Indígenas ahuyentan la energía negativa durante el Inti Raymi

- 20 de junio de 2016 - 00:00
El círculo hace referencia al pensamiento cíclico y al estar en “con-junto”.
Foto: cortesía del Ministerio de Cultura

La chicha de jora nunca puede faltar en esta y otras celebraciones, así como en los compromisos al interior de la comunidad.

El Inti Raymi es una fiesta sagrada de los pueblos originarios de los Andes que reviste profunda significación espiritual. Dice la historia que inició con los incas y se realizaba en junio como un acto de gratitud y ofrecimiento ceremonial al padre Sol.

Según Diana Barreno y Fausto Gortaire: “La preparación de esta fiesta era muy especial, no se podía comer 3 días preliminares a la fiesta, solo ingerían maíz blanco crudo, hierbas que se las conocían con el nombre de Chúcam y agua, no se debía encender fuego en todo el Tahuantinsuyo”.

En el Tahuantinzuyo, como en el resto del Abya Yala, tanto la organización política como la festiva tenían una estructura articulada con la naturaleza, con el ciclo agrícola, como se demuestra en la infografía.

Con la conquista española y la feroz persecución de la religión cristiana a toda forma de manifestación espiritual andina, especialmente aquella implementada por los extirpadores de idolatrías –Arriaga y Ávila-, “desapareció” la espiritualidad andina, motivo por el que anularon las expresiones públicas de las 4 grandes fiestas; sin embargo, Juan Polo de Odegardo en 1559, anota que aún después de la abolición del Inti Raymi, los incas lo seguían practicando secretamente.

No obstante, Juan de Betanzos señala que 20 años después de la conquista del imperio inca, el Inti Raymi todavía se realizaba clandestinamente, hasta que en 1572 con el fallecimiento de Túpac Amaru I terminó de forma oficial, aunque el pueblo lo seguía haciendo de manera subrepticia.

Todas las prácticas de manifestación espiritual inca fueron sincretizadas con la religión cristiana.

“Es así que, por ejemplo, el Inti Raymi coincide con la fiesta del Corpus Christi o San Juan y San Pedro, o la celebración del Kapak Raymi” que fue sustituida por la  celebración de la Navidad.

En la actualidad se puede apreciar en  provincias como Imbabura, Chimborazo y Cañar, y en otros pueblos, que paulatinamente esta manifestación espiritual-festiva recobra fuerza y retoma sus verdaderos nombres, lo que demuestra que dichas celebraciones trascenderán en el tiempo y perdurarán en la memoria colectiva comunitaria.

Demostración que desafía a la uniformidad global religiosa y comercial impuesta desde la hegemonía occidental, al no desaparecer como culturas ancestrales producto de la influencia de mecanismos como el extirpador de idolatrías, más aun si ahora la juventud empieza a asumir con mucho criterio.

Uno de los personajes importantes de esta gran celebración es el Aya Huma, que tiene profunda significación y es una figura visible en toda celebración. Aya Huma es un término kichwa que simboliza la Pachamama, de ahí la trascendencia que este personaje reviste para los pueblos originarios. Aya podría traducirse –dice Enrique Cachiguango– como la fuerza, el poder y la energía vital espiritual de la Pachamama; Huma equivale a cabeza, guía, líder. Podría decirse entonces que el Aya Huma es el guía, la cabeza, el que lidera personificando la fuerza de la Pachamama –cabe por lo tanto descartar definitivamente el mal llamado “Diablo Huma”, que es una clara tergiversación producto de la influencia religiosa cristiana–.

Existen diversas actividades y elementos típicos de esta celebración que vale la pena destacar: El altar de la gran celebración constituye una parte central del ritual. Todos los años, en cada hogar se realiza un altar entre los miembros de la familia, el cual se ubica en un lugar especial.

Los anfitriones e invitados en ese día comparten con algarabía el momento, además tocan instrumentos musicales y bailan.

Se construye el castillo, que está compuesto de frutas, panes y vino u otro licor.

Este castillo se realiza con material de carrizo, de aproximadamente un metro cuadrado, y se coloca visiblemente junto al altar.

En ello participan hombres, mujeres y niños. Una vez ubicado en el lugar escogido de la casa, no se puede comer de este sino a partir del 26 de junio, y es compartido en memoria de los seres queridos que ya han partido al chay shuk pacha (los fallecidos).

El altar y el castillo se realizan el 23 de junio.

La chicha de jora nunca puede faltar en esta y otras celebraciones y compromisos en la comunidad. Se prepara en base de maíz y con rigurosos procedimientos, para que obtenga su exquisito sabor. La misma será “con-vidada” o compartida con todos los asistentes.

El baile del Inti Raymi, especialmente dentro de los pueblos indígenas del norte, se realiza en círculo, como símbolo de comunidad e integración, nadie se queda fuera. Hace referencia también al tiempo-espacio, al pensamiento cíclico y al hecho de estar en “con-junto”.

Mientras tocan y bailan, zapatean con fuerza y, con silbidos gritan: “Kari-Kari” (“como varones”); “Kulun-kulun” (“como el trueno”); “taz taz”; y “kashnamari-kashnamari” (“así somos-así somos”), y así se produce la conexión con la madre naturaleza. En Imbabura, a la comida preparada para esta celebración se la conoce como “la boda”, plato elaborado con la harina de 7 granos (uchujaku), mote, una presa de cuy o gallina y huevos.

La presencia del fuego sagrado ahuyenta todas las malas energías existentes durante el año vivido y trae otras nuevas y renovadas, devolviendo así el equilibrio entre la madre tierra y los humanos.

El baño ritual se realiza la noche previa, es un acto de purificación. Todas las personas acuden a los pokyos, cascadas o donde se unen 2 ríos, en estos lugares se encuentra mayor energía, se dice que ahí se encuentra el gran espíritu.

La noche del 22 de junio realizan esta ritualidad, para continuar con danzas, comida y bebida, por lo menos durante una semana. (I)

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