Chimborazo
Viajar por Ecuador es hacerlo por muchos climas y países, pasar del verano al invierno, descubrir que hay páramos como playas, bosques que se transforman en selvas y volcanes que hacen que cielo e infierno se fundan en una sola línea helada en el horizonte. Saliendo por carretera de Guayas en dirección a Riobamba, el paisaje tropical y las plantaciones de banano pronto se convierten en un bosque tupido conforme el clima se templa. La carretera empieza a ascender y, casi sin darte cuenta, alcanzas los tres mil metros de altura, mientras cruzas las estribaciones de la cordillera andina y el frío entra por la ventanilla. Oscurece, y cuando un manto de niebla cubre la carretera uno se pregunta cómo podían circular los vehículos por aquí de noche, antes de que las vías y la excelente señalización marcasen el trayecto. Los camiones se paran junto a los merenderos, al borde de la carretera, y el viaje se convierte entonces en una carrera de obstáculos, sobre todo contra la propia impaciencia, que te insta a adelantar en tramos donde apenas hay visibilidad. Pero lo peor es no poder ver ahora ese paisaje multiforme que respira como un ser vivo, y que te habla de un país tan rico como desconocido, de una naturaleza tan cotidiana como salvaje. Uno ha atravesado ya El Triunfo, Cumandá, Pallatanga, pero cuando empieza a desanimarse y a sentirse atrapado por una absoluta oscuridad, la carretera desciende hacia el valle y una gran sombra protectora emerge en el horizonte. Y una luna llena, como si quisiera mostrarnos su magnitud, baña de luz blanca la silueta del Chimborazo.
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