Educación para una vida sana y sostenible (2)
No es sostenible que para obtener alimentos, medicina, energía, artefactos y bienes materiales tengamos que contaminar o destruir el aire, el agua, los bosques, las montañas y a nosotros mismos. Por ese camino cada día se reducen los espacios y territorios de vida.
Lo importante de la vida es, en la mayor cantidad de instantes, sentir la alegría de vivir en lo que hacemos, y más satisfacciones y mérito se tiene cuando contribuimos a que la mayor cantidad de personas lleve una vida más digna, una adecuada salud física, emocional, intelectual, social y espiritual y puedan satisfacer las necesidades esenciales al menor costo y con el menor impacto ambiental posible.
Hay que superar la falsa identidad que adoptamos como si fuera propia de nuestro ser. La ilusión de hacernos creer que la riqueza material y el poder son la medida y el objetivo del éxito de la vida y se estimula a desear más, a la comparación, la envidia, el arribismo, para aparentar lo que no se es y comprar bienes innecesarios, manipulados por la propaganda y el consumismo. El no utilizar los objetos hasta el final de su vida útil y reciclarlos, acelera la destrucción de la vida del planeta. Las grandes empresas irresponsablemente, en forma planificada, reducen el ciclo de vida de los productos, para que se vuelva a comprar.
La educación debe preparar para no dejarnos manipular por la publicidad engañosa. Hay que formar parte de equipos de investigación y de veedurías ciudadanas especializadas, en todos los temas de la vida social, para comprobar si los productos que nos ofrecen son sanos y sostenibles. De acuerdo con Daniel Goleman, hace veinte años no existían los conocimientos para hacerlo. Esa ciencia nueva es la ecología industrial, que integra varias ciencias y se pone al servicio para detectar las substancias y productos que afectan a nuestra salud, economía y la sostenibilidad de la vida del planeta.
Las instituciones educativas, en todos sus niveles, sin excepciones, deben estar centradas en utilizar los saberes ancestrales trascendentes y el conocimiento científico más actualizado para una vida sana, el buen vivir y vigilar la sostenibilidad del planeta; y sus investigaciones deben estar al servicio de descubrir las mejores condiciones de vida, para que los ciudadanos aumenten su conciencia y responsabilidad social para poder tomar mejores decisiones en su vida cotidiana. La participación solidaria y sostenible debe superar la indiferencia, que es la peor de las conductas.
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