EE.UU. espió ‘solamente’ a 122 presidentes
El asombro debiera ser absoluto. Por el contrario, la noticia va junto a otras en las que se habla de EE.UU. como dueño del liderazgo en la mal denominada ‘comunidad internacional’, o como país paladín en la defensa de la democracia (Ucrania es el caso más reciente).
Los paladines de la democracia ejercen espionaje generalizado sobre el mundo, sobre sus enemigos, sus adversarios, también sobre los neutros, sobre sus aliados, sus amigos y sobre sus propios ciudadanos. No se salva nadie de la furia escrutadora de una monumental maquinaria humana y técnica al servicio del fisgoneo en la vida de los ciudadanos de todas partes del mundo, en el atropello sobre sus derechos a la privacidad y a la libertad en el ejercicio de la actividad cotidiana.
La ‘explicación’ de Obama al respecto es una mezcla inaudita de cinismo y arrogancia. Dijo que su país no tiene que disculparse por ser más fuerte y tener mejores medios tecnológicos para el fisgoneo. Es decir, sugirió que en el mundo todos harían lo mismo que ellos de tener poder para hacerlo, y que tal situación -que no es para nada demostrable- les daría derecho a la prepotencia y el abuso sobre los demás países del planeta.
Lo aún más increíble es el cinismo del periodismo y la diplomacia internacionales, que siguen con que ‘el rey está vestido’. ¿Qué más tiene que ocurrir para que se apliquen sanciones ejemplares a Estados Unidos? ¿Hasta cuándo casi todos fingirán que no ocurre nada y que la convivencia es normal? ¿Se puede sancionar a países débiles -siempre que vayan contra EE.UU.-, como Corea e Irán, pero no a quien se ha inmiscuido en los celulares de casi todos los presidentes del planeta? ¿Qué sanciones se darían contra otros países pequeños si hubieran hecho siquiera el 1% del daño que hizo el espionaje denunciado por Assange y Snowden? (quienes, dicho sea de paso, siguen sin tener asegurada su libertad frente a la amenaza contra su vida de parte de la ‘comunidad internacional’).
Merece un párrafo aparte en este punto el comportamiento de la Comunidad Europea, de la cual uno esperaría -por ser hija de la IIustración- más independencia y menos desvergüenza, más reflexión y menos genuflexión. Su rendición a la imposición estadounidense en el plano de la geopolítica se acompaña con la realizada en el plano de la cultura, donde -estas últimas décadas- se ha cedido al consumismo más elemental y primario, en abandono de las tradiciones artísticas e intelectuales que abrió el Renacimiento.
En fin, ‘apenas’ 122 presidentes espiados por la máxima potencia. ¿A quién le importa? Fuera de la digna actitud de Dilma Rousseff y de algunos gobiernos latinoamericanos, reinan en el mundo el disimulo y el agachamiento, la cobardía y la hipocresía para tapar la monumental cloaca por donde hiede el espíritu abusivo del imperio.
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