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Ecuador / Sábado, 30 Mayo 2026

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“Michael”: Salir del trauma

El reciente biopic sobre Michael Jackson, “Michael” (2026), del director afroamericano Antoine Fuqua, además de homenajearlo, es un singular intento de retratarlo desde la sombra del trauma hasta su redención. El filme, en este sentido, no es solo un recorrido por la primera parte de su vida, sino también una especie de ensayo fílmico que pretende abordar el conflicto con su padre y cómo logró superarlo a fuerza de voluntad estoica y determinante.

“Michael” sigue así una trayectoria lineal dentro de un arco narrativo que abarca varias décadas. Como todo filme que deja en suspenso un retorno apoteósico, su centro es el conflictivo hilo desde que Michael y sus hermanos, aún niños, son forzados a ser artistas (“Los Jackson Five”) por su pertinaz padre, el cual se da cuenta de que, sobre todo, Michael es una mina de oro por su voz, su personalidad que no se rinde y su capacidad innovadora. Fuqua hace un filme en el que sonsaca el carácter de Michael como alguien que, aunque preso de la voluntad y deseo del padre, trata de domar su sometimiento y procura repetidamente quitárselo de encima, hecho que logra cuando contrata a un productor a quien pide que, en efecto, despida a su progenitor para seguir adelante con su carrera de artista que, por otro lado, empieza a cosechar éxitos que llaman la atención pública.

De este modo, uno de los niveles más definidos que tiene “Michael” es el problema con el padre. Es un nivel psicológico por el que intuimos una autoridad castrante por sobre una voluntad que lucha contra el miedo. ¿Hace Fuqua de su película un trabajo de análisis psicoanalítico? Por el sendero que toma la trama de su filme, puede parecer que sí: un niño apresado por el poder paternal (donde la madre termina siendo observadora), un joven que renuncia a ser alguien convencional para vivir del talento del que es consciente, un muchacho que, aunque quiere tener dominio de sí mismo, aún vive dentro del entorno y hogar familiar con el ingrediente de que su fama y fortuna mantienen a su familia. En otras palabras, se estanca emocionalmente en la niñez.

La sombra del padre es inminente a lo largo de todo el filme. Esto se puede constatar incluso con los tonos oscuros y sombríos, que permean la estética de “Michael”. Fuqua se esfuerza por representar al artista en su fractura interna, producto de una relación intensa y violenta con el padre, figura que, pese a que pueda ser discutible, en la película es presentada además como el catalizador de un trauma que debe resolverse. Michael Jackson, de este modo, abriga una tensión entre el sometimiento y la liberación a través de la creatividad, la innovación y, sobre todo, la música y la danza, considerados como lenguajes universales de paz y de sanación.

Si el padre es un tirano manipulador, Michael Jackson es mostrado en su inocencia y capacidad de adaptación. Fuqua, en este contexto, lo edulcora para lograr una conexión emocional y afectiva con el espectador, pues de lo que se trata es de poner de manifiesto que el abuso paternal, el terror que suscita su presencia, era uno de los medios característicos de la “formación” de los hijos en épocas anteriores y que hoy no son ni deberían ser válidos. En otras palabras, Michael Jackson fue víctima de la violencia intrafamiliar soterrada o naturalizada, hecho que le llevó a refugiarse en un mundo alternativo, cuyo efecto fue su propuesta de creación e innovación musical.

Y es acá donde está, en un segundo nivel, el relato sobre la cosmología de Peter Pan. Recordemos que este personaje nace en una obra de teatro y luego pasa a una novela para niños, “Peter Pan, el niño que no quería crecer”, del escocés James Matthew Barrie, la primera de 1904 y la segunda de 1911. Esta obra es mencionada a lo largo del filme por Fuqua mediante referencias visuales e incluso un diálogo en el que se insinúa que Michael Jackson quisiera irse a vivir definitivamente a Neverland (y que, sabemos históricamente, fue luego el lujoso rancho del artista ubicado en California donde fue a refugiarse, emancipándose de su familia). La obra de Barrie es sobre un niño que quiere salir del dominio violento de los adultos, pero queda atrapado siempre como un niño, toda vez que su infancia habría sido robada por aquellos: de este modo, como resarcimiento, se trataría de vivir siempre como un infante. Esto, desde ya, lo vemos en “Michael”. Psicológicamente, la presencia castradora de su padre, o dígase de una sociedad consumista que le exige ser exitoso y que le explota en su parte creativa, le hace creer que tiene la libertad para ser él mismo. El problema que se percibe es que, al refugiarse en una trama infantil al estilo de los cuentos de hadas, poblada además de juguetes y animales (donde hay ausencia de amigos o amigas reales), tenemos a un Michael Jackson vulnerable, un ser-niño que estaría inmovilizado en el cuerpo de un adulto.

