Lluvia
Entonces empezó a llover. Las alcantarillas se atascaron y las calles se inundaron. “No hay nada que hacer”, dijeron. “La ciudad está construida sobre esteros, andamos sobre el mar, como quien dice, y todavía nos quedan cinco meses”. Así que la gente se resignó y empezó a cambiar sus costumbres. Las ranas competían con los peatones por el uso de las aceras, y los conductores disfrutaban pasando a velocidad por encima de los charcos para mojar a los transeúntes. Y la gente se reía, claro. “Fíjate en ese, qué huevón, hecho una sopa”. Pero lo malo fue cuando toda la ciudad se convirtió en una gran sopa. La gente empezó a quedarse en sus casas, observando atónita cómo el nivel del agua seguía creciendo. Ni los viejos del lugar habían visto en su vida algo parecido. “Pero ya dejará de llover”, dijeron. Los más intrépidos sacaron barcas y piraguas para ir a trabajar. Otros metían la ropa en bolsas de plástico herméticas y se lanzaban al agua. Los que peor lo pasaban eran los que no sabían nadar. Pero la naturaleza es sabia y, de un modo u otro, a pesar de las dificultades, nos fuimos adaptando a las “nuevas condiciones bioclimáticas”, como las calificaron los expertos. Pero ¿qué le voy a contar a usted que no sepa? Para el caso, todos utilizamos ahora branquias para respirar y, en vez de pies y manos, tenemos aletas. Tampoco hay tanta diferencia.
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