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Entre la plaza vacía y la cédula mutable: Ni toros ni razón

En el Ecuador contemporáneo, la jurisprudencia constitucional parece haber ingresado en un territorio donde la razón jurídica se disuelve en una suerte de voluntariado ideológico, en donde se infantiliza el derecho y politiza la identidad.

La reciente interpretación de la Corte Constitucional respecto a la posibilidad de que menores de edad escojan su género en el documento de identidad, constituye más que un avance del derecho, una muestra paradigmática de cómo el neoconstitucionalismo, mal entendido, puede devenir en un laboratorio de experimentación social, no cabe duda que, estamos frente a magistrados en modo “revolucionario”.

Desde una perspectiva liberal clásica, el derecho tiene como función esencial proteger libertades, pero también garantizar coherencia normativa y seguridad jurídica, no se trata de negar la dignidad de las personas, ni sus derechos fundamentales, sino de advertir que el sujeto titular de derechos -en este caso el menor de edad- carece por definición jurídica y filosófica, de plena capacidad para adoptar decisiones de esa magnitud identitaria sin la debida ponderación de las consecuencias. Como advertía Friedrich Hayek “el peor uso de la razón es pretender rediseñar la sociedad ignorando sus límites”.

Lo que resulta particularmente irónico y profundamente revelador, es la doble moral de ciertos sectores académicos y judiciales, claramente influenciados por corrientes de izquierda radical, que hoy celebran la “autodeterminación” infantil en materia de género, pero que durante años defendieron restricciones paternalistas en otros ámbitos.

No olvidemos que, bajo el influjo del socialismo del siglo XXI, se prohibieron las corridas de toros, no por convicción ética universal, sino por cálculo político y novelería progres, y, se vetó la presencia de menores en espectáculos considerados “inapropiados”, en ese entonces, el menor era un sujeto a proteger, hoy en cambio, es súbitamente un sujeto plenamente autónomo… siempre que su decisión coincida con la narrativa ideológica dominante... en la Corte.

La contradicción alcanza niveles de absurda tragicomedia, un menor no puede asistir a una plaza de toros, pero sí puede redefinir su identidad jurídica, no puede participar de tradiciones culturales, pero sí puede incidir en categorías antropológicas fundamentales. Y como si ello no bastara, durante la década robada, se toleró con una cuestionada tabla de consumo y acceso de jóvenes a sustancias estupefacientes, en nombre de una supuesta política progresista, recientemente corregida -afortunadamente- por el actual gobierno.

Aquí no estamos ante una expansión genuina de derechos, sino ante una mutación conceptual donde el derecho deja de ser un sistema de límites para convertirse en un instrumento de validación ideológica. La Corte, en lugar de ejercer su rol de guardiana de la Constitución, parece haber asumido el papel de intérprete militante de una agenda que privilegia el simbolismo sobre la prudencia.

Por todos es conocido aquello de que la libertad sin responsabilidad no es libertad, es caos, y en ese caos normativo, el Ecuador corre el riesgo de perder algo más que coherencia jurídica, pierde la noción misma de la realidad sobre la cual se edifica el derecho.

El día en que todo se empiece a redefinir de acuerdo con el arbitrio de la voluntad, peor aún de una voluntad inmadura, el Estado de derecho dejará de ser un pilar civilizatorio para convertirse en una ficción retórica, sin vuelta atrás...

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