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Ecuador / Viernes, 15 Mayo 2026

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Decidir siempre por lo invaluable

 

Usando el verbo que inicia esta entrega, decidí hacer referencia a lo más sublime, sagrado e invaluable en este peregrinar terrenal, -en mi caso, y en el de la gran mayoría de personas- luego de Dios y de la Virgen María: la familia. Al respecto, han venido a mi memoria el recuerdo de dos fragmentos de dos films, mismos que, pese a basarse en la acción, el drama y en la ciencia ficción, los considero permiten ilustrar la idea que busco transmitir y audazmente resaltar, al menos, dos elementos de la misma.

El ser humano sin una familia no es absolutamente nadie. Se encuentra desorientado; perdido. Es probable que en muchas ocasiones nuestros oídos escucharon la frase “La familia es la célula de la sociedad”. Y es una verdad indiscutible. Ciertamente hay circunstancias (tales como la migración en pro de mejores días, o el fallecimiento) que pueden modificar el concepto de familia (madre, padre y hermanos), específicamente me refiero a la crianza con abuelos, con tíos, con padrinos/madrinas e incluso con padres adoptivos y hasta cuidadoras(es). Si nos sujetamos a la suposición de que los familiares directos o indirectos, los antes mencionados, persiguen realizar su mejor esfuerzo, y jamás atentan contra la integridad de quienes tienen bajo su responsabilidad, estas personas tutoras(es) se convierten en familiares, por tanto son familia. Por lo que, para quien ha podido, por gracia divina, formarse en el seno de un hogar con familiares (sea por consanguinidad, o no); aquellos familiares son incalculablemente valiosos.

¿A dónde quiero llegar? Precisamente las dos piezas audiovisuales aquí referidas hablan de la familia, resaltan su importancia y le brindan dos atributos vitales para solemnizarla, preservarla y perpetuarla a lo largo del tiempo, como el amor y la lealtad. Es necesario señalar que existen casos, aspiro sean extremadamente minoritarios, donde la familia es maquiavélicamente asimilada: personas cuyas aspiraciones e intereses, aunque legítimos, son malvados y despiadados. La señora conciencia de aquellas personas ha sido exiliada. No solo que el respeto esencial está ausente, sino que la relación interpersonal se basa en el “aprecio” porque necesito algo, en el ejercicio de las mentiras patológicas, en la acusación infundada y ergiversada solamente para ‘quedar bien’, y en la victimización y las lágrimas como disfrasz del vacío, de los conflictos tenidos con personas externas del núcleo familiar no resueltos, de la frustración dado que no se puede alcanzar lo que se pretende conseguir (casi siempre en el ámbito sexo-afectivo, aunque aquello implique lacerar corazones inocentes o contextos familiares previameten formados). Estos casos, para propios y extraños, generan dolor, tristeza, e inundan en el sufrimiento a quienes, tal vez en algún momento, le preguntaron a Dios: “¿Por qué te llevaste (a mamá, principalmente)?” Bueno, quizá deba realizar una introspección en aras de cuestionarse si su tratamiento de vida para con aquel ser querido (madre, y otros) que ya no está, fue o no maquiavélico; fue o no desde el nulo amor y sí el aprovechamiento y la utilización.

Para prácticamente todas las personas que aman a Dios, que se aman y que aman a su familia, el entorno familiar es sagrado. La conclusión estriba en que la familia es primero. El amor debe existir. El respeto, sin duda alguna. Pero existe un atributo adicional que es igual de trascendente que los elementos anteriores: la lealtad. En las buenas, estoy con la familia. En las malas, también. Si decidimos cruzar esa línea, donde lo familiar se expone, en el calor del momento, del espíritu frenético, airado e intenso, habremos llegado a una orilla de la cual no hay retorno, donde es posible que lo que reste de vida, según conocimiento de Dios, sea insuficiente para reparar los golpes al alma que se originaron cuando se dio paso a la profanación de la familia. 

Si usted tiene familia aún con vida (su progenitora, en primer orden): dé ese paso hacia el perdón y al abrazo. Y empiece a practicar y fomentar la lealtad. ¿Qué ya no es posible por el tiempo transcurrido, por lo que se ha dicho, o por las consecuencias generadas? Pienso que en el único instante donde ya no es posible es cuando se cumpla nuestra fecha de expiración. Hasta que llegue ese momento, y sobre todo con “una manito de Dios”, siempre es posible.

 

 

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