La difícil o loable labor del médico
Siempre suelo plantear alguna cita de un film conocido dado que considero que coopera mucho para poder ilustrar una determinada idea y con ello mejora la comprensión de la misma. En un fragmento de la película “Hard to Kill”, protagonizada por el actor Steven Seagal, (él) el reportero le dice a la enfermera, luego de que ella se sorprenda por los conocimientos que él tiene sobre Artes Marciales y le haya expresado la necesidad de poder contar con puntuales hierbas para realizarse acupuntura (parafraseando): ‘Le pedí a mi Maestro de artes Marciales que me enseñe a pelear, porque quiero ser grande (grandioso). Él me dijo: Ah, con que quieres hacer daño con tus manos. Bien, déjame decirte que es muy fácil lastimar. Y debes saber también que si quieres ser grande entonces debes aprender a cómo sanar a los demás. Eso te hace grande (como persona). Lastimar es sumamente sencillo’.
Ahora bien, en lo que a mí respecta, estoy atravesando una situación que encasilla en una calamidad doméstica. Mi Madre ha venido viviendo una odisea desde que decidió someterse a una intervención quirúrgica meses atrás. ¿Odisea? Sí, dado que recientemente descubrimos que el primer galeno (quien la operó) no hizo su labor como debía, sino que su perfomance ‘da mucho qué decir’; de hecho, a criterio de una persona con mínimos o escasos conocimientos en medicina, puede ser calificado el resultado como horroroso. De ahí que, con el transcurrir del tiempo, y al vivir el proceso de recuperación/sanación de forma indirecta (al estar presente en todos los procedimientos que le han realizado), el mismo ha sido sumamente doloroso, ‘pesado’, triste y hasta cruel.
De esa forma, he visitado una cantidad considerable de consultorios médicos, y he conocido, en la misma proporción, a personas formadas en medicina. Hay “de todo” como en la Viña del buen Dios, y me atrevo a calificarlos en dos grandes grupos: aquellas personas cuyos consultorios “se quedan pequeños” por la cantidad de cuadros con títulos y certificados de capacitación, pero su esencia como persona (calidad humana) es fría, con escasa empatía e indiferencia… Sí, creo que el adjetivo que mejor describiría la actitud de estas personas es la de indolencia y de “un paciente más (como los que esperan en la recepción)… un consultorio médico donde se dan permanentes rutinas, no citas médicas: contacto visual mínimo, escucha y hasta una palabra de aliento para ofrecer ya son acciones que se han olvidado, y la tristeza e incertidumbre de la persona con dolencia son los atributos característicos en los pacientes. Y, en la otra orilla, existen (gracias a la bondad divina) aquellas personas bien entrenadas, científicamente hablando, donde el rasgo característico de estas almas es los altos quilates profesionales y éticos, pero igualmente se percibe y se experimenta, posteriormente, que también hay quilates y quilates morales, humanos y de fe. Contacto visual en todo momento, la escucha es atenta y primordial, el acompañamiento es un hecho: “tranquila(o), vamos a salir adelante siguiendo la recomendación médica y teniendo fe”. Son profesionales de la salud que también han formado familia o son parte de ella, como ustedes y como yo. Que sienten, que se derrumban, que se frustran… que tienen días maravillosos y días muy extenuantes… pero que ejercen la medicina con vocación, al amparo de la fe y del juramento hipocrático, y cuyo objetivo es mejorar la calidad de vida de quienes acuden a los espacios de atención desde donde laboran.
Lo anterior me llevó a preguntarme: ¿Es difícil o es loable la labor del médico? Y, bajo el razonamiento anterior, puedo esgrimir: para quienes “su corazón es poco blando”, la medicina se torna rutinaria y hasta difícil (estas personas desearían tener más tiempo para atender a más pacientes, ya que creen que la premisa es: más pacientes se atienden, más fama acumulo… una situación donde el sanar se desplazó por el ego). Mientras que, para quienes “su corazón es mayormente blando”, la medicina se torna una vivencia de amor: aman su profesión, la practican con vocación, y transmiten a los pacientes: “Tú la estás pasando mal; la estás sufriendo… Lo sé, no soy indiferente… te expreso que, de cierta manera, estoy contigo y si sigues mi recomendación ‘de esta’ vamos a salir”.
Es para este último segmento de profesionales de la salud que perfectamente aplica y puede ser descrito con la enseñanza del fragmento del film protagonizado por el actor Seagal: “Tú, médico, quieres ser grande (quieres ser “famosa(o), si acaso aplica)? Bueno, es fácil jactarse por tener muchos pacientes… es fácil mostrar “nervios de hierro” para así evitar al máximo quebrarse… es simple que todos se formen una idea de ti (que no contestas los mensajes en el teléfono porque siempre estás indisponible… que te muestras inviable o incómoda(o) ante quien pueda comentarte que no llegó a cubrir el 100% el costo de tu consulta…)”. Para ser grande debes aprender primero a aliviar… a sanar… a dejar en mejor posición de salud física (aunque no siempre se puede, dado que hay casos que, naturalmente, escapan de la intervención humana) y de ánimo a quienes te buscan… Para ser grande debes aprender a ser una persona con un corazón blando, donde la belleza de tu alma sea la que te defina como grande.
Mi respeto y admiración a aquellas y aquellos que conforman el frente de quienes he definido como médicos con corazón ardiente de amor. Dios me ha acariciado conociendo a varias personas de este segmento; un ejemplo que merece ser citado, en Guayaquil, es tanto la Dra. Karla Cruz así como la Dra. Monserrath Acosta. A ellas, damas valiosas; y a quienes con la medicina sanan y llegan a la profundidad del corazón de los pacientes: que Dios y la Virgencita Dolorosa los bendigan y que ustedes sigan impulsando con su forma de actuar a sus colegas a emular lo auténticamente importante: el amor en la profesión.
