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Ecuador / Viernes, 03 Abril 2026

"La Verónica, el Cireneo y el Buen Samaritano”

Gracias a la venia del buen Dios, ustedes y yo, quien aún contamos con la gracia divina de seguir teniendo vida, hemos empezado y estamos viviendo la ‘Semana Santa’, misma que, vista de modo mayormente comprensible, implica de varios momentos que van desde la entrada triunfal de Jesús a Jerusalén (el Domingo de Ramos) hasta la resurrección de Jesús (el Domingo de Pascua de Resurrección). No me voy a detener en ahondar en las generalidades de la Semana Mayor, ni tampoco en las particularidades de la misma en este año, en virtud de que considero que varios sacerdotes en sus homilías disponibles en Internet ya le han brindado un tratamiento amplio, comprensible y para aplicación en la vida. Sin embargo, he optado por rescatar y extrapolar la aportación de la conducta de tres personas, la cual en nuestros días se vuelve imprescindible contar para poder hacer de este mundo más humano, y, por qué no, al asumir ese accionar cada uno de nosotros el poder tener la oportunidad de compensar nuestras dificultades, debilidades, errores y horrores, y hasta de ir de a poco ganándose el cielo.

La Verónica es aquella mujer que asistió a Jesús en su camino al Calvario, al facilitar un manto o paño para que absorba el sudor y la sangre del rostro de Jesús; el Cireneo (Simón de Cirene) es aquel hombre que brinda apoyo a Jesús, es quien es obligado por terceras personas a cargar la Cruz que llevaba Jesús; y, el Buen Samaritano, aquel hombre que no es parte de este duro y cruel episodio, pero estimo valioso incorporar su conducta a estas líneas, dado que es el único (ni el sacerdote ni el levita) que se compadece de una persona caída en desgracia, le presta auxilio y encomienda su cuidado cubriendo los valores económicos que demande aquello.

En nuestros días hacen falta conductas como La Verónica, como El Cireneo y como El Buen Samaritano. Y aquí me alejo del género. ¡Hacen falta muchísimas personas que imiten esos comportamientos! Dejaré planteada algunas interrogantes que nos faciliten la comprensión de lo que intento exponer: ¿Cuántos de nosotros (as) nos detenemos ante el rostro sufriente de Cristo que está presente en quien necesita de una mano amiga, no necesariamente para entregar alimento o vestimenta, sino principalmente de nuestro calor humano, de nuestra palabra de aliento, e inclusive de algo de nuestro dinero? ¿Cuántos de nosotros (as) transitamos en esta vida y casi siempre la señora conciencia nos exhorta a detenernos para brindar nuestro contingente a quien lleva un madero sumamente pesado, y observamos laceraciones en su espalda y en sus pies y “nos hacemos de la vista gorda”, en vez de aceptar el llamado interno y aliviar en algo el padecimiento ajeno y con ello sentirnos que cooperamos con la causa humana y divina? ¿Cuántos de nosotros (as) transitamos en esta vida y ante la escena dolorosa que observamos de un percance sufrido por otra persona, mayormente estamos a la expectativa que sea cualquier persona (alguien con mayor tiempo, alguien con dinero, o inclusive algún sacerdote) menos uno mismo quien se preste para levantar y se ‘haga cargo’; cuando en nuestras espaldas está el superpoder de actuar sin esperar o que nos reconozcan o que se encienda una cámara para lucirnos y que dé a conocer el gesto de caridad humana?

Ciertamente que en nuestra sociedad hay personas que emulan a La Verónica, al Cireneo y al Buen Samaritano. No lo podemos negar. No obstante, por qué conformarnos con ‘los mínimos’. El cristiano católico e inclusive el ser humano en general debe apuntar a ‘los máximos’. A veces entro en la sintonía de la obsesión para tratar de comprender el cómo contar con un mejor planeta si nosotros no damos el primer paso. Hay una canción que un sacerdote fallecido difundió: “Cámbiame a mí, Señor. Cámbiame a mí… No te pido que cambies a otros Señor. Cámbiame a mí. Si tu cambias mi corazón… otros también cambiarán”. ¿Queremos un mundo más humano, armonioso… lleno de amor? Bueno, podemos empezar por consolidar nuestro accionar como La Verónica, como El Cireneo o como El Buen Samaritano.

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