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Carta de Navidad de un misionero

03 de enero de 2013 00:00

Querida familia:

Estoy buscando recabar algún minuto de tiempo para dedicarlo a ustedes. Esto me hace sentir muy contento, porque escribirles a ustedes me produce una sensación como de una primavera que florece, como volver de un letargo invernal.

Este tono inicial tiene que darles a ustedes la idea de que ESTOY BIEN.  Bueno, con una lectura gramatical un tanto personal, les diré que para mí “bueno” lo considero el diminutivo de “¡buenísimo!”. De todos modos es siempre una situación de signo positivo.

Cumplidos ya los 71 años, estoy consciente de mis limitaciones y que sería absurdo e injusto pretender tener la capacidad de actuar como cuando tenía 30. Entonces yo era un volcán, ¡ahora tan solo una fumarola!... Pero, bueno,  veo que caliento mucho todavía.

Les cuento algo de mi vida y de mi presencia acá en Zumbawa, no para amargarles las fiestas, sino para compartir con ustedes algo de la vida de nuestra gente y descubrir así el sentido más profundo de la Navidad = ¡Proyecto de liberación y signo de esperanza!

Me buscan de todos lados, al punto que me veo obligado a “jugar en defensa”. Lo logro muy poco y mal, ya que el peso de las antiguas costumbres a decir siempre que “sí” ya se ha cristalizado como una segunda naturaleza, y entonces estoy presente siempre para todos. En el fondo creo que sea justo así. El sacerdote no es para sí mismo. Me hago memoria  de eso por mí mismo en los momentos de mayor cansancio.  Entonces es cuando viene a sacudirme de la tentación de quedarme, San Pablo, con su recomendación “NON ESTIS VESTRI”… p. Pío, ¡no te perteneces!

Esto significa entonces viajes pesados, con regreso en altas horas de la noche, luchando con el sueño… Son los momentos en que confío el manejo de mi coche al ángel de la guarda, ¡esperando que no se distraiga y no se duerma él también! Hasta ahora siempre me ha despertado en la inminencia de un peligro. Estoy aquí con mis indios que amo.

Se arrastran hasta mi puerta un poco todos, también los ancianos sin identidad: no poseen un documento que los identifique, no resultan inscritos en el Registro Civil, no están en condiciones ni siquiera de  demostrar que existen y, por lo tanto, no tienen derecho ni al “bono de desarrollo humano”.

He afinado las cuerdas de mi corazón para reconocer la presencia viva del Señor en el rostro sufriente de los más necesitados. Los acojo a todos con cariño y una secreta alegría interior. Después pienso que yo también soy uno de ellos: ¡un viejito de la tercera edad!

En el respeto profundo y en el amor con que los abrazo, hago en mi corazón el ejercicio de descubrir cuántas fisionomías  distintas asume el rostro sufriente de Jesús. Busco regalarles un poco de serenidad; nombro formalmente “novias mías” a todas las viejitas, descalzas, vestidas de trapos viejos, sin dientes, con los largos cabellos desgreñados que se han vuelto ya unas cerdas duras (hay que comprenderlas, pobrecitas: no tienen en sus chozas de tierra y paja el tomacorriente para conectar el secador de pelo. Muy a menudo, para lavarse tienen que bajar hasta el río… ¡Mis novias!).

En la lucha entre la pobreza y yo, ¡siempre gana ella! Habría que imponerle por ley a la pobreza el “control de la natalidad”: ¡yo elimino un poco de pobreza por un lado y mientras tanto han nacido otras por el otro lado!

Con todo eso, mi vejez acelera el paso. Tenían razón los antiguos: “¡motus in fine velocior!”. Bueno, mis 71  años, cumplidos hace unos meses, los considero un gran privilegio, cuando me acerco continuamente a muchos jóvenes y niños que tengo que sepultar. Ciertamente es así. Veo a cada paso apagarse los sueños y las esperanzas de muchos, acá arriba. Veo el sufrimiento desplazar de las caras de muchos campesinos de todas las edades, la sonrisa que con tanto esfuerzo y fatiga yo había hecho florecer en ellas…

Me encuentro continuamente frente a tantos sufrimientos que debo aliviar y al lado de tantos corazones que debo consolar. Martes de la semana pasada, me fui a celebrar una misa para los enfermos de nuestro pequeño hospital. Por lo general voy una vez por semana a celebrar allí.

Anita, mi querida y buena doctora que dirige el hospital, antes de la misa, me pide que aplique una intención de oración por Felipe, asesinado en Quito dos días antes (conoce solamente el nombre; el joven había hecho de escudo al sobrino de ella, destinatario de los disparos) y me ruega que haga memoria también de Ana Cristina, una joven estudiante de medicina que debía venir a hacer su pasantía en nuestro hospital y que en cambio el día anterior se había suicidado.

He añadido a estas intenciones para los difuntos el nombre de Marta Lucía, que iba yo a enterrar al día siguiente en Apawa. Marta Lucía había muerto por un “dolor de cabeza”, como me habían dicho los familiares. Tenía 19 años, dejaba un niño de 3 años; a la edad de 15 años había sido elegida como reina de belleza de su comunidad. Después había ido a vivir con su joven compañero y su recorrido en la vida y sus sueños habían terminado hacía tres días, debido a un “¡dolor de cabeza!”.

