¡Panas!, ser hinchas sin ser fanáticos es importante
El domingo 14 de junio, la selección del Ecuador perdió en su debut mundialista contra Costa de Marfil porque hinchas ecuatorianos le pusieron la camiseta de Ecuador a una estatua de Rocky Balboa en Filadelfia. Siendo así nosotros una víctima más de esta maldición. Ah, ¿qué? ¿¡No fue así!?
Algunos nos reímos y otros lloramos con esa introducción que, más allá de ser una broma jocosa, nos da el pie para hablar de “fanatismos”, porque cuando somos fanáticos, preferimos culpar a estatuas, maldiciones o cualquier cosa antes que analizar lo que pasa en realidad en la cancha… o en la vida.
Existen fanáticos donde se lo imaginen. En la política, cuando, haciendo sobremesa, el tío que busca el caos habla de “ese presidente”. En la religión, cuando ese primo que se fue al work and travel nos quiere convertir porque cree tener la única verdad. Y, hasta en las canchas, cuando un equipo pierde y por eso también deberá perder nuestra familia.
Cuando somos fanáticos, se nos nubla la mente y, aunque la problemática esté clarísima, haremos caso a todo menos a la razón y nos vencerá el odio para buscar culpables, enemigos, traidores y todo lo que queda en el medio. Ojo que en Inglaterra y Gales hubo 1.932 arrestos relacionados con fútbol durante la temporada doméstica 2024-2025.
También ser fanático es sacrificar nuestra autonomía por la mentalidad del grupo. ¿Recuerdan cuando en 2021 quienes apoyaban a Trump asaltaron el Capitolio? Hubo más de 1.500 acusados y aproximadamente 140 policías agredidos.
El común denominador es una mente cerrada, porque el fanatismo es una adhesión desmedida, rígida y emocional a una camiseta, causa, líder, religión, partido político o símbolo. Un ejemplo extremo es lo que pasó en 1978 en Jonestown (Guyana), cuando por obediencia extrema a un líder sectario murieron más de 900 personas, entre ellas 200 niños.
Sí, panas, nos alejamos mucho del fútbol. Pero esa es la clave, ya que el fanatismo se esconde en muchos lugares. Para bajarle la intensidad:
Y colorín colorado, no está mal amar una selección,
una camiseta, una causa o una religión.
Lo grave es que ese amor se vuelva obsesión,
nos robe la razón y nos nuble la visión.
Cuando la pasión anula la reflexión,
deja de ser amor y se vuelve prisión.
Panas, vivan la fiesta futbolística en paz, celebren a sus padres y, por favor, pasen el comunicado a la selección de que no harán pintar al Bobby de la Tri de gana. ¡Nos vemos!
