Exprés
El hombre sale de casa. Piensa en lo que dijo anoche, en la cena, quizá demasiado apresuradamente, como ahora que camina para no llegar tarde, pues tiene el coche en el taller. A fin de cuentas, uno tiene que trabajar, y ya tendrá tiempo de preocuparse por la familia cuando vuelva a casa. Pero, al salir de la ciudadela, un coche se para a su lado. Quizá les haya llamado la atención el traje, o el maletín que lleva en la mano, quizá haya sido su aire preocupado. Y ahora no puede discutir, no con el cañón de una pistola. Ni con esos ojos vacíos que le indican el interior del coche. Ni con esas manos que registran el maletín, la ropa y que pronto dan con la cartera. El hombre ni siquiera acierta contestar a las preguntas de los dos tipos que lo golpean. Ya les ha dicho el número secreto. ¿Cómo va a saber el límite de la tarjeta? Trescientos, cuatrocientos dólares, de todos modos no cree que tenga más dinero en el banco. Pero no es algo que le importe al criminal que ahora le pega uno, dos tiros antes de dejar caer su cuerpo sin vida en la calle Tungurahua. Al parecer, tampoco es algo que importe a las autoridades. Solo la dejadez tolera la delincuencia.
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