El silencio de los inocentes
Aunque el titular de esta columna es el mismo de aquel film protagonizado por el actor Anthony Hopkins, lo estimo sumamente preciso para enlazarlo con el tema que he seleccionado para compartir: el Día del Padre, mismo que fue conmemorado hace pocas horas. No me atrevo a decir que existan progenitores desnaturalizados que sean absolutamente culpables, dado que ellos, de forma inconsciente, han ‘repetido la película’ que ellos vivieron, a su vez, producida en ellos por sus progenitores. En todo caso, y para ser mayormente precisos, hay quienes están sufriendo en silencio y cuyo dolor se agudiza en la conmemoración del día dedicado al progenitor: las niñas y los niños que han sido abandonados, invisibilizados, desterrados (emocionalmente hablando), paradójica y lamentablemente, por sus propios padres.
Es altamente posible que alguno de nosotros hayamos podido notar, en alguno de los círculos en los que nos movemos, que un niño o una niña muestra inconformidad cuando el padre: “no llamó para su cumpleaños”; “ofreció algo, no necesariamente material, sino también inmaterial; y no cumplió con ello”; y hasta “se justifica en cuanto a su no presencia, física o virtual, al públicamente brindar y referir que tiene mayor importancia su trabajo, sus momentos de recreación, o hasta los hijos que mantiene en otros compromisos aperturados”. Esta inconformidad tiene como manifestación desde las rabietas y los enojos de amplio tiempo hasta los momentos considerables de tristeza que rozan en trastornos mentales como la depresión y la ansiedad; inconformidad que en primer momento toma cuerpo del menor, pero que tiempo después evoluciona a una situación donde el menor abraza la resiliencia pero se vuelve insensible al grado de mostrar cero afecto para con su progenitor, con lo cual su reacción es exactamente la misma ante algún evento, positivo o negativo que atraviese su progenitor: la indiferencia. De esa forma, el abismo que progresivamente se expande en el corazón del menor por parte de su progenitor se desplaza hacia el progenitor por parte del menor, como una especie de mecanismo de autodefensa. Triste. Sumamente triste. Pero esto es así. Es la realidad.
Esta realidad descrita, reitero, es vivida por muchas niñas y niños; realidad que gravita en todo el mundo. Los menores la están pasando mal. El asunto estriba en que dicho malestar que irrumpe y forza a que su estado de ánimo y conducta, y consecuentemente su vida sea no funcional, no “sumerge a la superficie” para poder apreciarlo. He ahí el nudo crítico en la población de menores. Así se justifica que los inocentes estén en silencio tolerando, soportando, sufriendo y respirando con una llaga abierta: ¿Por qué mi Papá no está aquí cuando lo necesito (y mi amigo de la escuela sí lo tiene)? ¿Acaso valgo poco para mi Papá? Ni siquiera le he pedido algo material; solo he querido que esté aquí conmigo (en una fecha festiva en la escuela; en la celebración de su cumpleaños; a una reunión de padres de familia para que me defienda por una acusación injusta o un ataque sistemático de bullying). Es más, los cuestionamientos del menor consigo mismo suelen ser más lacerantes: ¿No valgo lo suficiente o no soy la hija/el hijo que mi Papá quería? Hay un silencio de los inocentes perpetuo; silencio que, ilógicamente, es tan pero tan profundo que si nos detenemos un poco más en intentar percibirlo, puede ser sentido.
El Papa León XIV lo ha manifestado en cuanto a que el matrimonio, y, la acción derivada de ser padre de familia es un don, no una decisión per se. Este regalo divino, a mi juicio, es mancillado y escupido por aquellos compañeros hombres que han pensado en todo (en qué tan placentero será la relación sexual… o hasta en tener todo listo para coaccionar al aborto) pero menos en lo que implica recibir de Dios la maravillosa noticia del misterio de ser Papá. Hay quienes llegan al límite de “asumir con cierto nivel de sinverguencería” que sean demandados ante el aparato judicial y, en rebeldía, ser responsables y asumir, al menos económicamente, su rol ante la sociedad y sobre todo ante la(s) criatura(s).
Y aún así, en esa posición, en vez de aprovechar la oportunidad para redimirse y mejorar como persona y hasta buscar subsanar su cobarde decisión “de desentenderse” para hoy llegar a ser un figura de sostén firme y seguro para un menor (que lleva su sangre sobre sus venas), se limitan a cumplir con las órdenes de autoridad competente (depositar dinero con cierta frecuencia). Son padres ausentes completamente. El dinero, el bendito dinero, un objeto material sin sentimientos, frío y que nada tiene que ver con las relaciones interpersonales es visto como el padre, por los mismos padres. La idea de ser Padre cada día se distorsiona a través de un entorno donde los padres dicen: “soy proveedor y ya, y eso es más que suficiente”. Si me permiten: ustedes están reduciendo a una mera transacción comercial un don que, cuando cerremos los ojos permanentemente, nos será duramente recriminado por Dios por haberlo administrado de la forma más inhumana posible.
Siendo justos, también hay Padres a quienes coloquialmente se les conoce como “Padres luchones”. Progenitores que día a día se “sacan la Madonna” por conseguir “todo lo materialmente posible” para su(s) hijo(s), sino, sobre todo, son una fuente de admiración, de liderazgo, de amor, de compresión y de disciplina, y de crecimiento personal bajo la triada humana, emocional y espiritual. Estos padres administran bien el don recibido por Dios, haciendo lo que mayormente pueden, y aún cuando la limitación de los recursos con los que cuentan es una significativa limitante. ¡Cuánta falta hacen Padres como los descritos en este párrafo, a la luz de San José, esposo de María!
En lo que a mí respecta, no juzgo a mi progenitor. Ciertamente que quien viene a este mundo aspira y espera, inconscientemente, tener a su padre como referente, como refugio, como mano de apoyo, luego de la madre. Con total transparencia fui parte de aquellos inocentes que en silencio venían desgarradoramente expresando gemidos por el dolor de no tener a un Padre Luchón. No obstante, el buen Dios hace lo que quiere, y en mi vida (sin temor a equivocarme) me brindó una Madre que da -y sigue dando- su vida por mí; y, como Padre, el buen Dios se da -a mí y a quienes están como lo estoy yo- a Él mismo para aliviar esas heridas; heridas claras que provocan llanto; heridas que, gracias a la voluntad divina, no opté por volverme indolente como es el triste destino del silencio de los inocentes.
