Locuras
Cuando empecé a leer La Fiesta del Chivo pensé que era una historia ficticia. Mi curiosidad me impulsó a investigar la biografía de Rafael Trujillo, lo primero que pasó por mi mente fue que Trujillo era un loco. Solo a un loco como Trujillo se le ocurrió matar a los haitianos para alcanzar la pureza racial; contratar a José Almoina para que publicara Meditaciones morales y Falsa amistad en nombre de su esposa; nombrar coronel a su hijo a la edad de 5 años; tratar a su madre como Excelsa Matrona; casi acabar con su propio país y con la vida de miles de personas que solo anhelaban libertad, justicia y un gobierno coherente.
Pero por esas sorpresas de la vida y regalos del presente, conocí al loco de Víctor Stivelman y lo primero que hicimos fueron locuras clownescas, como volver a ser niña, a jugar con mi imaginación a mis 29 años, comunicarme con la mirada, a revolcarme en el suelo y brincar hasta sentir dolor en mis pantorrillas.
Entonces comprendí que las locuras son actos sagrados pero divertidos, y que están muy lejos de perjudicar a otra persona. Es como crear un payaso con poderes mágicos, ser un argentino vegetariano o simplemente ir por la vida sin máscaras, pero también vivir y disfrutar del presente y encontrar en ello una paz interna. Si Trujillo hubiera vivido esas locuras, su historia habría sido diferente. (O)
Lcda. Wendy Zambrano León
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