Violencia, violencia
Son las 16h en Guayaquil. Estoy sentado en un café de la ciudad y me dispongo a poner en orden las ideas para escribir mis notas editoriales que se publican los martes en El Telégrafo. La ciudad me mira y yo miro violencia y miedo. Violencia en las paredes, en las esquinas desnudas y en las calles despojadas de nombres y pureza. No hay santos ni puros en Ciudad violenta: cualquiera te puede robar, cualquiera puede ser sicario. Ciudad de la violencia. Roban, matan, secuestran, extorsionan, amenazan. Nadie se salva. Aquí cualquiera puede ser salvajemente vacunado o secuestrado para que pague la vacuna. Ahora sabemos bien que las amenazas de los vacunadores hay que tomarlas muy en cuenta.
¿Cómo nos convertirnos en la ciudad del mal? ¿En qué momento nuestras ciudades se convirtieron en sangre y bala? Como sociedad y comunidad hemos fracasado en crear e imponer una cultura de paz. El estado de derecho está quebrado y seriamente lesionado. Yo exijo que se den a conocer los nombres de todos los fiscales y jueces que sueltan a delincuentes.
Realmente a todos nos han dado bala para doblegarnos y permitir que los delincuentes nos ganen la moral. ¿Cómo permitimos ésto? Ver la invalidez nuestra con las bandas de delincuentes que se matan todos los días en guerra por territorio: los dioses han dejado de vernos porque temen que hasta a ellos les lleguen los tiroteos. 'cuidado cuidado porque el pan nuestro de cada día es la violencia".
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