Patología del totalitarismo
La historia da cuenta de que en el mundo el autoritarismo ha estado siempre presente, y que no ha sido exclusivo de alguna ideología, puesto que tanto en la izquierda como en la derecha han surgido líderes inclinados a concentrar el poder, limitar libertades y gobernar con nulos controles democráticos. Ningún país está exento de sufrir esa deriva patológica que vacía de contenido real a la democracia, las leyes, la justicia y los controles.
Dentro del nacionalismo extremo, militarismo y defensa del orden tradicional suelen citarse casos de líderes autoritarios de derechas como los de Hitler en Alemania, Mussolini en Italia, Franco en España, Pinochet en Chile y Videla en Argentina; y, de izquierdas vinculados a regímenes comunistas o revolucionarios con partido único como Stalin en la ex URSS, Zedong en China, Castro en Cuba, Pot en Camboya e Il-sung en Corea del Norte. Más recientemente, en el primer grupo estarían Putin en Rusia, Erdogan en Turquía, Orbán en Hungría y Bolsonaro en Brasil; y, en el segundo, Maduro en Venezuela, Díaz-Canel en Cuba, y Ortega en Nicaragua. Algunos también ubican en la línea autoritaria híbrida-competitiva a Correa en Ecuador, y Chávez en Venezuela; Evo Morales en una línea democrática con tendencias hegemónicas, los tres cultores del fallido socialismo del siglo XXI. Los casos de Jinpin en China, Jong-un en Corea del Norte, y Kagame en Ruanda suelen considerarse dentro del “autoritarismo pragmático”.
Algunos patrones comunes de los líderes autoritarios, más allá de la ideología, son la concentración del poder, la supresión de la oposición, el control de la información, el culto a la personalidad, y el uso del miedo y la represión. Esta inclinación, además, suele controlar y manipular elecciones, dominar a los medios, adecuar la normativa constitucional y legal para legitimar el poder, criminalizar la disidencia, apelar al nacionalismo o implantar una narrativa ideológica fuerte. Todos repelen a la justicia.
No existe autoritarismo plausible, siempre será temible, porque puede golpear las columnas vitales de un país, toda vez que lacera la democracia y las instituciones, produce miedo, polarización y migración, crea ineficiencia y corrupción en orden a oscuros intereses, y viola derechos humanos.
En todo tiempo, los ciudadanos debemos estar alertas, para impedir que una tendencia tiránica enraíce y crezca, y así preservar la esencia de la democracia, por imperfecta que ésta nos parezca.
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