Leonardo Favio, parte de nosotros
Era el joven inexperto en “El jefe”, aquella película sobre traiciones con Alberto de Mendoza. El débil sobre el que se hacía caer las culpas. Filme que -algunos decían- pretendió metaforizar al peronismo, con un jefe que abandonaba a los suyos. Favio no abandonó a Perón ni al peronismo, con una fibra popular abonada por su infancia dolorosa en encierros, en eso que en la época se llamaba “reformatorios”.
Leonardo Favio ahora ha muerto, hace tiempo que se lo sabía enfermo. Y se nos ha ido un pedazo de nosotros, simplemente. Un trozo irrenunciable de nuestra historia, tanto la argentina como la latinoamericana toda. Porque llenó los cines experimentales con “El dependiente”, o con el “Romance del Aniceto y la Francisca, de cómo comenzó la tristeza...”, y ese nombre que aún continuaba. Y de pronto fue un grande también en el cine comercial: “Juan Moreyra” fue una pieza maestra en ese rubro, como lo fuera luego una expresionista “Nazareno Cruz y el lobo”.
A la vez empezó a cantar, decía que para financiar su cine. Pero luego lo hizo simplemente porque quería. Cuando lo escuchamos por primera vez, disonaba; voz grave y disarmónica, no parecía plausible como cantante. Pero las letras eran entrañables: “Para saber cómo es la soledad”, “Annie”, “Ella ya me olvidó...”. Una poesía tierna y a la vez realista, decidora de verdades que la hipocresía de la época escondía. Segunda mitad de los sesenta, época de Beatles y minifaldas, luchas callejeras y tomas de facultades. “Annie, yo no te quiero, y sin embargo te necesito...tanto”.
Con aquellos trajes largos y cruzados, con los pantalones de anchas bocamangas, transpiraba al cantar. Y con el tiempo sabríamos que lo habían escuchado en Centroamérica, en México, en Colombia, en aquellos lugares que luego debió poblar con su exilio cuando la última dictadura argentina. Muchos recuerdan su voz pacificadora cuando el retorno de Perón a Argentina y la masacre de Ezeiza, el intento por evitar los niveles de violencia que sectores cercanos a las fuerzas de seguridad desplegaron brutalmente sobre la juventud.
Y aquella película “Gatica”, sobre el boxeador exitoso de los años cincuenta. Esa enorme muestra de sensibilidad popular, llena de barrio y de potrero, de muchachones como los de cualquier esquina, de espíritu de pueblo que no se subía al carro de la facilidad mediática ni al elitismo de los de arriba. Él venía de abajo y fue fiel a la mirada de los de abajo, de los expulsados de la sociedad, de los “negros”, de los Gatica que llenan el lugar opaco y despreciado del mundo.
Se fue y seguirá en nosotros. No podremos olvidar su obra, sus filmes y canciones. Se fue, y estamos más tristes. Se fue, y sabemos algo más cómo es aquella soledad que nos supo evocar.
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