energía para mantenerlas en costosa coexistencia.

En la sociedad, cuando en una célula -los cónyuges- llegan al extremo de no  soportarse más, fracasan en la previa y obligatoria conciliación, el remedio sugerido y aplicado es el divorcio para romper el vínculo matrimonial y separarlos definitivamente, no sin antes arreglar la situación de sus descendientes menores de edad. Bien o mal, esta es una verdadera autoprofilaxis social que desinfecta   y previene a las pequeñas e importantísimas células familiares.

En el constante fluir y cambiar nacional, los resultados electorales de los seis últimos años demuestran que la sociedad ecuatoriana, sumida en la más profunda  crisis, moral, económica y política, desesperadamente buscó  desinfectar sus células políticas para que  se renueven; estas, opuestas al normal fluir y cambiar, en increíble soberbia y deslealtad, de a poco perdieron la importante vitalidad y representatividad inyectadas en la conformación de la   Asamblea Nacional Constituyente y la actual, postrada ya en la antesala de la historia nacional.

El resultado electoral del pasado domingo 17 de febrero prueba que la sociedad ecuatoriana,  consciente de su generoso esfuerzo por curar esas células, sin resultado positivo, simple y definitivamente las desechó, desembarazándose de una carga política amorfa y enferma que obstaculizaba su normal fluir y cambiar. Las que subsisten, aunque viejas y menguadas, por decisión social, están obligadas a cumplir con la proverbial frase de Heráclito.    

Todo fluye, todo cambia, y el tiempo es lo que más rápidamente se nos escapa.
Es urgente cambiar para fluir, para desarrollar, porque ahora los ecuatorianos,  con justa y sobrada razón, debemos recordar para reafirmar que no fue cierto lo que expresaron los labios moribundos del Libertador, cuando las amarguras y las deslealtades entristecieron su alma, respecto a haber arado en el mar y edificado en el viento…   

Kléber Araujo Morocho
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