La mirada de Dios
Recientemente ha ocupado -y sigue ocupando, lamentablemente- importante espacio y tiempo en la agenda de discusión de la sociedad, la “alta” importancia del físico (principalmente el rostro y el cuerpo) de las personas (tendiendo a que más envidiable es un determinado rostro y un puntual cuerpo si estos tangibles más se acercan al estándar que muchas personas han fijado como “ideal”: en sí, una fachada bonita). Ciertamente aquellas voces que se han referido al mencionado tema lo han vinculado prácticamente al contexto sexo-afectivo. De ahí que, estimo oportuno brindar una visión que considero genera y generará más provecho que la que actualmente ha cobrado fuerza y circula con mayor frecuencia en las calles de las redes sociales.
¿Una persona vale más que otra? Si mejoro la interrogante proporcionando información: ¿La persona ‘A’ vale más que la persona ‘B’?, si la persona ‘A’ posee una cara más agraciada que la persona ‘B’. En línea con lo anterior: ¿‘A’ vale más que ‘B’?, si ‘A’ posee una estructura corporal ajena al sobrepeso que ‘B’.
Una buena parte de la sociedad está propicia a responder afirmativamente. Ahora bien, mi lectura empieza en el momento de señalar que dicha respuesta fue mayormente concebida desde la audacia, la subjetividad y desde una frontera donde se experimenta insensibilidad al dolor emocional humano, por lo tanto se vuelve injusta. Y es que es absolutamente audaz adjetivar a una persona y llegar a cuantificar su valor exclusivamente por cómo luce a nivel de su físico. No estoy aseverando que se esté hablando de mínimos (limpieza básica). Sí se está hablando de todo lo visual: ¿Esa persona tiene una cara bonita? ¿Esa persona tiene un cuerpo “de guitarra”? O, si utilizamos expresiones más coloquiales: ¿Esa persona es voluptuosa (como Yayita, parte del universo de Condorito)? Es evidente que cuantificar a una persona por su aspecto físico recae en la subjetividad, a priori. Profundizando, ese acto de valorar a las demás personas (generalmente de un hombre a una mujer, o viceversa; en las relaciones interpersonales) únicamente por su composición física configura una especie de selectividad que lacera los principios y valores comúnmente conocidos, va en detrimento y hasta en anulación de la dignidad humana y que ha optado por insensibilizar la situación y circunstancias de aquella persona que, para una parte de la sociedad, puede resultar menos agraciada.
Para una persona con dificultades en su peso corporal (sobrepeso) es toda una tarea cuesta arriba alcanzar el equilibrio en pro de su salud física. Para una persona con un rostro azotado por el acné, por ejemplo, se torna altamente complicado abrazar el balance y con ello sus tejidos y todo su organismo funcionen de forma regulada. ¡Y lo ya indicado es solo lo visible! Lo que no es posible visualizar es el estado en el plano emocional. Una persona que día a día debe lidiar con otras personas que provienen de aquel sector de la sociedad que prioriza y brinda sólida importancia al físico, y con esa vara ejerce la distinción, es susceptible a la ruda comparación y es conducida a que se auto-cuestione: ¿Por qué no soy como tal persona con un rostro hermoso?, o ¿Por qué no soy como aquella otra persona que goza de notorios atributos físicos (glúteos, mamas o músculos)? Y, al no poder resolverlos, al menos en el corto plazo, termina cayendo en la frustración, en la impotencia, en el auto-castigo y en la nula auto-compasión. Por lo que, se atribuye que no es suficientemente simpático(a) para el sexo opuesto, que es merecedor(a) al rechazo permanente, y que no cuenta con los méritos para amar y ser amado(a). Esa novela que viven todo el tiempo aquellas personas con dificultades en su físico (por razones que van desde lo genético hasta lo provocado por desórdenes alimenticios, por citar un motivo) produce sufrimiento; genera afectación y duele. Y todo aquello, al no poder ser recogido por el ojo humano que de forma poco misericordiosa califica y valora por “el importante aspecto físico” ocasiona que el juzgamiento sea vacío al éste ser incapaz de incluir la variable emocional.
Un rostro que “llame la mirada de otras personas” por su “belleza”, o un cuerpo que “despierte la atención” por ser lo más similar a la silueta de una guitarra, es vencible por el factor tiempo. Es decir, con el transcurso del tiempo el individuo va acumulando años y con ello aparecen las arrugas, el cabello se torna blanco, la piel pierde textura lisa… cambios que se simbolizan en envejecimiento. Lo que un día fue, un velo atractivo, ya no lo es ni lo será. De esa manera, lo que para una fracción de la sociedad es importante, es atractivo, termina no siéndolo dado que si fuera importante se mantendría e incrementaría cada vez su valor.
La conclusión de mi visión es clara: lo que se mantiene y perdura son los sentimientos, cimentados en la nobleza, la bondad, la sinceridad… la capacidad de amar a Dios, amarse y amar. Esos intangibles sí logran que una persona valga, al grado de ser invaluable. ¿Y si nos atrevemos a ir contra corriente y empezar a valorarnos y valorar por la belleza del alma? En lo que a mí respecta, trabajo para día a día llevarlo a cabo. Esa es la mirada de Dios y nos edifica a todos.
