Think tanks y la universidad
La universidad ecuatoriana atraviesa un momento de cierta desconexión con la sociedad, influido por un conjunto complejo de normas poco articuladas con el contexto y por un apoyo estatal que podría fortalecerse. En este escenario, gran parte del conocimiento que produce no siempre logra proyectarse más allá de los espacios académicos: tesis que permanecen archivadas, artículos que circulan principalmente entre especialistas y debates que rara vez trascienden sus paredes. Al mismo tiempo, muchas decisiones públicas continúan tomándose en contextos de urgencia e improvisación donde no siempre se logra incorporar de manera suficiente la evidencia y el conocimiento disponibles.
En otros países, esta distancia entre conocimiento y acción se ha reducido gracias a los think tanks: espacios donde investigar no es solo acumular saber, sino transformarlo en propuestas concretas para influir en la política y en la sociedad. Como advierte el politólogo Oliver Stuenkel, estos centros funcionan como verdaderos puentes entre la academia y el poder, ayudando a anticipar problemas y a pensar soluciones.
Un ejemplo cercano es la Fundação Getulio Vargas, en Brasil, reconocida como uno de los principales think tanks del mundo, llegando a ubicarse entre los cinco más influyentes a nivel global. Su fortaleza radica precisamente en lo que muchas universidades aún no logran: combinar investigación rigurosa con incidencia efectiva en políticas públicas, formación de alto nivel y diálogo permanente con el Estado.
En el Ecuador, ese puente sigue siendo débil. Y no porque falten ideas o talento en nuestras universidades, sino porque no hemos logrado convertir el conocimiento en incidencia real. La universidad, en muchos casos, se ha acostumbrado a cumplir con sus propias reglas: publicar, investigar, evaluar y aceptar la burocracia académica con único fin de incrementar la tasa de matrícula. Todo eso es importante, sí, pero no suficiente. En ese camino, hemos terminado confundiendo producir conocimiento que no se usa con transformar la realidad que necesitamos. Vale la pena hacerse una pregunta sencilla, pero profunda: ¿para quién investiga la universidad pública? Si la respuesta no incluye de forma clara a la sociedad, al Estado y a los problemas concretos del país, entonces algo no está funcionando. Y en ese vacío, otros actores, como la iniciativa privada que busca maximizar sus utilidades mediante consultoras, organismos internacionales o centros de pensamiento externos, terminan ocupando el lugar que la academia podría y debería tener.
Hablar de think tanks no significa convertir a la universidad en un actor político partidista ni renunciar a su independencia. Significa, más bien, asumir que el conocimiento tiene un propósito público y con una lógica de reciprocidad. Que investigar también implica explicar, dialogar y proponer. Que las ideas cobran sentido cuando ayudan a mejorar la vida de las personas. Este reto no es menor. Implica cambiar formas de trabajo, valorar no solo lo que se publica, sino también lo que se logra transformar realmente, y formar profesionales capaces de moverse entre la academia y la práctica. Implica, en el fondo, que la universidad deje de mirar los problemas desde la distancia del Olimpo y se anime a ser parte de las soluciones. Nuestro Ecuador no necesita menos conocimiento. Necesita que ese conocimiento se convierta en decisiones, en políticas y en un futuro humanizado y sostenible tal y cual trabajan los think tanks de otros países.
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