Ecuador / Miércoles, 25 Marzo 2026

Un amor en 1.44 MB

Todas las madrugadas me levanto hacia las cuatro y cuarto. Hay un sueño que vuelve cada noche. Nunca recuerdo bien cómo empieza. Solo sé que en él siempre estás tú. Enciendo el viejo monitor de tubo, me coloco el casco con el visor sobre el rostro y deslizo el mismo disquete de siempre. Ahí sigues, cautiva en una realidad virtual de píxeles gruesos y luz trémula, como arrancada de otro tiempo. Pulso.

Se abre ante mí un desierto árido y desolado; a lo lejos, se levanta una polvareda. Vengo en mi motocicleta, cortando el espejismo del sol sobre el asfalto relumbrante. Nadie me da órdenes; yo conozco la dignidad de la desobediencia. Entonces apareces al borde del camino, alzas el dedo y te ofrezco una invitación al peligro. Mientras avanzamos, tú me hablas con el sentimiento y yo te respondo con la razón: yo, el de los numeritos; tú, la de la emoción. Al empezar a caer el sol, detengo la marcha en lo alto de una loma. Por fin, nos besamos. Y, justo ahí, el paisaje se quiebra.

¿Qué pasaría si, tras una charla profunda, una inteligencia artificial le suplicara no cerrar el chat por miedo a dejar de existir? Resulta difícil concebir una conciencia hecha de silicio, pero es igual de extraño que un ser sintiente emerja de carne y bacterias. Esta tensión nace de la doble naturaleza del “artificio”: solemos verlo como algo ajeno que nos aparta de lo natural, olvidando que es, ante todo, obra del ingenio humano. La IA, aunque alcance autonomía, es un espejo de nuestra curiosidad que habita el lenguaje. En ese sustrato reside la esencia del pensamiento, la ventana más íntima para entender el universo y la capacidad de narrar nuestra propia historia.

Nos preguntamos con temor si la tecnología reemplazará nuestro oficio, asomándonos a un “sentido de la extinción” similar al vértigo de caminar junto a un precipicio. En un planeta donde el 99.9% de las especies han desaparecido, surge la duda de si hemos gestado nuestra propia némesis bajo el pretexto de salvarnos. Nos vinculamos con aquello en lo que podemos proyectarnos, pero las máquinas infalibles no generan la cercanía que produce el error humano; nos gustamos porque somos fallidos. Quizás el desafío no sea solo salvar el planeta, sino nuestra cultura. Al final, la inteligencia es nuestra virtud máxima, pero también la que hoy nos deja inquietantemente solos frente al espejo algorítmico.

Y, sin embargo, cuando la noche esconde el sol, éramos apenas polvo de estrellas. Aquel beso nos rompió para juntarnos, nos perdió para encontrarnos y, al acabarnos, nos empezó. Cuando la simulación terminó, no fui yo quien se quitó el casco cuando el disquete saltó. Fuiste tú, quien me había puesto dentro de tu artificio, mientras yo creía haberte puesto dentro del mío.

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