¡Et tu Bruto!
Esta exclamación hecha por el emperador romano Julio César, mientras sufría las puñaladas asesinas de su hijo adoptivo a quien había cuidado y patrocinado en su carrera política, nos recuerda la traición de Judas Iscariote, quien entregó al maestro Jesús a cambio de treinta denarios; sin embargo, hechos de esta índole no son aislados en la vida moderna. Hace poco una señora me confesaba con amargura que precisamente su hijo adoptivo, a quien había criado, alimentado, educado y cuidado en sus enfermedades, ahora la había demandado queriendo despojarla de sus propiedades.
Seguramente algunos de ustedes, amables lectores, habrán escuchado historias similares o es posible que hasta las hayan vivido; lo cierto es que un alma confundida por los celos, la envidia, el resentimiento, la codicia o cualquier otro sentimiento oscuro, es capaz de volverse contra quien lo ha servido, mordiendo su mano. Un viejo valse peruano interpretado por la legendaria Carmencita Lara dice: “hoy los cuervos me han quitado mis ojos que un día los vieron con lástima; los cuervos malos son, tienen la maldición de ser falsos e ingratos”.
Lo más triste de esto, es que uno puede vivir durante años confiadamente junto a quien nos detesta o envidia, sin saber que un día esa persona puede hacernos daño dando rienda suelta a sus sentimientos reprimidos. Verdad es que mientras uno más vive, más aprende, y esa es la verdadera riqueza que acumulamos con los años; por lo cual, mis jóvenes lectores/as, a vuestro cofre le falta mucho por llenar.
Dante Alighieri, en su obra “La Divina Comedia”, ubicó a los traidores en el último círculo del infierno, estableciendo cuatro tipos de ellos, entre los cuales los peores son quienes actúan contra sus bienhechores; por eso aquí coloca a Judas Iscariote, Bruto y Casio (aliado de Bruto en el asesinato de Julio César), pues si duele recibir el mal de un extraño, más duele cuando viene de un amigo, familiar o allegado.
Pero la cosecha de Judas nunca se agota y a lo largo de nuestra vida encontraremos muchos casos de traición; ante ello debemos actuar con templanza y benignidad, no permitiendo que esto nos desequilibre, sino haciendo como aconsejó el apóstol Pablo a la iglesia en Roma: "No paguéis a nadie mal por mal… No os venguéis vosotros mismos…
Dejad lugar a la ira de Dios, pues escrito está: Mía es la venganza, yo pagaré… No seas vencido de lo malo, sino vence con el bien el mal"
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