Los académicos y sus congresos
Las y los académicos podrían ser tildados como una subespecie humana particular. Tienen su jerga, su estilo de vestir, de relacionarse entre sí y de incidir en la sociedad. Totalmente informales, políticamente comprometidos, competitivos, generalmente rigurosos en su quehacer, constituyen un grupo humano escaso, aunque con una capacidad de influencia que no siempre ha sido valorada. Las sutiles diferencias entre intelectuales, académicos y docentes universitarios no siempre son tan explícitas. Pero así reunidos son fáciles de reconocer.
Precisamente una parte de este grupo acaba de convocarse la semana anterior en Cuenca, ciudad de tradición académica y universitaria, para el Congreso de Ecuatorianistas LASA (Latin American Studies Association). El Congreso debatió temas diversos y con perspectivas plurales acerca de democracia, relaciones internacionales, desarrollo, ecología, género, historia, literatura, migración.
La participación en LASA, sin embargo, no exige ser ecuatorianos, al contrario, la Sección de Estudios Ecuatorianos de LASA intenta facilitar una discusión amplia e interdisciplinaria entre académicos nacionales y extranjeros, movimientos sociales, institutos de investigación y ONG con interés en Ecuador por medio de la organización de paneles en congresos, foros, el engranaje activo de temas sociales y políticos coyunturales (ecuatorianistas.org).
Dirigido y organizado este congreso por Rut Román, coordinadora de LASA y el equipo de la prestigiosa Universidad de Cuenca, con María Augusta Vintimilla a la cabeza, el evento resultó no solo bien organizado, sino de una calidad académica apreciable. Paneles con un nivel de exposición y análisis riguroso, debates argumentados y hasta acalorados, conferencias magistrales que trataron temas cruciales para la universidad ecuatoriana, presentaciones de libros y la infaltable noche cuencana hicieron de este evento un congreso significativo.
Para la academia resulta un ejercicio vital hacer un alto, reunirse y exponer sus trabajos de investigación. Esto permitió conocerse y reconocerse, práctica indispensable para una academia verdaderamente plural y universal, y últimamente tan venida a menos en nuestro medio. Particularmente, la investigación social no ha recibido un tratamiento prioritario en la actualidad bajo la concepción de que necesitamos desarrollar las “ciencias duras”, razón por demás suficiente para que este esfuerzo sea valioso.
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