LA TURBA DIGITAL: Likes, odio y calumnias
En las redes sociales no se discute con argumentos, se ejecuta en medio del griterío de la masa amorfa, sin pruebas ni evidencia, solamente pantallazos, no hay ética, hay algoritmos sedientos de sangre reputacional. Este nuevo circo romano no necesita leones, le bastan “likes”.
Lo más inquietante no es la tecnología, sino la mutación moral del usuario, ese ciudadano que en la vida real agacha la cabeza ybaja la voz, pero en la virtual empuña arteramente el teclado como arma blanca. Se indigna con la corrupción… mientras difunde calumnias sin rubor, se proclama defensor de la verdad… pero dispara y comparte primero y luego nunca pregunta o verifica. La ética, al parecer, es un accesorio opcional cuando el linchamiento promete morbo y entretenimiento.
Tal como señaló el filósofo y sociólogo Zygmunt Bauman, las redes son espacios como trampas donde muchos van a “escuchar el eco de su propia voz” y cuando ese eco se convierte en coro, la verdad deja de importar, lo único relevante es el volumen, así nacen las condenas colectivas, sin presunción de inocencia, mucho menos con debido proceso, la reputación de una persona vale menos que un trending topic.
La periodista española Carmela Ríos especialista en redes, lo resume con una claridad incómoda: “hay que educarnos y educar… para evitar la desinformación” y promover un “pacto moral”. Pero ese pacto parece una utopía en un ecosistema donde la mentira circula más rápido que la rectificación y donde el escándalo amarillista cotiza mejor que la sensata verdad.
Como anécdota breve, pero reveladora, contaremos que un profesional respetado en una ciudad latinoamericana fue acusado, en redes, de un supuesto acto ilícito, la publicación -sin pruebas- acumuló miles de compartidos en horas, su familia fue acosada, su negocio perdió clientes, su nombre quedó marcado, días después, se comprobó que todo era falso, una venganza personal disfrazada de denuncia ciudadana se había planeado con absoluta mala fe. La rectificación, claro, obtuvo diez “me gusta” y un bostezo colectivo. Nadie pide disculpas en la plaza pública, el linchamiento no admite reversa.
Este fenómeno no es casual. Estudios sobre el ecosistema digital advierten que las redes se han convertido en un “caudal descontrolado” que polariza y alimenta la desconfianza, en ese río turbulento, la reputación ajena es apenas un desecho arrastrado por la corriente.
Lo verdaderamente grave no es que existan difamadores -siempre los hubo-, sino que ahora cuentan con audiencia, anonimato y aplausos, el problema no es la red, es la banalización del daño. Hemos normalizado la destrucción de la honra y la hemos vuelto entretenimiento cotidiano, en medio de una mediocridad desesperante.
Y así, entre memes, indignaciones selectivas y moral de temporada, las redes sociales se han convertido en el lugar donde la calumnia se disfraza de opinión.
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