Ecuador / Domingo, 19 Abril 2026

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El país marginal

La semántica del poder no es inocente cuando Rafael Correacalifica al Ecuador, durante su glamoroso viaje a Uruguay, como un “país marginal” el ex presidente, actual prófugo de la justicia, no está describiendo una realidad, está construyendo un relato y, como todo relato político, especialmente el instrumentado por un caudillo caído, es una forma de venganza simbólica, en donde el lenguaje deja de ser instrumento de comprensión para convertirse en arma de resentimiento, de quien nunca quiso dejar el poder.

La palabra marginal no es un adjetivo técnico, es una condena moral, implica periferia, irrelevancia, desecho. Pero ¿qué significa que quien gobernó una década, concentró poder, reformó instituciones y monopolizó el discurso público, declare ahora que el país que dirigió es marginal? La ironía es brutal (¡!)si Ecuador es marginal, entonces su proyecto político fracasó estrepitosamente, es una confesión involuntaria, un lapsus freudiano del poder herido.

Aquí se revela una operación semántica más profunda, el desplazamiento de la culpa. El líder que se pensó imprescindible no puede aceptar que la historia continúe sin él, entonces recurre al viejo axioma de los autócratas: “…después de , el diluvio” “si yo no estoy, todo se derrumba, si el país no es lo que prometí, el país es el problema. La Patria se convierte en chivo expiatorio de su propia ambición.

Pero el Ecuador real, el de la gente que trabaja, que migra, que resiste, no cabe en esa caricatura, jamás podría ser marginal un país que ha sostenido su identidad entre crisis y dignidad. Marginal es, más bien, la ética de quien lo reduce a eslogan para justificar su propio fracaso político embarrado por procesosjudiciales, condenas y huidas.

La historia está llena de figuras atrapadas en la obsesión del poder, se cuenta que Napoleón Bonaparte (sin que esto sea de ninguna manera una comparación), ya derrotado y confinado, seguía dictando órdenes imaginarias a ejércitos inexistentes y sus generales lo escuchaban en silencio, no por respeto, sino por compasión.

El poder, cuando se internaliza como identidad, no se abandona, se convierte en delirio, esa es la tragedia del caudillo moderno, esa su condena, ese su martirio, no recordar, no asimilar, no saber ser ciudadano.

En este contexto, las declaraciones de Correa no son solo políticas, son psicológicas porque revelan una incapacidad para reconciliarse con la pérdida del control. La Patria deja de ser comunidad y se vuelve propiedad emocional y cuando esa “propiedad” ya no responde, se la insulta.

 George Orwell lo describió claramente cuando dijo: “El poder no es un medio, es un fin en sí mismo”. No se busca el poder para servir, sino para perpetuarse en él, y cuando ese fin se frustra, el lenguaje se vuelve agresión.

Desde una perspectiva crítica, lo verdaderamente ofensivo no es la palabra “marginal”, sino la lógica que la sustenta, la idea de que el valor de una nación depende de la presencia de un líder, esa es precisamente, la semilla del autoritarismo.

Ecuador es más que cualquier caudillo, más que cualquier relato, es una nación que ha sobrevivido a sus líderes y seguirá haciéndolo. Y ese es, quizás, el mayor castigo, para quien pretendió pasar a la historia dignamente y hoy la observa desde fuera, convertido en comentarista con un ego desmedidorumiando su propio fracaso.

Estamos frente a la obsesión de un desquiciado, cuya ambición de poder se convirtió en delirio

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