Ayer tarde vino a buscarme Manuel, uno de los catequistas de las comunidades cercanas al Quilotoa. El catequista me señalaba la presencia de un moribundo que vive justo a la orilla del cráter. Me pedía si podía yo ir a administrarle el sacramento de la unción de los enfermos. Me fui con él. Se llama Giovanny el joven de 28 años, padre de 4 hijos chiquitos, muy listos; le asiste la joven esposa, muy linda ella también. Giovanny ha sido dado de alta del hospital de Solca, porque los médicos le han dicho que su enfermedad no tiene curación y que viniera a morir en su casa entre sus familiares. Confieso que su vista me impactó tremendamente. Presentaba él la evidencia de un tumor en la mejilla izquierda, de un volumen muy grande y que pienso de un par de kilos de peso, que le deformaba totalmente la cara… Le administré el sacramento en tanto que él seguía vomitando…

Más tarde me fui a celebrar una misa a la Casa de los Niños. La Casa de los Niños hospeda actualmente a 22 pequeños: abandonados algunos, con retardo mental otros, o nacidos con problemas físicos o de otra índole… (Nancy tiene 6 años y aparenta tener 3; ha soportado ya 5 intervenciones quirúrgicas, pues ha nacido sin paladar y sin nariz… Marcelo tiene ya 13 años y desde hace dos  se encuentra sin ambos brazos, se los tuvieron que amputar a raíz de un accidente: se electrocutó con la corriente de alta tensión mientras  ayudaba a su padre en el trabajo en Quito. El padre: uno de los tantos que de Angamarca tuvo que ir a buscar la vida lejos…

Desde hace ya 13 años. Laura Vezzaro, una joven italiana de Marano Vicentino, tiene a su cargo  esta “familia” de la Casa de los Niños. Día y noche, por 365 días al año, con estos pequeños (de cero a trece años), que tienen toda clase de necesidades, que lloran a toda hora… Laura me hace recordar a la Madre Teresa de Calcuta. Yo le ayudo en lo que puedo, pero ella es la presencia viva del Señor para estas criaturas.

Bueno, ayer en la misa he llevado conmigo en el corazón a Giovanny que está muriendo en Quilotoa. Lo hemos recordado con los niños pobres -y enfermos ellos también - de la Casa de los Niños y me he conmovido mientras hablaba de él a los pequeños. La conmoción nació en mí, mientras les decía a los niños que me hubiera gustado tener una fe grande, como para poder ser Jesús y poder decirle: “¡Giovanny, levántate y vete en paz, ya estás curado!”. Y no he podido contener las lágrimas al constatar mi pequeñez y mi poca fe.

Les comento -además- un pequeño episodio que me ha conmovido. El caso es del sábado de hace quince días: Vino una anciana campesina con un niñito sobre sus hombros (al estilo en que ellas acostumbran cargarlos). El pequeño, que habrá tenido un año, no caminaba todavía y seguía llorando. La pobre anciana me pidió que le abriera la puerta de la iglesia para poder prender una velita. Le abrí la iglesia y me quedé allí yo también, y la estaba observando. Ella prendió dos velitas chiquitas y las colocó, al fondo de la iglesia, frente a la “Rumi Cruz”. Las velitas prendidas fueron a parar frente a la Rumi Cruz, no frente al tabernáculo del Santísimo. La piedra es como su dios. Yo pensaba que su gesto tenía el mismo valor que si lo hubiera hecho frente al Santísimo. Quedó allí la pobre anciana contándole a su Señor, en voz alta, en kichwa, su desolación y su miseria, ahogándose en un mar de lágrimas, con el niño en sus hombros que seguía llorando desconsolado él también.

La cosa, sin embargo, que me dejó impresionado y que me hizo pensar cómo la fe de estos pobres, muy a menudo, es mucho más auténtica que la mía, ha sido el hecho de que, antes de que la pobre desesperada señora se fuera, me acerqué y le puse en la mano dos dólares. Bueno, mientras yo me retiraba, he observado que ella se acercó a depositar una de las dos monedas a los pies de la imagen de Taita Consuelito. Yo me quedé mirándola y viéndola salir, lleno de conmoción. (¿Cómo no recordar el Evangelio de S. Lucas 21, 1-4?).

Tengo que terminar aquí, querida familia, ya que no tengo más tiempo. Espero mucho que su bondad y su oración al Señor me ayuden a ser un poco mejor.

Mientras que el Señor me dé la fuerza, espero quedarme en esta lucha para ser un testimonio gozoso del amor del Señor un poco menos indigno de Él y de ustedes. Los llevo en el corazón y les envío mi bendición.

Feliz Navidad (¡todavía estamos en la octava!) y feliz año nuevo, querida familia, con un afecto agradecido y con la esperanza de poder seguir luchando juntos por unos años más.

Zumbawa, 30 de diciembre de 2012

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