Vericuetos oscuros del mercado
Las primeras expresiones de “la cultura” en la humanidad son antiquísimas. Algunas pueden observarse en las paredes de famosas cavernas oscuras y escondidas desde hace 30 mil años en Europa (Altamira, en España y Lascaux, en Francia), cuando los integrantes de la comunidad intercambiaban sus objetos, y otros pintaban escenas de cacería que hoy reconocemos como arte rupestre.
Que algo no sea mercancía significa que existe una lógica social distinta a la lógica del mercado, que es capaz de aislar ese algo de la desenfrenada mecánica de la oferta-demanda-precio. Los derechos humanos, los derechos de la naturaleza, el amor maternal, la solidaridad no tienen precio. No han sido mercantilizados no porque el mercado no haya tenido interés, sino porque la sociedad –incluso la sociedad capitalista– los considera valores superiores. Son valores sociales superiores por decisión social, no por decisión del mercado. Los valores son distintos a los precios; por ello solo el necio confunde valor con precio, como dice el poeta.
Podríamos entonces pensar que la sociedad puede delimitar el mercado para aislar ciertos valores superiores y protegerlos de aquella lógica desenfrenada de acumulación. Esto nos probaría que existen ciertos valores humanos que por decisión de la sociedad no tendrían que ser parte de las lógicas de acumulación capitalista. La cultura, en sus diferentes expresiones, podría ser uno de esos valores aislables por considerarlos socialmente superiores.
Sin una forma organizada de expresión social de lo que la sociedad considera como valores culturales superiores esto sería inconcebible. ¿Veedurías, consejos ciudadanos, talleres? Solo pensar en una alternativa de esta naturaleza podría parecer algo utópico. Imaginemos por ejemplo la reacción que tendrían la Sony Corp. o Ecuavisa o Caracol de Colombia, como pequeños ejemplos de la industria que genera la cosificación de la cultura para expandir su auto-acumulación.
Habría otra alternativa, de más largo plazo, menos estructurada, más silenciosa y dentro de una sociedad igualitaria: la promoción de una ciudadanía crítica, incluida, verdaderamente libre para elegir la cultura que desea disfrutar (¡ya no consumir!). Algo auténticamente capaz de contrarrestar el avasallador poder de quienes querrán seguir ofertando “patrones del mal” para el consumo masivo que genera el beneficio lucrativo individual. De esa manera, podríamos detener la incontenible fiebre del capital.
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