PERÚ: La política se derrumba, pero la República resiste
En el Perú contemporáneo, la política parece haberse convertido en un carrusel sin frenos, presidentes destituidos, mandatarios investigados y otros presos, reuniones opacas y reservadas con proveedores del Estado, visitas nocturnas en el Palacio de Pizarro y una sucesión que ya no escandaliza, sino que se ha vuelto rutina. La democracia peruana vive en permanente sobresalto, como si cada semana se escribiera un nuevo capítulo de una tragicomedia institucional. Sin embargo, contra todo pronóstico, el país no ha colapsado, la economía está en orden, a pesar del caos evidente en el Palacio.
La llegada del octogenario José María Balcázar al poder interino, en medio de polémicas y aberrantes convicciones, en un escenario electoral con 32 candidaturas rumbo a las elecciones de abril, no ha provocado una crisis sistémica. Aquí radica la paradoja peruana, mientras el sistema político se descompone, el Estado sigue funcionando.
Las cifras oficiales ayudan a entenderlo. En 2025, Perú registró un superávit comercial histórico de más de 34 mil millones de dólares, con exportaciones que superaron los 93 mil millones. Al mismo tiempo, la inversión extranjera directa superó los 6.700 millones de dólares anuales en los últimos ejercicios. Es decir, el mundo sigue confiando en el Perú, incluso cuando los peruanos dudan de su clase política.
No es que la democracia esté sana, es que ha desarrollado anticuerpos para sobvrevivir.
La debilidad estructural de los partidos, convertidos muchas veces en maquinarias silenciosas de intereses antes que, en proyectos ideológicos, ha fragmentado el poder hasta volverlo inestable. Pero esa misma fragmentación ha impedido la captura total del Estado, la tecnocracia económica, el Banco Central, los organismos recaudadores y el aparato exportador funcionan como un “Estado profundo” que sobrevive a los vendavales políticos.
El resultado es un país donde la política incendia titulares, pero la economía mantiene el piloto automático. Mario Vargas Llosa lo expresó con claridad al afirmar que “la democracia no es perfecta, pero es perfectible, y en el Perú ha demostrado una notable capacidad de resistencia”. Esa resistencia explica por qué, pese a los escándalos, las destituciones y el descrédito, la República no se ha desplomado.
Pero la lección no debe confundirse con complacencia, una democracia que sobrevive gracias a su economía, y no a su legitimidad política, es una democracia en riesgo. Si las elecciones de abril no reconstruyen la confianza y si el sistema de partidos no deja de operar a la sordina, el Perú podría descubrir que la estabilidad económica no siempre basta para sostener la arquitectura institucional.
Por ahora, los Incas resisten. La pregunta es: ¿hasta cuándo podrá hacerlo sin reconstruir su política?
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