Dicho esto, es claro que las intencionalidades que encierra el filme “Michael” son evidentes. Lo empalagoso de la trama hace que sospechemos de su construcción narrativa. El énfasis en la tensión con el padre tiránico hace que el trauma se vuelva demasiado sofisticado. La imbricación metafórica con el mito de Peter Pan de pronto hace dejar de creer en la problemática identitaria, que habría sido mejor explorada como un nivel argumental que, infelizmente, se deja de lado. Así nos damos cuenta, al ver los créditos de la película, que es una producción familiar de los Jackson para recuperar la imagen y memoria del artista, siendo, además, el sobrino quien lo interpreta; la cuestión de fondo es demostrar que Michael Jackson fue un músico que, como un ave fénix, siempre supo resurgir de su destino trágico. Fuqua juega con estas cartas y es consciente de que su película está bajo el control de la familia del artista. A este director lo conocimos por películas de acción o thrillers (“Día de entrenamiento”, “Lágrimas del sol”, “El justiciero” —en tres partes—, “Los siete magníficos”, “Emancipación”, etc.), lo que, no sé si es o no algo significativo, lleva a que “Michael” tenga un montaje bastante efectista. Desde ya, la reproducción de clips, de conciertos, de momentos histriónicos tiene ese dinamismo o movimiento intenso con el cual se busca enganchar al espectador. Esto se debe a que fue un director de una considerable cantidad de videoclips de voces afroamericanas como Chanté Moore, Christopher Williams, Prince, Stevie Wonder, Coolio, Lil Wayne, entre otros. Pese a ello, Fuqua se deja vencer por la presión familiar de los Jackson y desvanece la cuestión identitaria que podría haberse explotado mejor por encima del melodrama familiar.

Queriendo redundar sobre lo anterior, cabe decir que no es gratuita la referencia al álbum “Thriller” de Jackson y al videoclip dirigido por John Landis, además inaugurador del videoclip-filme. Y no solo esta canción, también “Beat It”, con referencia a la pelea de grupos de pandilleros. El giro hacia lo social es esbozado por Fuqua con estas dos canciones y el mismo álbum: una sociedad en la que la lucha por territorios urbanos entre pandillas permeaba la vida de la bien publicitada sociedad del bienestar norteamericana; las pandillas, los grupos violentos disconformes, los traficantes, ya habían minado a la sociedad, pese a que ello se consideraba algo ya convencional. Jackson-Fuqua llaman (tímidamente) la atención sobre este hecho y pretenden que, con la música y la danza, como formas de diálogo, todo este estado de violencia se pueda solucionar. Visto así, efectivamente, la cuestión es sensiblera, es decir, de mera intencionalidad sin involucramiento: solo se muestra que Michael Jackson pareciera ser un artífice místico que reúne a las pandillas y logra pacificarlas con su acción amorosa.

Con Slavoj Žižek sabemos que el zombi, más allá de la representación monstruosa del muerto que no termina por morir, es un síntoma del capitalismo, en el sentido de que es una pulsión del consumo vacío: el consumo no satisface el deseo, sino que devora ya sin conciencia. ¿No es este el caso de los delincuentes o extorsionadores que buscan minar la sociedad? Más allá de que sean los excluidos de la sociedad, son la negación de la misma humanidad; en el caso de lo que se podría suponer con Jackson, son la negación de la africanidad por la misma sociedad occidental que la esclavizó en su tiempo. En este sentido, “Thriller” es una especie de llamado de conciencia sobre esa otra sociedad, la afroamericana, vista siempre como un peligro. Fuqua desaprovecha este pasaje, aunque nos recuerda que el nacimiento de dicho álbum y las canciones estaban determinadas por una cierta vocación crítica y social. Dicho de otro modo, en realidad “Michael” desaprovecha las dimensiones sociopolíticas de Michael Jackson para solo redundar en su trauma infantil. En todo caso, creo que dicho aspecto incluso aún no ha sido investigado, y menos tratado por la crítica especializada. Habría que hacer una mejor revisión de los videoclips de Jackson y pensar su mirada política, por ejemplo: “They Don’t Care About Us”, dirigido por Spike Lee; o “Black or White” del propio Landis; “Bad”, dirigida por Martin Scorsese; o incluso “Ghosts”, que además fue guionizada por Stephen King.

Para finalizar, diré que, frente a los últimos biopics que hemos visto en los recientes años, tales como “Bohemian Rhapsody” (Bryan Singer, 2018), sobre Freddie Mercury, “Rocketman” (Dexter Fletcher, 2019), sobre Elton John, e incluso “Elvis” (Baz Luhrmann, 2022), “Michael” es una película menor por ser efectista, plana y hasta a veces tediosa. Cabe entonces desconfiar de este tipo de productos por más que apelen a nuestra memoria de los tiempos vividos alrededor de estos artistas.

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