Nueva luz en EE.UU.
Confieso que fui uno de los millones de habitantes de la tierra que expresé públicamente la congratulación al mundo porque había ganado las elecciones presidenciales de EE.UU. el afrodescendiente Barack Obama, quien conquistó la simpatía mayoritaria universal por ofertas que, aparentemente, eran sencillas de aplicar, como cerrar la cárcel de Guantánamo o racionalizar el régimen carcelario con base en los derechos humanos; terminar con el ficticio pretexto del genocida bloqueo unilateral y abusivo contra Cuba, que por 22 años consecutivos ha sido condenado por ilegal y absurdo por el plenario de las Naciones Unidas; dejar en libertad a los 5 patriotas antiterroristas cubanos; reconocer que no hubo razón para bombardear Irak donde nunca encontraron las armas de destrucción masiva, etc., etc., etc.
Sus partidarios nos ensartamos y fuimos víctimas de un espejismo que nos llevó a decir: “gringo es gringo”, lo que es un error pues todo un pueblo como el norteamericano no puede cargar la culpa de quien, como Obama, no tuvo la entereza de rebelarse contra los designios de las transnacionales, es decir, la derecha más recalcitrante…
Preámbulo para congratular a la comunidad neoyorkina por haber propinado una promisoria derrota al candidato republicano y ungir al demócrata Bill De Blasio, un fornido gigantón de ancestro italiano, totalmente antirracista, casado con una morena luchadora con la que pasó su luna de miel en Cuba, amigo de los sandinistas de Nicaragua, considerado un hombre activista de su partido Demócrata, según las versiones de las redes sociales.
Siempre hemos coincidido con aquellos que comparten la convicción dialéctica de que son los propios pueblos, desde su esencia combativa, los que van a encontrar las respuestas a la pregunta leninista “¿Qué hacer?” cuando las “papas queman” y llega el momento de asumir responsabilidades frente a temas que han puesto en debilidad la política internacional de EE.U.U. con el espionaje, las informaciones de WikiLeaks y las de Snowden puestas de relieve a nivel público, y su descarado intervencionismo en Siria.
New York es una de las ciudades más importantes del planeta y bien puede emprender una fenomenal batalla en defensa de la verdad y de la justicia. ¡Esperemos su lealtad!
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