Ibarra en 1747
El 28 de septiembre, Ibarra celebrará un año más de fundación, realizada en 1606 por el capitán Cristóbal de Troya y Pinque. Una relación interesante de esta urbe, ahora la llamaríamos crónica de viaje, fue realizada por el Mario Cicala, jesuita italiano nacido en Sicilia.
De su pluma, en 1747, aparece una población secreta: “No sé ciertamente por qué razón el Diccionario Geográfico y los geógrafos no hacen la más mínima mención de una ciudad tan famosa y célebre en la provincia de Quito, siendo una de las más antiguas, fundada por uno de los primeros conquistadores de la Provincia y Reino, llamado Miguel de Ibarra, de quien tomó su nombre”.
El clérigo dice que las casas son de techo de teja y aun en los pequeños suburbios y la ciudad abunda el agua, “y tiene todas las condiciones para ser mantenida limpia y libre de toda suciedad. Los ciudadanos de Ibarra son de robusta y fuerte corpulencia, por lo común de bellos rasgos y de vivos colores. Son de carácter dócil e índole afable y amable; asimismo, están dotados de generosa liberalidad, buenos ingenios, agudos y rápidos, muy aplicados al estudio de las letras.
Ordinariamente destaca casi en todos un temperamento pacífico, inclinado a la seriedad y gravedad; es gente de gran honor y mantenedora de su palabra. Con los forasteros y pasajeros son benévolos y obsequiosos. Las personas nobles y civiles son muy urbanas, educadas y atentas; pero la plebe es basta, rústica y de poca urbanidad; de algunos oí decir que era igualmente audaz, imprudente y malcriada. Al presente no hay mucha nobleza, pues muchas familias nobles se han trasladado a Quito”.
El jesuita cuenta que desde que apareció el Monopolio Regio del aguardiente de caña comenzó a aniquilarse la ciudad, pese a la oposición de los ibarreños que avizoraban los perjuicios y daños que vendrían con su venta. Atrás quedaron excelentes cultivos de viñedos y olivares que fueron arrasados por la decisión peninsular del monopolio, beneficiándose Callao, y dejando a la Villa en una nueva postración junto a la producción de caña y trago que los superiores de Cicala cuidaban con esmero en sus haciendas.
Por eso habla de las muchas reses que hay que sacrificar cada día “para mantener a tantos miles y miles de negros que hay en todas las haciendas de caña, que sobrepasan el número de seis mil esclavos negros a los que cada día hay que darles, a cada uno, dos libras de carne salada o seca y también fresca”. No lo dice, pero las haciendas jesuitas en el Valle del Chota muelen tanta caña como hombres y mujeres llegados de África.
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