Llanto por Iguala, México
“Hay más diferencia entre lo que yo pienso por la mañana y pienso por la tarde, que entre republicanos y demócratas, porque yo no estoy administrando un sistema sino cambiando un sistema”, dijo el presidente Rafael Correa en la entrevista que le hiciera hace algunos años Julian Assange. Cambiar un sistema.
Esa debería ser la hoja de ruta del gobierno mexicano ante la arremetida implacable de la corrupción, gestada por ciertos políticos, que en contubernio con narcotraficantes, delinquen al amparo de sus acólitos compadres: jueces, fiscales y policías. Lo sucedido en Iguala, México, en donde cerca de 40 normalistas desaparecieron a plena luz del día, es el resultado, inequívocamente, de la impunidad. Evocando esa misma entrevista, la del periodista Assange, el presidente Rafael Correa habló también sobre la importancia del liderazgo y sostuvo que caudillismo era el eufemismo que los medios mercantilisitas usaban para, a manera de oprobio, desacreditar a los líderes progresistas.
¿Qué sucede en México, donde la corrupción y la impunidad se han empoderado de un pueblo estoico e impotente?
Allí falta el liderezgo de un gobernante que desee, sin medias tintas, desterrar el soborno, purulante por todos sus polos, y para ello requerirá la valentía que le permita cambiar el sistema, sin consensos ni concertación, no importa que la prensa le llame caudillo.
Atte,
Elena Hungría
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